23/11/14

Ganar tiempo

Nos pasamos la mitad de la vida perdiendo el tiempo y la otra mitad queriendo recuperarlo.

Julio Llamazares, en Las Lágrimas de San Lorenzo



De viajar por Massachusetts me gusta perderme: primero en el mapa y luego en la tierra. Lo primero quizá porque lo emborrono; lo segundo, seguramente, para perder el tiempo, que al viajar es ganar vida.



22/11/14

Mi anfitrión en Nantucket

Erick.
Amanecía en Nantucket. Creo que en todos los lugares, pero especialmente en sitios como éste, el mayor encanto se extrae de esos momentos. Erick me había tratado muy bien: algo que no sospeché cuando me recogió en su camioneta y eché mi mochila a la caja trasera de madera.

Pero quienes hacen las cosas siempre así, al no dar importancia a sus actos, tampoco los rodean de liturgia. Te dicen: ahí tienes tu cama, ahí el salón, aquí la casa. No se preocupan de que todo esté en su sitio ni de que las sábanas estén limpias ni de que todo cuadre perfecto. Incluso, al despedirnos apenas me dio un apretón de manos, o chocamos los puños, y le dije que ojalá nos volviéramos a ver (porque él me dijo que a Nantucket mejor llegar en verano y yo le dije que a mí me gustaba noviembre). Eran casi las seis y media de la mañana, hacía un frío de narices y él esperó a que yo trepara por la rampa del barco mientras, con el coche en marcha y a poquísima velocidad, agitaba la mano. Algo que resumía todo. De pocos lugares me he ido con tanta nostalgia.

- ¿Por qué acoges a gente en tu casa?-, le pregunté un día.

No sé que me respondió. No le dio importancia y me debió de decir que por qué no. Insistí un poco y me dijo que le gustaba conocer gente, ayudar a los demás. Sin importancia se ofreció a meterme cinco millás arena arriba hasta Brant Point, un faro alejado, aunque finalmente los deberes de su hija, que llegó a media tarde, nos fastidiaron el plan. Además, por la noche había invitado a cenar a unos amigos, así que no había tiempo para todo.

Él hizo una sopa, yo compré vine, la pareja hizo una especia de empanada y David, que llegó
David.
algo tarde, trajo otra botella de vino -argentina, que bebía a sonoros sorbitos-, algo de café molido y dos rollos de papel de cocina. Cuando sacó estas cosas nos moríamos de la risa. Estábamos en Nantucket y David llegaba de invitado y traía dos rollos de papel de cocina.

Hablamos de todo, de lo divino y humano, de unas experiencias en este genial sistema llamado couchsurfing que me han puesto en más de un apuro en la multitud de casas donde me he alojado, con gente rarísima, gente que trató de propasarse y gente que me abrió su puerta y no la volví a ver nunca más.

Erick se moría de la risa cuando conté mi aventura neoyorquina y un tipo, amable, discreto y yo diría que hasta en paz consigo mismo, me dijo que durmiera con él porque en el sofá hacía frío. Claro que no me hubiera importado dormir con él si minutos antes no le hubiera frenado con un huracán de intenciones -las mías- que eran contrarias -e incompatibles- con las suyas. Por ejemplo.

La cena transcurría hasta que se apagó el vino y la luz y el café que trajo David, un tipo que parecía duro y tosco, pero que resultó ser amabilísimo y tener interés por la vida de los demás. Eso lo decía todo. Luego saqué la cámara, nos hicimos una fotografía de grupo y luego le saqué a él una. A Erick, el anfitrión despreocupado, el que choca el puño y sin decirlo te ofrece todo, con cuya bici recorrí la isla haciendo un apaño -casi pedaleando con el cable del cambio agarrado entre los dientes para que tensara- y el que me esperó que subiera al barco, agachando la cabeza tras el cristal, y removiendo la mano en el aire. El que me dijo, ahora lo recuerdo, que él creía en los cambios individuales, no en los culturales.


19/11/14

Nantucket: Sacad el mapa y miradla

Cuando yo leí Moby Dick, hará ahora un año, me dije: “Yo quiero vivir en Nantucket”. Es de ese puerto de donde zarpó el Pequod, aquel barco bajo el rudo mando del capitán Ahab. Cómo será que incluso, después de aquello, hice mío el término “hijo de la oscuridad”, como lo hizo Ahab  para maldecir  a los marineros cuando avistaba una ballena en aquella histórica y monumental novela que tanto le debe a Nantucket.

Herman Melville no conocía Nantucket cuando escribió Moby Dick. Él estaba en New Bedford, la capital ballenera de mediados del siglo XIX, pero todos los relatos, el pasado glorioso y, de algún modo, las leyendas, provenían de Nantucket, el lugar que en otro tiempo fue la capital mundial de la caza de la ballena. Lo que leyó, escuchó y soñó venía del pasado.

Ya estaba resuelto a no darme al mar si no era en un barco de Nantucket, porque había algo hermoso y turbulento en todo lo relacionado con esa isla antigua y hermosa, algo que me atraía de manera extraordinaria”, escribió Melville en la novela. También dijo de la isla: Sacad el mapa y miradla. Ved el punto exacto que ocupa en el mundo, cómo se halla lejos del litoral, más solitaria que Eddystone. Miradla: un simple collado y un brazo de arena; todo playa, sin fondo alguno”.

Con esa presentación llegué a bordo de un barco que me acercó desde Cape Cod, 50 kilómetros al norte. Era ya de noche, de lejos se veía una isla sin apenas luz y los disparos de algún faro comenzaban a darle un aspecto como el que armé en mi imaginación. Una vez en tierra, las sospechas se confirmaron: Nantucket no defrauda.

New Bedford es un insulto a la memoria; pero Nantucket es una especie de homenaje. Las fotografías del siglo pasado podrían pasar por el presente, la legisación es estricta en cuestiones estéticas y las casas son de madera de pino. Con el tiempo oscurecen, algunas languidecen, pero hoy me dijeron que había 800 casas anteriores a la Guerra Civil.

Nantucket hoy vive del turismo. Y del pasado. Apenas existen pescadores y su pasado se mantiene en los museos, pero también en las fachadas de las casas, en las calles empedradas, en las caras curtidas de sus gentes, en el silencio que inspira Nantucket, en el cielo estrellado que la contaminación no empaña...

No ha pasado mucho tiempo desde que pensé en vivir en Nantucket hasta que he llegado. Por eso, lo primero que hice cuando amanecí hoy fue irme al puerto a conocer a pescadores, así que acabé subiendo la bicicleta que me habían prestado a la camioneta de uno de ellos que iba directo del barco a la lonja.


17/11/14

El cabo Bacalao

Los hechos más simples son siempre los más aceptables para una mente curiosa.

HD Thoreau, en Cape Cod



El bíceps, el codo, el antebrazo, la mano y el dedo índice. El Cape Cod lleva esa secuencia en su superficie: todo el mundo se refiere así a su anatomía. Hoy me vi caminando en su dedo índice, uno de los confines de este país, a través de la bahía abrazada por el pueblo de Provincetown, con el frío pegándome bocados mientras yo daba saltos entre piedras y atravesando los juncos de las marismas para llega al faro de Wood End. 

Desde el océano, esta torre parece cuadrada y solitaria. Pero desde sus pies parece aún más solitaria. Es uno de los faros más desamparados de Massachusetts que he visto hasta el momento. Porque estoy aquí haciendo una especie de ruta del bacalao (ruta del Cod) y de faros. Especialmente en el cabo, por lo expuesto que está este brazo de arena a las embestidas del mar, resultan duros los inviernos y los otoños, cuando el mar lucha por comerle territorio a una tierra que alguna vez emergió de las profundidades.

Cape Cod, paraíso de veraneo y segundas residencias en fila india, es muy similar en todas sus versiones: norte, sur, este y oeste. Pero quienes viven aquí distinguen el espíritu de los lugares: Chatham es más animado que Brewster, dicen, pero Hyannis es genial y Provincetown es un oasis. A mis ojos lo único que cambia es la vegetación, más baja y pelada a medida que se sube por el antebrazo. Desde ahí, el mar se puede ver a los dos lados del camino.

En el Cabo hay 25 campos de gof. En uno de ellos el faro está en mitad del hoyo 8. Se llama Highhands (el faro y el campo de golf), Thoreau, en su libro Cape Cod, publicado en 1865 habla así del faro: “La vivienda y faro consta de un edificio de ladrillo de sólido aspecto, pintado de blanco y rematado por una estructura de hierro que alberga el fanal; anejo al mismo está la morada del farero, de una planta, también de ladrillo, y construida por el gobierno”. Y en realidad sigue de esa guisa, aunque cien metros más atrás debido a la erosión de las rocas y los mordiscos del océano.

Al Cape Cod, antes que en coche; antes que cualquier otra cosa, me ha traído ese texto del siglo XIX. Lo mismo que me ha traído a todos los lugares que ando merodeando, pero especialmente New Bedford. Su pasado ballenero lo delatan los relatos y el aura de Moby Dick. Pero ese espíritu de puerto ballenero y tabernas plácidas al calor de la leña ya no existen. Así como otros lugares históricos mantienen cierta esencia (como Concord), cuando recorrí New Bedford maldije a eso que llaman progreso mil y una veces.

El cabo, aunque apenas es ya lo que definió Thoreau (“las casas anticuadas y sin pintar lucían más confortables, y también más pintorescas,que las modernas y más pretenciosas, que estaban menos en armonía con el paisaje, y menos firmemente asentadas”), al menos mantiene cierta elegancia entre la multitud de lagunas, bosques y pescadores que siguen escarbando la arcilla del dedo índice de esta extremidad mágica de Massachusetts.

Wood End lighthouse (Provincetown).


15/11/14

Entre mansiones y ballenas

Después de salir de ese nudo de carreteras llamado Boston puse rumbo a Newport. Allí, en Rhode Island, el crudo invierno se detiene en las mansiones volcadas al océano Atlántico. Y allí veraneó la joven aristocracia del siglo XIX y XX, entre suntuosos jardines y una avenida, Bellevue, realmente inspiradora.

En Newport, para contrarestar aquello del lujo del entorno, me alojé en casa de un tipo desordenado. Llegué a un callejón oscuro que en el barrio nadie sabía dónde estaba y me esperaba en la puerta Eric, un hombretón amable. La cocina era a la vez su taller, y su comedor. Un lugar catastrófico para comer y desapacible para trabajar, me dije. Me indicó dónde estaba el dormitorio y me consoló saber que tenía mejor aspecto, aunque al baño le colgara el interruptor de la luz y las paredes estaban descuajaringadas.

A Eric no le volví a ver. A la mañana siguiente, ni rastro de él. Silencio. Desorden. Así que puse rumbo a los acantilados pensando en qué le lleva a una persona a alojar a alguien en su casa, dejarle una copia de la puerta de la entrada y desaparecer.

Me gusta viajar en coche por Estados Unidos. Así llegué a New Bedford, donde ahora me encuentro al calor de un pasado ballenero. Aquí escribió Melville Moby Dick y aquí está el mayor museo de ballenas del mundo, en el que ayer eché la tarde. Afuera hace frío y sol. Y ando deseando seguir atravesando Nueva Inglaterra con mi coche y mi radio.


 

13/11/14

El otoño en Nueva Inglaterra

Charles Dickens llegó tarde al otoño de Nueva Inglaterra, pero cuando lo hizo preguntó qué significaba la denominación “trascendentanlismo”. Investigó, y tras no quedar conforme cuando alguien le dijo que trascendental era aquello que era “incomprensible”, averiguó que esa corriente filosófica seguía a Ralph Waldo Emerson. “Este caballero ha escrito un volumen de Ensayos en el que, entre alguna opinión producto de la imaginación y la fantasía, hay muchos más postulados auténticos y valientes, honestos y atrevidos. (…) El trascendentalismo tiene sus ocasionales rarezas, pero a pesar de ellas posee cualidades positivas; y, lo que no es menos importante, demuestra una fuerte aversión a la hipocresía y cierta aptitud para descubrirla tras el millón de atuendos de su interminable vestuario. Por lo tanto, si yo fuera bostoniano, creo que sería trascendentalista”, dice Dickens en sus Notas de América.

Hoy estuve en la casa de Emerson. Estaba cerrada al público -abre la temporada turística-
pero, husmeando por los cristales, un tipo que debía de encargarse del mantenimiento me preguntó amablemente de dónde venía. Le conté mi película y me hizo una pequeña visita por esa gran casa. Después me fui al museo de Concord, con una sala dedicada a Emerson (de quien hace tiempo escribí esto) y otra, claro, a Thoreau.

*

Yo he llegado en los últimos coletazos del otoño, cuando el suelo es un eterno crujir de hojas pero los árboles aún no han escupido todas sus ropas: las ramas se resisten a soltar toda su vestimenta en unos días que se preveen helados. A veces me sorprendo a mí mismo tirando de una hoja, tenaz y rebelde, que ignora los mandamientos de mitad de noviembre.

El otoño en Nueva Inglaterra es espectacular. En Nueva Inglaterra, en estas semanas, llueven más hojas que agua: calderos de hojas inundan las casas, los tejados, la carretera, las aceras, las tumbas. Todo tiene un aspecto marrón, tostado, y todos comparten esa ilusión por ser espectadores de esta obra genial. No se preocupan por limpiar insistentemente el suelo porque al día siguiente estará igual. Y prefieren esperar, pasadas las semanas, cuando la belleza ya se haya consolidados, y todo el mundo la haya disfrutado, y nadie se haya quedado sin contemplarla. Porque al menos esa es la sensación que yo tengo: que aquí saben vivir dentro de la belleza sin tener que marginarla únicamente a parques naturales.

Quizá el resumen definitivo del otoño -más adelantado en estas latitudes que en en el sur- sean los arces rojos que brillan al punto de que sus hojas podrían pasar por farolillos rojos encendidos en la noche; una luz natural que sustituye a aquella que emborrona el cielo y que apenas existe en Concord para así poder ver las estrellas.


12/11/14

Walden

El tren se sigue escuchando desde los cimientos de su cabaña. A las espaldas de la laguna de Walden, rodeado de pinos jóvenes: allí; allí es donde el peregrinaje toma forma de inspiración y la inspiración -más que nunca- se hace carne.

Llevaba años soñando en venir a este lugar, laboratorio de ideas y sueños de Henry D. Thoreau, alimento de los dioses, pasto de mis noches, ladrón de mi pasado y, de algún modo, bálsamo en mis días flacos. Y por fin hoy estuve allí, caminando poco a poco sobre las hojas, por la orilla, mojando el agua con las manos, preguntando a los pescadores si aún pescaban (“aquí se pescan 3.000 truchas al año”, me respondió uno), especulando largo rato.

Walden está en Concord, un pueblito cerca de Boston, donde estoy pasando unos días haciendo un recorrido por la vida de Thoreau, uno de mis únicos héroes. Este es probable mi viaje más masticado, más paladeado, más espolvoreado, porque tiene que ver con todo menos con la razón: por eso no sé muy bien cómo he llegado hasta aquí. Es probable que si mi vida se guiara por la cabeza estaría en otro lugar, perdiendome este tipo de cosas. Pero el cuerpo, cuando está encerrado, da un saltito: esa zancada me puso en Walden.

Me desperté tarde, tras una noche agitada de párpados en alto y sueños detenidos. Me levanté, me metí algo para el cuerpo y puse rumbo con el cuerpo tiritando de emoción: ¿Qué energía habrá?”, me preguntaba.

El profano en el latido de sus palabras quizá pase por alto “la cabaña del escritor”, como alguien me dijo hoy. Pero cuando yo leí Walden por primera vez me quedé impactado; la segunda entendí el reverso de las palabras. Después me ha acompañado, como la Torá al judío, aquí y allá, en días plomizos y desabridos, en semanas sin sustancia y madrugadas largas, demasiado largas, tratando de leer -perdón por el abuso- con los poros. Así que ir hollando la arena hasta llegar a los cimientos de la cabaña que construyó en un terreno de Emerson es lo más parecido a desandar los últimos años de tu vida e ir al origen de cierta madurez en el pensamiento.

A Walden la he dado dos vueltas. La primera se la di como se circunvala a un anillo rodeado de árboles en llamas. Porque así lucen los árboles: como rescoldos que se resisten a apagarse en el final del otoño. La segunda fui y volví por el mismo lugar, de nuevo hacia el lugar donde construyó la cabaña, allá donde aún se escucha el traqueteo del tren.

Una visita a un rincón de tu existencia -porque yo asumí ese libro hace mucho tiempo-, es un pellizco al interior en unos tiempos donde prevalece lo externo. Y en el país donde lo artificial, las salsas y las grasas saturadas sacian los ojos a todas horas, encontrar una tierra donde solo retumbe la palabra “verdad” es el mayor tesoro que uno pueda hallar.


9/11/14

Una ciudad contradictoria

Además de ser una ciudad de cosas inadvertidas, de alguna manera pienso que en Nueva York cada actor desempeña su papel. Es imposible que ellos vayan tan perfectos, que la niebla trepe tan bella entre los edificios, que los gatos caminen por el filo de las vías de tren, que los bomberos salgan de emergencia arrastrando al aire una bandera, que los ejecutivos apuren hamburguesas en patios de mármol y que los aficionados a eso que llaman jogging se pertrechen desde la nariz hasta los pies como si fueran a correr la ultramaratón de Sakura Michi. Los tópicos, a veces, se quedan cortos.

A Nueva York se llega así o no se llega: con ganas de sorprenderse. Salí de la barriga y la ciudad, elegante, seguí ahí, altiva. Esta ciudad, dicen, es cruel con las personas: hoy estás arriba y mañana abajo; trabajas demasiado y esas cosas. Me lo confirman quienes viven y trabajan aquí y pagan alquileres desorbitados. Viskah, por ejemplo, me cuenta que en Manhattan no hay término medio. “O estás eufórico o deprimido”, me explica.

Esta es mi tercera visita a una de la que no me canso de mirar: siempre se descubre algo nuevo.

Nueva York no defrauda aunque la vida pase como un relámpago y los cristales huyan hacia el cielo. El capitalismo salvaje encarnado en la fata de tiempo y en los cafés ensimismados con los teléfonos de última generación. Y como espectador, esto es lo más parecido a un genial zoo donde siempre alguien dice: “Qué pena los animales entre rejas, ¿no?”

Pero a mí, contradictorio, me gustan las ciudades contradictorias.


2/11/14

Seguir la huella

Hay libros que se leen con los poros, ciudades que se leen con los pies y lugares que se leen con ambos. El que emprendo ahora es de esta última clase: “Mis lectores deben esperar únicamente el grado de salinidad adquirido por la brisa terrestre al soplar un brazo del mar, o la que se percibe en las ventanas  y en la corteza de los árboles a veinte millas tierra adentro, tras los vendavales de septiembre”, escribió Henry D. Thoreau de un lugar al que fue tres veces en su vida.

Era Cape Cod y lo recorrió en 1849, 1850 y en 1855. El libro que arrancó de esas experiencias (de igual título) narra su primer viaje junto a su amigo Ellery Channing, que empezó al decir a la la diligencia de la que salieron de Sandwich que los llevase  “lo más lejos que llegase ese día”.

Yo llevo días mirando el mapa, trazando el recorrido de aquel viaje por “el desnudo brazo curvado de Massachusetts” para seguir sus huellas. Lo hizo el escritor Clifton Johnson en 1908 y, en realidad, lo hacen miles de personas en verano: qué ironías, ese brazo de caminos pesados de arena y refugios para pescadores es ahora el centro vacacional de la aristocracia americana.

Llevaba tiempo mascando la posibilidad de visitar Concord, la tierra natal de Thoreau y de adopción de Emerson; también el lugar donde explotó hace 240 años la Revolución Americana y los patriotas se apuntaron su primera victoria. Y es ahora cuando ese imán que toda naturaleza interior tiene y algunos nos rendimos ante ella, me lleva allá en los finales de este otoño.

Los europeos que llegan a América se sorprenden de la brillantez del follaje otoñal. En la poesía inglesa no dan cuenta de semejante fenómeno, porque allí los árboles adquieren sólo unos pocos colores radiantes”, observa Thoreau en su ensayo Colores de otoño.

De momento, el núcleo de esta excusa me está devorando hasta el punto de barrer de mi memoria los demás puntos de mi trayectoria -siempre abierta-: las obsesiones, aunque sean sanas, son así. Así que mato el gusanillo y las horas revisando lo que escribió nuestro amigo en su diario en las fechas en las que me arrodillaré ante la tumba de quien, gracias, alguna vez me cambió la vida. Como esta entrada del 12 de noviembre de 1851:

“Pienso que el poderío del halcón, que surca altivamente los cielos y traza círculos firmes sin apenas esfuerzo, le viene de haber reptado fielmente sobre la tierra, como un reptil, en un estado previo de existencia.  Hay que arrastrarse antes de poder correr; y hay que correr antes de poder volar”

26/10/14

Sin esquemas

… un autor puede en mi opinión ser autobiográfico, siempre que no viole ni los derechos del lector ni los suyos propios.

Nathaniel Hawthorne, en la introducción a La Letra Escarlata


Si el vino tira de la lengua, el movimiento lo hace de las palabras. Cuando llego de un viaje y tengo que escribir las crónicas pertinentes, sobre todo cuando me inclino por teclear aquellos textos más creativos y abiertos, es cuando más atascado me encuentro. Sin embargo, si estoy en el lugar de los hechos tecleo alegremente. Casi es el viento el que teclea por mí: pongo la flecha donde quiero, la realidad me da todos los componentes y hasta el olor me sugiere qué incorporar y qué excluir.

Ahora que apuro un par de textos de ese calibre, pero ya desde la quietud, desde el reposo de una mesa y una vida en abundancia -lo contrario a como me gusta el modo de estar en este mundo, que es liviano de equipaje y de comodidades-, las ideas se me escurren, la imaginación queda atrapada en la rutina y no hay quien avance.

Me cuesta arrancarle las raíces a las frases; me cuesta darle los aires naturales que empleo aquí mismo. Es tener un compromiso con un medio e inmediatamente mi cabeza se bloquea, escribe con buenas intenciones pero con limitaciones. Una gran trampa que, no sé por qué, últimamente me he impuesto.

Leyendo algunas crónicas de los mejores reporteros latinoamericanos, me sorprendí pensando que eso mismo que hacían ellos en sus textos para diferentes revistas era exactamente -calidad, obviamente, al margen- lo que yo quería hacer. Es más: era exactamente lo que yo estaba haciendo en este blog pero nunca me he atrevido a hacerlo para un medio.

Por ejemplo, desde Ho Chi Minh City comienzo así: “Una sacudida eléctrica, como si de un cable de alta tensión uno se colgara, recorre el cuerpo de quien acude al Museo de Recuerdos de la Guerra de Saigón”. Cuando sé que algo va dirigido a un medio, ese compromiso secuestra mi imaginación. Otro ejemplo es el de otra crónica que escribí desde el corazón de Texas: “Según la tradición judeo-cristiana Dios descansó el séptimo día al crear el mundo. Según Bruce Springsteen, el quinto, sexto y séptimo día, Dios se dedicó a dar vueltas con su novia en un Cadillac. Naturalmente, recorriendo estas tierras, uno se da cuenta de que el Boss está en lo cierto. Dejando en el este los estados de Illinois, Missouri, Oklahoma y Texas, donde los Cadillacs, las Harleys y todo lo monumental, y toda la locura tienen cabida, es fácil comprobarlo”.

En esta semana, en la que tengo que acabar dos reportajes de esos creativos -y uno más ortodoxo, para un medio tradicional- antes de volver a partir ("es la hora de partir, oh abandonado!") le meto al cuerpo sopa de lecturas donde halle más adjetivos, menos esquemas, más horizonte, menos normas.

Lo que más me fastidia es verme encerrado en una habitación tecleando cosas que están concebidas para escribirlas al aire libre, debajo de la lluvia o en una tienda de campaña. Porque fueron ahí donde fueron vividas. Y de qué modo.