30/7/15

Decirlo todo

La vida de un hombre no vale nada si no vive de acuerdo con su conciencia.

-Gary Cooper, en La gran prueba


–¿Te imaginas que una mata de mango se comparara con otro árbol?

La pregunta suena incisiva, como cargada de un aliento conocido. Y la respuesta –silenciosa, como esas revoluciones que merecen la pena– acaba por agitar las pocas dudas que quedan:

El mango, si se comparara, no daría lo mejor de sí, no se expresaría. Sería horrible.

Ya en tierra, me digo, la metáfora encarnada en las costumbres: y la comparación como resumen de ese despropósito.

Me acuna en tiempos flacos. Y, por eso, porque en ese lenguaje de almas cruzadas comprender, comprender, comprender– estamos, las conversaciones se cuelan hasta de madrugada.

En cuanto a mí, estoy tratando de despertar, de expulsar el sueño por mis poros; pues, en general, me tomo las cosas tan despreocupadamente como un poste de la cerca: absorbo el frío y la humedad como él, y siento el grato cosquilleo que me producen los líquenes que poco a poco se extienden sobre mí. ¿No debería conformarme, entonces, con ser un poste de cedro, que dura veinticinco años? ¿Acaso no es eso preferible a ser el campesino que lo colocó, o aquel que predica a los campesinos, para finalmente llegar al cielo de los postes? Me gustaría tanto como al resto. Pero no me importaría brotar como un árbol, desplegar hojas y flores, y dar frutos.  (HDT)

El problema de querer decirlo todo es que, al final, no dices nada. Y eso sucede cuando la cadencia de los pensamientos va más lenta que la del interior, que la coherencia que hierve en el interior y ahora tiene nombre propio y vida propia e identidad propia y se vuelca en el exterior al ritmo que te disuelves y que yo, pronto, podré empezar a decir algo.

28/7/15

Golf entre serpientes

En la Revista Variopinto publico un reportaje sobre el único campo de golf de la Amazonía. Está en Iquitos, Perú, y jugar al golf en el corazón de la selva conlleva, a veces, ciertos riesgos...

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Cinco turistas llegaron a las cinco de la tarde y media hora después estaban aullando de miedo. Margarita Villanueva se asustó y fue tras ellos, pero los turistas no querían regresar: un caimán los tenía atemorizados. La gerente del Amazon Golf Course de Iquitos, el único club de golf de toda la selva, no les había advertido de los caimanes que anidaban en el green del hoyo dos. Jugar al golf en un lugar tan remoto no es fácil. 

Iquitos es un lugar donde el termómetro rara vez se descuelga de los 30 grados y el cielo no deja de estallar en lluvias. Para llegar por tierra —o por agua, pues la carretera finaliza a 800 kilómetros de ahí—, hay que emplear al menos dos o tres días de viaje; una hazaña premonitoria en estas latitudes, donde parece que algún día hubiera naufragado la mismísima Arca de Noé y los animales habitaran estas entrañas.

26/7/15

Volar sobre ruinas en el Chinchero peruano

En la Revista Contexto, publico este reportaje desde Perú sobre las consecuencias sociales del llamado progreso, la construcción de un aeropuerto en este caso.

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El 25 de abril del 2014 llovía en Chinchero. A 3.700 metros de altura y en los últimos coletazos de la época de lluvias, con el frío andino curtiendo los rostros, los vecinos salieron a las calles de esta pequeña localidad a 30 kilómetros de Cuzco para celebrar una vieja promesa: la construcción de un aeropuerto. Ese día se adjudicaba la obra, con una inversión de 600 millones de dólares, al consorcio Kuntur Wasi. Pero pocos vieron los perjuicios de un sueño llevado a tierra: la misma que tuvieron que abandonar más tarde.

"En La Pampa teníamos todo: agua, luz, desagüe. El cambio fue brusco: trabajaba la papa y me dedicaba a la ganadería: seis toros, una vaquita, mi chancho. Mis hijos tenían leche, queso, papas. No comprábamos en el mercado. Antes vivía tranquilo", cuenta Cirilo Quillahuamán en su nueva casa, un edificio en carne viva de un barrio inventado en la montaña.

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22/6/15

Saqueadores de oro del Perú

En el dominical del periódico El Universal (México), revista Domingo, publico un reportaje sobre la minería ilegal e informal de la región Madre de Dios, en la Amazonía peruana.

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Una llamada despierta a la mujer en mitad del trayecto.
—¿Hola? —responde. Se incorpora en el todoterreno, escucha un momento y continúa:
—Estoy yendo a buscar a tres chicas que vienen de Lima. Tienen buen cuerpo, aunque una chibola es mayor.

Nadie de la camioneta se inmuta: los pasajeros siguen cabeceando mientras el chofer sigue abriendo camino con las luces entre las piedras y el agua. Y la mujer que habla, una chica de trentaytantos —gafas de sol de diseño, abrigo verde chillón, pantalones ajustados, zapatos con algo de tacón y camiseta amarilla con no más de cien lentejuelas— vuelve a cabecear hasta llegar al Río Inambari. Se sube apresuradamente a una de las barcazas que van y vienen desde la otra orilla de este brazo del Río Madre de Dios y 20 minutos después se sube a un coche hasta llegar a Mazuco para recoger a las tres chicas. Buenos cuerpos, una algo mayor. Un destino: Huepetuhe.

La zona baja de Huepetuhe es una zanja pestilente plagada de riachuelos; la zona alta, un manojo de calles firmes: su Plaza de Armas, sus decenas de gasolineras, sus vivos, sus muertos —esta tarde pasean a hombros el cadáver de una mujer asesinada por su esposo, que ha huido—, sus agencias de transporte que van a las minas y a la orilla del río.


 *Otros reportajes completos, así como las versiones en PDF de los reportajes, en mi página web: www.dcobo.com


6/6/15

La expresión en el mundo

Si es por buscar, mejor que busques –solía decirme– lo que nunca perdiste.

-Martín Caparrós, El Interior


“Y el fin de semana, 23 millones de euros”, me dice una mujer que vende cupones –y yo vengo de estar con una maestra. Pero la vida es tozuda y aún no he alcanzado el Nirvana, así que me endiña la papeleta para ese día y para otro: no es que yo persiga la buena fortuna, sino que –a veces– la siento galopando en mis entrañas.

Iba caminando con la cadencia habitual en tiempos de reflexión –primero lanzo una pierna, luego la otra, luego echo la mirada a los costados–, despistado, propenso a los tropezones. A las piruetas de lo que ya fuimos. Y lo que seremos.

Decidí subir caminando a casa por aquello de darle la vuelta al pasado: hacía tiempo que el trayecto, apenas dos kilómetros, no lo experimentaba con mis pies. La última vez estuve a punto, pero era ya muy tarde y cogí un taxi por aquello de la noche, la lluvia y los tambaleos. A mitad de camino, la furgoneta del jardinero: la escalera, herramientas, ropas, él. Todo dentro de un espacio mínimo. Y un remolque –la mochila.

“Todos mis bienes los tengo conmigo”, respondió Estilpón –nos cuenta Séneca en sus epístolas a Lucilio­– tras perder a sus hijos, su mujer y su ciudad. “¡Esto es un hombre fuerte y valiente! Venció a la victoria misma de su enemigo”, continúa el filósofo.

Subía, como digo, y aquella ráfaga me acompañó por unos momentos hasta devolverme a esas ansias por la sencillez extrema. Y entre todas las expresiones que alguna vez he sentido, fue mi travesía por Alaska la que más salvajemente representa ese anhelo: “Todos mis bienes los tengo conmigo”. Dentro de mí. La inmensidad desparramada, la soledad desparramada y todo a cuestas. Y nada –nada de nada: uno mismo– frente a eso.

Aquellas noches de tienda de campaña fueron las más felices de mi existencia. En el empeño de ser, al fin, salvajemente yo, se hizo fuerte en mí el empeño de darle unas bocanadas a la vida. La manera más directa, pensé, era dar de pedaladas en algún lugar que representara lo que bullía en mi interior: una concentración de emociones que, finalmente, me pusieron una madrugada en unas latitudes extremas.

Hace un año que puse rumbo a allí. Hace un año que la aguja imantada de la intuición me llevó a esos territorios: en realidad, hace un año que después de recorrer los recovecos de mi interior, sucedió que me paseé por la expresión, en tierra, de mi interior.

Y esto es solo el comienzo. 

11/5/15

Escalofríos de primavera

Invito a la luna y con mi sombra somos tres.

- Gloria Fuertes

Había un momento, pasada la medianoche, en que ni los bramidos de la oscuridad ni los huracanes nos separaban. En el norte de España, donde he hundido mis días y la mayoría de las noches de las ya casi treinta primaveras que me contemplan, el viento sur arrasa los árboles, cancela los vuelos, quema las chimeneas despistadas, regala tortuosos dolores de cabeza. Pero pasada la medianoche, la escuadra de nuestros cuerpos era indestructible.

*

Pasada la medianoche yo me colaba entre las sábanas mientras el viento aullaba con temblor, a veces con furia y siempre con alegre cadencia. En la habitación había dos balcones: en uno se acabó por quemar una planta que no soportó ni la sombra, ni el frío, ni mi invierno.

*

A esa chica de párpados en llamas,
de letras esparcidas en la almohada,
en deuda con mis madrugadas.

A esa chica que en un beso inflama
las caricias y los cuentos de hadas.

A esa chica
voy a contarle mis batallas.
(…)

Y otra vez me refugié en la madrugada.
(…)

Y de nuevo a las montañas.

*
En aquella habitación hacía frío. Era octubre y a casa llegó una planta que explotaba en colores. Había también una enredadera que caía por unas estanterías donde había libros, fotografías, recuerdos. La metáfora: una planta enredadera, los recuerdos, el invierno, el norte de una ciudad encerrado en el invierno de dos balcones, de dos inviernos, de dos miradas.


9/5/15

La vida cambia en un instante

La vida cambia en un instante. Creo que eso dice Joan Didion en uno de sus últimos libros, leídos con ese entusiasmo que a uno le cuesta recordar y que ahora siento al darle la vuelta a la memoria. Sucede que uno piensa eso cuando apura el penúltimo veneno de la noche, las luces se empeñan en estallar y la gente prefiere insistir en sus cosas. De repente, unos tipos de al lado, cuando –como digo– el bar quiere cerrar, al teléfono llegan mensajes sugerentes, las luces estallan más de lo debido, y unos vecinos de barra empiezan a hablar de Lope de Vega y de Calderón.

Algo farfullan, como ocultando sus intenciones ante al cuadrilátero que los rodea, o los cuadrea –esto es Madrid– y J. y yo hablamos de nuestros versos, le cuento mis ausencias (“Ir y quedarse, y con quedar partirse...”), me habla de sus amores (“Desmayarse, atreverse, estar furioso…”) y hablamos de todo y de nada porque es eso de lo que se habla cuando te quieren echar de un bar cuando la bombilla molesta más de la cuenta y la hora ya se muestra insatisfecha al filo de algo incómodo.

Las noches en Madrid tienen algo que no existen en otros lugares. En esta ciudad quemé más de un año de mi vida. Vine con el pecho en alto, tarareando una canción y magreando un mensaje que al final me devoró. Pero Madrid es así y ahora vengo de visita y hay amigos, y noches, y chicas, y bombillas que queman más de la cuenta, y amaneceres que uno detesta alcanzar, y canciones que quedaron varadas muy lejos, quizá en la media noche, quizá en mí, o en ti, o en nosotros, o en los nudillos que llaman una tarde a tu casa y te sacan con el alma en cabestrillo.

Esta ciudad, cuando apuras el vaso y vuelves a apurar más vasos y acabas cantando en un piano bar, se vuelve algo más idílica: eso no sucede en todas las partes, a todas las horas, en todos los bares. Pero aquí, sí: y entonces vuelves a la casa con un culebreo en las patas que te recuerdan que la última ronda mereció la pena: el último sorbo, la última palabra que se descolgó de la boca de alguien, la última promesa, el último codazo, la última certeza.

Y mañana será otro día y quizá el teléfono suene y las palabras se enciendan y empecemos, tú y yo, por donde lo dejamos anoche.

29/4/15

La Mafia de La Habana

Después de decenas de artículos y reportajes de La Habana, ayer publiqué uno más en el suplemento Viajes de El Mundo.

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Cuando Robert Duvall llegó a La Habana, le pidió al historiador Ciro Bianchi que lo llevara al Teatro Sanghai. A Bianchi le extrañó cómo el actor que había encarnado a Tom Hagen en El Padrino conocía aquel tugurio del Barrio Chino. Le dijo que ya no existía. Pero Duvall insistió y, además, le dijo que también quería conocer los cabarés Pensilvania, La Taberna de Pedro y El Niche. Tampoco existían ya. Bianchi no daba crédito, pero cayó en la cuenta de que Marlon Brando, amigo del actor norteamericano, le había contado las noches de desenfreno en La Habana de los años cincuenta... hasta que llegó 1959. 

Para seguir leyendo, pincha aquí.

6/4/15

El progreso

Yo no me opongo a que la gente progrese. ¡Peor para ella!

- Josep Pla, en Viaje en autobús


En nombre del progreso se hacen carreteras, canales, puentes; se ponen antenas, se asfaltan marismas y se acaba con el pasado. También, en nombre del progreso, se hacen aeropuertos, como en Chinchero: si meten 600 millones de dólares, dicen, será para el progreso.

- En la pampa lo teníamos todo- dice Cirilo Quillahuamán-. Ahora no tenemos nada.

A Cirilo le obligaron a firmar un papel: 24 horas para irse de su casa si quería recibir la indemnización. Al final completó la mudanza en una semana y le indemnizaron en tres meses.

- Pero todo se fue en levantar esta casa-, se lamenta.

Una casa clavada en una loma de la comunidad. Ahora es una explanada empedrada repleta de casas que parecen esqueletos.

- ¿Y los animales? 

- Los vendimos- responde-.Tenía 50 gallinas, seis toros, dos vaquitas. Mis hijos tomaban leche y queso.

- ¿Y ahora?

- Ahora no puedes salir ni al solecito por la tarde.


Cirilo, su hijo y su casa.

31/3/15

Las heridas abiertas de Perú

El primer día de julio de 1983, a las tres de la mañana, siete personas irrumpieron en la casa de Sergia Flores. Se llevaron a su marido.

Eran militares.

“Yo estaba detrás de mi esposo. No había luz, y mi marido me dijo que encendiera velas para poder ver. Se echó las manos a la nuca y lo sacaron al patio. A las siete de la mañana,le llevó el desayuno -fritura con arroz y huevos- al puesto policial. Pero le dijeron que allí no estaba. No volvió a saber nada más.

Al hermano de Juana Carrión también se lo llevaron una noche de verano de 1984: salió a sacar dinero del banco porque al día siguiente Sendero Luminoso había decretado un paro armado en Ayacucho. Ricardo no regresó a casa. Era artesano, tenía dos hijos y 28 años.

“Pusimos la denuncia en la fiscalía, pero no os daban información. Hasta ahora. En 1989, a mi otro hermano le sacaron de casa a las seis y media de la mañana, militares cubiertos con pasamontañas. Entraron a la casa por dos entradas hablando groserías: '¡abre carajo!'. Mi hermano no dijo nada, les acompaño. Le seguimos, pero no nos dejaron ir detrás.

La violencia dejó en Perú 70.000 víctimas entre 1980 y el año 2000. La Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) atribuyó a las diferentes instituciones del Estado el 37% de las víctimas. Muchas se quejan: creen que el Estado mató a más gente. Casi la mitad de las víctimas eran de Ayacucho, el departamento andino donde Sergia, Juana y miles de personas siguen viviendo, recordando los horrores.

Ingenuamente les pregunto a ellas, y a otras, si algo así, pasados tantos años, no se hace llevadero. Claro que no, responden entre lágrimas. Son víctimas del terror propiciado por dos bandos, en el medio del cual se encontraban: en la lucha entre subversivos y el Estado, unos les mataban por no adherirse a su sueño revolucionario y otros porque los acusaban de soñar con lo que realmente detestaban.

Al Estado le sigue reclamando una atención que, dicen, les niega. Mientras los terroristas purgan condena, los responsables que dieron orden de secuestrar, torturar y matar a miles de personas, siguen impunes o en paradero desconocido.

Sergia Flores