19/12/14

Charla sobre Alaska

En la librería Desnivel, en Madrid, alguien me preguntó por los lugares en los que dormía en Alaska: entonces le le enseñé una foto de mi tienda de campaña cubierta por un toldo y amarrada a tierra con un par de troncos. Este es el espíritu de Alaska, me dije.

Ayer hablamos de eso y de la tundra de la última frontera; de la fiebre del oro y de los esquimales; de los misioneros y exploradores; de aviones y glaciares.

Un viaje por la última frontera tiene estas cosas.

También de periodismo:

De momento he publicado varias cosas y en las próximas semanas se publicarán otros dos reportajes. 

Pasemos, pues, a trabajar mi último viaje por Nueva Inglaterra.


12/12/14

La hora de la siembra

A veces es mejor hablar por boca de otro:

“Mi diario debiera ser el archivo de mi amor. En él, solo debiera escribir sobre las cosas que amo, sobre el afecto que siento hacia algún aspecto del mundo, o sobre aquello sobre lo que me encanta pensar. En mis anhelos, no hay más intención discernible que la que posee un brote en gestación, que apunta, claro está, hacia la flor y la fruta, hacia el verano y el otoño, pero percibe solo la influencia de la primavera y el sol cálido. Me siento maduro para algo, pero no hago nada, y no soy capaz de descubrir qué es ese algo. Me siento fértil, eso es todo. Es la hora de la siembra para mí. He estado ya suficientemente en barbecho”.


HD Thoreau, 16 de noviembre de 1850.



Walden Pond. Noviembre 2014.

2/12/14

Concord

Me puedo acostumbrar a los atardeceres, a Nueva York, a El Quijote, a la playa del Inglés y al Vodka barato que comprábamos en las noches -gélidas- universitarias. Me puedo acostumbrar a muchas cosas: a lo bueno, a lo feo, a lo malo, a lo excepcional. Pero nunca me acabé de acostumbrar, cada vez que entraba en Concord y miraba a mano izquierda, a la erguida y orgullosa casa de Emerson.

Sé que en Madrid camino a la sombra de la casa de Lope de Vega y de las palabras de Larra por la calle Segovia. También recuerdo bien la casa de Cervantes en Valladolid, la de Mandela en Soweto, la de Borges en Buenos aires o, qué se yo, la casa natal de Fidel Castro en Birán. Y aun así, cada vez que pasaba en coche, en bici, a pie, por la carretera que entraba a Concord me sorprendía pasar por al lado de la casa de Ralph Waldo Emerson, conocido simplemente como Waldo.

Pero Concord -17.500 almas, primera batalla de la revolución, cuna del trascendentalismo, una estética asombrosa, una lluvia de hojas del color del fuego- tiene algo que embriaga, emborracha, imanta, atrapa.

Nunca he caminado tanto, de un extremo a otro, como en Concord. De la laguna de Walden
The Old Manse
a la de Batemans hay siete kilómetros, que caminé feliz. De Walden a Lexington otros tantos, que pedaleé como buscando algo que al final resulto ser nada. Y otra vez a Walden, y otra vez al cementerio Sleepy Hollow con una bicicleta prestada apoyada en alguna tumba mientras caminaba entre el silencio de una lápida llamada “Henry”.

De Concord me gustan sus arces rojos, sus robles y sus pinos. Sus casas: las anónimas, la de Hawthorne, la de Old Manse; la cena en un colegio internado en el que me colé, las hamburguesas del bar de Helen. Y sobre todo los recuerdos asociados -esos que no se guardan en la cabeza, sino en algún otro lugar- a la casa de Emerson cada vez que entraba por Lexington Road.


30/11/14

Esperando nada

Y creció, a mi lado como un árbol, toda una ilusión.

Antonio Vega

Porque siempre esperando algo
como quien sale de casa
esperando a la lluvia
o al hijo
caído del cielo.

Siempre contando algo:
las manos que me faltan
para llegar a ti
o quizás a mí.

Porque siempre buscando algo
(que al final es nada)
y hacerlo poema,
o quizá zancada
para llegar a ti, o quizá a mí.

O quién sabe
-yo lo sé-
quizá a los dos.


23/11/14

Ganar tiempo

Nos pasamos la mitad de la vida perdiendo el tiempo y la otra mitad queriendo recuperarlo.

Julio Llamazares, en Las Lágrimas de San Lorenzo



De viajar por Massachusetts me gusta perderme: primero en el mapa y luego en la tierra. Lo primero quizá porque lo emborrono; lo segundo, seguramente, para perder el tiempo, que al viajar es ganar vida.



22/11/14

Mi anfitrión en Nantucket

Erick.
Amanecía en Nantucket. Creo que en todos los lugares, pero especialmente en sitios como éste, el mayor encanto se extrae de esos momentos. Erick me había tratado muy bien: algo que no sospeché cuando me recogió en su camioneta y eché mi mochila a la caja trasera de madera.

Pero quienes hacen las cosas siempre así, al no dar importancia a sus actos, tampoco los rodean de liturgia. Te dicen: ahí tienes tu cama, ahí el salón, aquí la casa. No se preocupan de que todo esté en su sitio ni de que las sábanas estén limpias ni de que todo cuadre perfecto. Incluso, al despedirnos apenas me dio un apretón de manos, o chocamos los puños, y le dije que ojalá nos volviéramos a ver (porque él me dijo que a Nantucket mejor llegar en verano y yo le dije que a mí me gustaba noviembre). Eran casi las seis y media de la mañana, hacía un frío de narices y él esperó a que yo trepara por la rampa del barco mientras, con el coche en marcha y a poquísima velocidad, agitaba la mano. Algo que resumía todo. De pocos lugares me he ido con tanta nostalgia.

- ¿Por qué acoges a gente en tu casa?-, le pregunté un día.

No sé que me respondió. No le dio importancia y me debió de decir que por qué no. Insistí un poco y me dijo que le gustaba conocer gente, ayudar a los demás. Sin importancia se ofreció a meterme cinco millás arena arriba hasta Brant Point, un faro alejado, aunque finalmente los deberes de su hija, que llegó a media tarde, nos fastidiaron el plan. Además, por la noche había invitado a cenar a unos amigos, así que no había tiempo para todo.

Él hizo una sopa, yo compré vine, la pareja hizo una especia de empanada y David, que llegó
David.
algo tarde, trajo otra botella de vino -argentina, que bebía a sonoros sorbitos-, algo de café molido y dos rollos de papel de cocina. Cuando sacó estas cosas nos moríamos de la risa. Estábamos en Nantucket y David llegaba de invitado y traía dos rollos de papel de cocina.

Hablamos de todo, de lo divino y humano, de unas experiencias en este genial sistema llamado couchsurfing que me han puesto en más de un apuro en la multitud de casas donde me he alojado, con gente rarísima, gente que trató de propasarse y gente que me abrió su puerta y no la volví a ver nunca más.

Erick se moría de la risa cuando conté mi aventura neoyorquina y un tipo, amable, discreto y yo diría que hasta en paz consigo mismo, me dijo que durmiera con él porque en el sofá hacía frío. Claro que no me hubiera importado dormir con él si minutos antes no le hubiera frenado con un huracán de intenciones -las mías- que eran contrarias -e incompatibles- con las suyas. Por ejemplo.

La cena transcurría hasta que se apagó el vino y la luz y el café que trajo David, un tipo que parecía duro y tosco, pero que resultó ser amabilísimo y tener interés por la vida de los demás. Eso lo decía todo. Luego saqué la cámara, nos hicimos una fotografía de grupo y luego le saqué a él una. A Erick, el anfitrión despreocupado, el que choca el puño y sin decirlo te ofrece todo, con cuya bici recorrí la isla haciendo un apaño -casi pedaleando con el cable del cambio agarrado entre los dientes para que tensara- y el que me esperó que subiera al barco, agachando la cabeza tras el cristal, y removiendo la mano en el aire. El que me dijo, ahora lo recuerdo, que él creía en los cambios individuales, no en los culturales.


19/11/14

Nantucket: Sacad el mapa y miradla

Cuando yo leí Moby Dick, hará ahora un año, me dije: “Yo quiero vivir en Nantucket”. Es de ese puerto de donde zarpó el Pequod, aquel barco bajo el rudo mando del capitán Ahab. Cómo será que incluso, después de aquello, hice mío el término “hijo de la oscuridad”, como lo hizo Ahab  para maldecir  a los marineros cuando avistaba una ballena en aquella histórica y monumental novela que tanto le debe a Nantucket.

Herman Melville no conocía Nantucket cuando escribió Moby Dick. Él estaba en New Bedford, la capital ballenera de mediados del siglo XIX, pero todos los relatos, el pasado glorioso y, de algún modo, las leyendas, provenían de Nantucket, el lugar que en otro tiempo fue la capital mundial de la caza de la ballena. Lo que leyó, escuchó y soñó venía del pasado.

Ya estaba resuelto a no darme al mar si no era en un barco de Nantucket, porque había algo hermoso y turbulento en todo lo relacionado con esa isla antigua y hermosa, algo que me atraía de manera extraordinaria”, escribió Melville en la novela. También dijo de la isla: Sacad el mapa y miradla. Ved el punto exacto que ocupa en el mundo, cómo se halla lejos del litoral, más solitaria que Eddystone. Miradla: un simple collado y un brazo de arena; todo playa, sin fondo alguno”.

Con esa presentación llegué a bordo de un barco que me acercó desde Cape Cod, 50 kilómetros al norte. Era ya de noche, de lejos se veía una isla sin apenas luz y los disparos de algún faro comenzaban a darle un aspecto como el que armé en mi imaginación. Una vez en tierra, las sospechas se confirmaron: Nantucket no defrauda.

New Bedford es un insulto a la memoria; pero Nantucket es una especie de homenaje. Las fotografías del siglo pasado podrían pasar por el presente, la legisación es estricta en cuestiones estéticas y las casas son de madera de pino. Con el tiempo oscurecen, algunas languidecen, pero hoy me dijeron que había 800 casas anteriores a la Guerra Civil.

Nantucket hoy vive del turismo. Y del pasado. Apenas existen pescadores y su pasado se mantiene en los museos, pero también en las fachadas de las casas, en las calles empedradas, en las caras curtidas de sus gentes, en el silencio que inspira Nantucket, en el cielo estrellado que la contaminación no empaña...

No ha pasado mucho tiempo desde que pensé en vivir en Nantucket hasta que he llegado. Por eso, lo primero que hice cuando amanecí hoy fue irme al puerto a conocer a pescadores, así que acabé subiendo la bicicleta que me habían prestado a la camioneta de uno de ellos que iba directo del barco a la lonja.


17/11/14

El cabo Bacalao

Los hechos más simples son siempre los más aceptables para una mente curiosa.

HD Thoreau, en Cape Cod



El bíceps, el codo, el antebrazo, la mano y el dedo índice. El Cape Cod lleva esa secuencia en su superficie: todo el mundo se refiere así a su anatomía. Hoy me vi caminando en su dedo índice, uno de los confines de este país, a través de la bahía abrazada por el pueblo de Provincetown, con el frío pegándome bocados mientras yo daba saltos entre piedras y atravesando los juncos de las marismas para llega al faro de Wood End. 

Desde el océano, esta torre parece cuadrada y solitaria. Pero desde sus pies parece aún más solitaria. Es uno de los faros más desamparados de Massachusetts que he visto hasta el momento. Porque estoy aquí haciendo una especie de ruta del bacalao (ruta del Cod) y de faros. Especialmente en el cabo, por lo expuesto que está este brazo de arena a las embestidas del mar, resultan duros los inviernos y los otoños, cuando el mar lucha por comerle territorio a una tierra que alguna vez emergió de las profundidades.

Cape Cod, paraíso de veraneo y segundas residencias en fila india, es muy similar en todas sus versiones: norte, sur, este y oeste. Pero quienes viven aquí distinguen el espíritu de los lugares: Chatham es más animado que Brewster, dicen, pero Hyannis es genial y Provincetown es un oasis. A mis ojos lo único que cambia es la vegetación, más baja y pelada a medida que se sube por el antebrazo. Desde ahí, el mar se puede ver a los dos lados del camino.

En el Cabo hay 25 campos de gof. En uno de ellos el faro está en mitad del hoyo 8. Se llama Highhands (el faro y el campo de golf), Thoreau, en su libro Cape Cod, publicado en 1865 habla así del faro: “La vivienda y faro consta de un edificio de ladrillo de sólido aspecto, pintado de blanco y rematado por una estructura de hierro que alberga el fanal; anejo al mismo está la morada del farero, de una planta, también de ladrillo, y construida por el gobierno”. Y en realidad sigue de esa guisa, aunque cien metros más atrás debido a la erosión de las rocas y los mordiscos del océano.

Al Cape Cod, antes que en coche; antes que cualquier otra cosa, me ha traído ese texto del siglo XIX. Lo mismo que me ha traído a todos los lugares que ando merodeando, pero especialmente New Bedford. Su pasado ballenero lo delatan los relatos y el aura de Moby Dick. Pero ese espíritu de puerto ballenero y tabernas plácidas al calor de la leña ya no existen. Así como otros lugares históricos mantienen cierta esencia (como Concord), cuando recorrí New Bedford maldije a eso que llaman progreso mil y una veces.

El cabo, aunque apenas es ya lo que definió Thoreau (“las casas anticuadas y sin pintar lucían más confortables, y también más pintorescas,que las modernas y más pretenciosas, que estaban menos en armonía con el paisaje, y menos firmemente asentadas”), al menos mantiene cierta elegancia entre la multitud de lagunas, bosques y pescadores que siguen escarbando la arcilla del dedo índice de esta extremidad mágica de Massachusetts.

Wood End lighthouse (Provincetown).


15/11/14

Entre mansiones y ballenas

Después de salir de ese nudo de carreteras llamado Boston puse rumbo a Newport. Allí, en Rhode Island, el crudo invierno se detiene en las mansiones volcadas al océano Atlántico. Y allí veraneó la joven aristocracia del siglo XIX y XX, entre suntuosos jardines y una avenida, Bellevue, realmente inspiradora.

En Newport, para contrarestar aquello del lujo del entorno, me alojé en casa de un tipo desordenado. Llegué a un callejón oscuro que en el barrio nadie sabía dónde estaba y me esperaba en la puerta Eric, un hombretón amable. La cocina era a la vez su taller, y su comedor. Un lugar catastrófico para comer y desapacible para trabajar, me dije. Me indicó dónde estaba el dormitorio y me consoló saber que tenía mejor aspecto, aunque al baño le colgara el interruptor de la luz y las paredes estaban descuajaringadas.

A Eric no le volví a ver. A la mañana siguiente, ni rastro de él. Silencio. Desorden. Así que puse rumbo a los acantilados pensando en qué le lleva a una persona a alojar a alguien en su casa, dejarle una copia de la puerta de la entrada y desaparecer.

Me gusta viajar en coche por Estados Unidos. Así llegué a New Bedford, donde ahora me encuentro al calor de un pasado ballenero. Aquí escribió Melville Moby Dick y aquí está el mayor museo de ballenas del mundo, en el que ayer eché la tarde. Afuera hace frío y sol. Y ando deseando seguir atravesando Nueva Inglaterra con mi coche y mi radio.


 

13/11/14

El otoño en Nueva Inglaterra

Charles Dickens llegó tarde al otoño de Nueva Inglaterra, pero cuando lo hizo preguntó qué significaba la denominación “trascendentalismo”. Investigó, y tras no quedar conforme cuando alguien le dijo que trascendental era aquello que era “incomprensible”, averiguó que esa corriente filosófica seguía a Ralph Waldo Emerson. “Este caballero ha escrito un volumen de Ensayos en el que, entre alguna opinión producto de la imaginación y la fantasía, hay muchos más postulados auténticos y valientes, honestos y atrevidos. (…) El trascendentalismo tiene sus ocasionales rarezas, pero a pesar de ellas posee cualidades positivas; y, lo que no es menos importante, demuestra una fuerte aversión a la hipocresía y cierta aptitud para descubrirla tras el millón de atuendos de su interminable vestuario. Por lo tanto, si yo fuera bostoniano, creo que sería trascendentalista”, dice Dickens en sus Notas de América.

Hoy estuve en la casa de Emerson. Estaba cerrada al público -abre la temporada turística-
pero, husmeando por los cristales, un tipo que debía de encargarse del mantenimiento me preguntó amablemente de dónde venía. Le conté mi película y me hizo una pequeña visita por esa gran casa. Después me fui al museo de Concord, con una sala dedicada a Emerson (de quien hace tiempo escribí esto) y otra, claro, a Thoreau.

*

Yo he llegado en los últimos coletazos del otoño, cuando el suelo es un eterno crujir de hojas pero los árboles aún no han escupido todas sus ropas: las ramas se resisten a soltar toda su vestimenta en unos días que se preveen helados. A veces me sorprendo a mí mismo tirando de una hoja, tenaz y rebelde, que ignora los mandamientos de mitad de noviembre.

El otoño en Nueva Inglaterra es espectacular. En Nueva Inglaterra, en estas semanas, llueven más hojas que agua: calderos de hojas inundan las casas, los tejados, la carretera, las aceras, las tumbas. Todo tiene un aspecto marrón, tostado, y todos comparten esa ilusión por ser espectadores de esta obra genial. No se preocupan por limpiar insistentemente el suelo porque al día siguiente estará igual. Y prefieren esperar, pasadas las semanas, cuando la belleza ya se haya consolidados, y todo el mundo la haya disfrutado, y nadie se haya quedado sin contemplarla. Porque al menos esa es la sensación que yo tengo: que aquí saben vivir dentro de la belleza sin tener que marginarla únicamente a parques naturales.

Quizá el resumen definitivo del otoño -más adelantado en estas latitudes que en en el sur- sean los arces rojos que brillan al punto de que sus hojas podrían pasar por farolillos rojos encendidos en la noche; una luz natural que sustituye a aquella que emborrona el cielo y que apenas existe en Concord para así poder ver las estrellas.