22/9/14

Ciudades


Hay ciudades que solo se pueden visitar en otoño.

Por ejemplo:

                        mi alma.



13/8/14

Misterios del rencor

A Yeamon Kemp, por su rencor.




En un lugar de La Mancha, entre Prusia y Baviera,
la barba a remojo y a mano sus baquetas:
con el mundo por montera (y a Lope en la guantera)
marchó nuestro hombre de ambiciones algo discretas.

El Palacio de Invierno, de barro y alejandrinos,
levantó con las manos y ese aroma a nostalgia
de ovejas,  de exilio, valles y cielo sin trinos:
¿qué druida de aldea y versos te mostró su magia?

Busca las horas perdidas detrás del espejo
al armar ese estilo galán y bolchevique;
del eco de esos versos yo quiero ser reflejo
aunque el secreto de tu pócima vaya a pique.






31/7/14

Si no fuera yo

A veces  me desplazo hacia ese estado de perfección que es el pasado, recordando demasiadas cosas como para pensar que en el porvenir se esconden tiempos gloriosos. Y no sé por qué lo siento así, por qué pienso que solo lo que ya es polvo supera de cualquier modo cualquier atisbo de horizonte: la contradicción funciona a la perfección.

Hace tiempo que no escribo versos, pero sé que me superaré a mí mismo; hace tiempo que no escribo nada y lo etiqueto bajo el rótulo de “nostalgia”, “primavera” o “libertad” cuando, en realidad, ahora me siento más libre y más nostálgico que nunca. Es cierto que hace dos semanas, no recuerdo dónde, emborroné un papel que imitó unos versos. Ya habrá tiempo de rescatarlos.

También recuerdo que un día me dije que necesitaba más Neruda para poder sentir el bombeo del aire en el trasfondo de las palabras. Sí, y lo sigo pensando: leer otra cosa que no sea un exceso de epítetos nos hace mal a quienes vivimos sobre una montaña permanente (ya sea de presente, de pasado o de deseo) de epítetos.

Hace unos meses y cuatro entradas me sugería un comentario algo tan sencillo que, por su sencillez, me es imposible encajar en las promesas que se insertan en mí. ¿Y por qué no usas este blog para cosas personales y el otro para el mundo profesional?

“¿Es que hay diferencia?”, pensé yo, con una ingenuidad intratable. Y es que todo lo vivo así: sin fronteras, como una unidad, como un exceso de pasión en mis movimientos. Escribir, estudiar, recolectar las judías que trepan por las cañas de bambú en este caluroso mes de julio: todo está dentro del mismo apartado, del mismo sueño, del mismo proyecto. Nada me es ajeno.

¡Ay! Si yo pudiera ser dos personas, y dos corazones y más de una locura, y coleccionara mil deseos en el mismo cielo… Y si yo fuera otra persona…

11/6/14

De ruta por el Gran Norte

Por cuestiones prácticas, las próximas semanas podrás leerme en www.dcobo.com/blog, donde estoy relatando mi viaje por el Gran Norte.

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12/5/14

Pequeña historia nicaragüense

El bueno de G. me dice que haga algo con los hechos, con lo que sucedió una madrugada en playa Popoyo, en la costa pacífica de Nicaragua, hace unas semanas. Y tiene razón si tenemos en cuenta que aquella noche tuvo bastante de suspense, alumbrado todo por un eclipse de luna, que fue enrojeciendo al mismo ritmo que sucedían los hechos.

Os pongo en antecedentes: un amigo nicaragüense (nica, en lenguaje popular) me ofreció acompañarle al Magnific Rock, un hostel-restaurante construido encima de un acantilado a unos tres kilómetros de la hamaca donde leía Adiós Muchachos. Le dije que fuese él solo, porque ya habíamos ido por la mañana y me había quemado los pies. Después de sudar y recuperar lo perdido, regresamos y habíamos paramos en una choza a comer un nacatamal.

Se fue solo, por aquello del sexo opuesto, y regresó a las seis de la tarde dando tumbos. Me saludó y, sin darme tiempo para preguntaré cómo le había ido, se quedó dormido en la arena. En esas anochecía.

Una hora después, le desperté y fuimos a su casa, donde se acostó. Yo cogí el ordenador, me pegué una ducha en un baño exterior que había, y regresé al bar de la hamaca, encima de la playa. Empecé a teclear.

Esa noche no quería tomar ni una cerveza, porque en este país se bebe en exceso y mi misión era otra, pero llegaron dos hondureños con una botella de whisky ya en el estómago y se sentaron conmigo (los conocía de la noche anterior). Todo transcurría entre apagones y el alcohol que seguían metiéndose para el cuerpo. Al poco tiempo, se sentaron el dueño del bar y otro nicaragüense bastante imbécil, aunque eso lo descubrí más tarde.

Vaya por delante que nunca he visto beber de modo tan aguerrido a nadie tanto como a los hondureños, que se propusieron acabar con la frente pegada a la mesa. Y lo consiguieron.

Hablamos apaciblemente hasta que llegamos a una discusión: si Manuel Mel Celaya sufrió un golpe de estado. Técnicamente, decía uno, no lo era; el otro, que vivía en San Pedro Sula, la ciudad más peligrosa del mundo, decía que sí. El dueño del bar, con aires sensatos, decía que no. Y el imbécil no se enteraba.

Pasada la media noche me enteré de lo del eclipse mientras el guardia del lugar, un joven que se emborrachó más tarde, cuando su jefe, el dueño gordo,  acabó desubicado y roncando en una hamaca, advirtió que había una tortuga desovando. “¿Dónde, que quiero ir?” le pregunté. “Te acompaño”, me susurró el dueño del bar.

No recuerdo si cuando me dijo eso ya me había dicho otras cosas al oído, o si fue después. El caso es que después, como intuyó que no me había percatado de sus intenciones, pasó a una estrategia más directa: las “manitas”.

En eso que el imbécil, como habíamos hablado de la colonización, se calentó y vertió en mí toda la rabia acumulada de los últimos cinco siglos. Y me dijo que me iba a “turquear” (dar una hostia, vamos). Insistió en que era porque yo era español y toda esa perorata que manejaba Chávez. Lo que hay que ver.

Los dos hondureños seguían bebiendo como locos mientras el gordo ordenaba al guardia que me sacara cervezas, como si eso me hiciera cambiar de opinión, de acera o de ambas cosas, porque el tipo era bastante feo. Aumentaba la tensión con el borracho, al que me imaginé incrustándole una silla en el lomo, cuando uno de los hondureños se propuso dirimir la disputa, si es que se puede llamar así a los desvaríos de un tipo que antes de comenzar a beber me acompañó amablemente a por cerveza: sacando la pistola.

Yo estaba cansado, un tipo metiéndome mano, otro insultándome por ser descendiente de los reyes católicos y otro diciendo que iba a sacar la pistola para poner orden. Así que me fui a la casa, donde dormía, desde las siete de la tarde, mi amigo el nica.

Pero se despertó. Y yo tenía hambre. Así que la casa vecino, donde estaba el hijo de los dueños y dos amigos -claro, también borrachos-, se nos antojó adecuada para cenar. Entramos tranquilamente a la cocina, pusimos a hervir unos noodles picantes y los cenamos, a eso de las tres de la mañana, en el porche de la casa donde croaban un pa de sapos enormes y que me amigo el nica los cogió para enseñármelos.

Pensando en ir a dormir, le conté la anécdota de la playa, con bastante humor. Pero sus ganas de tomarse un trago o despejarse después de su ración de sueño, nos llevó de nuevo al lugar de los hechos, donde la luz iba y se iba continuamente. Agarró el puñal –supongo que en tono jocoso o preventivo-, una linterna y observé cómo se retorcían los dos hondureños. Acabaron la última botella de whisky… y sacaron una, de un litro, de ron. Me sorprendió la capacidad de martirio de algunas personas.

Regresé a casa, me dormí y desayuné unas galletas que había cogido en la cocina del vecino la noche anterior. Ese día creo que dormí en Chichigalpa, después de varias desventuras en transporte público. Pero eso merece otro capítulo, que también lleva el acoso, en pleno terremoto, de otro tipo que me confesó su deseo… por mí.


En fin.

6/5/14

Mi bicicleta no tiene nombre

Uno se encuentro a veces con la duda de poner nombre a su bicicleta.

Se pone nombre a los caballos, me dice ayer un amigo mientras andábamos en bicicleta.

Rocinante: además de nuestro Caballero de la Triste Figura, así llamó Steinbeck a su camioneta durante un largo periplo por su país con su amable perro Charly.

La Poderosa: El Che Guevara bautizó a su motocicleta en uno de sus viaje latinoamericanos.

Carlanco de los bosques, Estrella voladora de las alas, Telaraña encendida de los silfos, Rosa doble del viento, Margarita bicorne de los prados, Cabra feliz de las pendientes, Eral de las cañadas, Niña escapada de la aurora o  Luna Perdida: son algunos de los nombres que barajaba Rafael Alberti cuando tuvo la misma duda que tengo yo ahora.

Vale que mi bicicleta no sea un insecto, como decía Pablo Neruda; y que mi camino, de crepitar, no será más que de emoción.

Esta será mi ruta:



Esta, mi inspiración:

...cuando gira el sol en sus ruedas veloces,
 de cada uno de sus radios llueven chispas
 y entonces es como un antílope,
 como un macho cabrío, largo de llamas blancas,
 o un novillo de fuego que embistiera los azules del día


Y aquí  contaré la travesía en directo:

www.dcobo.com

23/4/14

Volver



Volver a la poesía
como se vuelve
a la infancia
después de
un largo sueño.


12/4/14

Claudicar

...poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.



Vengo de tomar cervezas entre las calles de Masaya, una población a 50 kilómetros de Managua. Y pienso que quien ahora mismo teclea a las dos y media de la mañana alguna vez escribió versos en este mismo espacio; también quebraderos del alma y la cabeza, odas a la noche y cabreos contra cosas demasiado inabarcables como para que nadie se rindiera a mis reclamas. También pienso que aquí, en este espacio, he escrito desde los cinco continentes: crónicas, pareados, experiencias. Todo ello ha tenido cabida aquí, un lugar más concebido a expiar los dolores más profundos que a airear cualquier sentimiento.

Hace unas semanas me pasó algo que amenazó al devenir de los últimos años. Como acabo de decir, entre las paredes de esta habitación sin paredes he volcado cualquier cosa, siempre sin ninguna pretensión de ningún tipo, sin apenas revisión -son palabras que salen a borbotes y rara vez revisadas-, sin apenas filtros, pero siempre con el mismo de ser refugio de mi propia identidad. Sería fácil conocerme: basta con leer los post de este espacio de los últimos años.

El caso es que creé una web con otros aires para así reunir mi trabajo periodístico. En este mundo, pensé, además de tratar de hacer las cosas bien, hay que parecerlo. Movido por esas certezas me creé una web con una presentación mía, una recopilación de algún trabajo y un blog en el que pensé que imprimiría mi sello más relacionado con los reportajes que trato de colocar en los medios, algunos con más éxito con otros.

Sin embargo, y tras la falsa euforia del principio, caí en la cuenta de lo poco que me gusta sentirme con esa obligación. Para bien o para mal, este edén es sincero, espontaneo; es tan yo que sería imposible exportarlo a un sitio con diferente propósito. Pero fabriqué otro lugar.

El pavor me atravesó al sentir que podía dejar de lado este blog que me viene acompañando desde hace casi 500 entradas y varios años. Y porque, al tener un enfoque más serio, perdería la frescura de los escritos, que son hechos a latigazos.

Releo mi biografía en ese espacio y me parece absurda. No tengo necesidad de mostrarme quién soy, ni qué carajo he hecho en mi vida. ¿Por qué lo hago? Tampoco me gusta la egodemostración de Twitter, pero me he hecho esa red social. Hace unos meses me hice una página web personal con el mismo propósito que el que ahora me ha movido. Y la eliminé a las dos semanas por las mismas razones que ahora arguyo; también creé una cuenta de Twitter, y me duro poco más de ese tiempo: me parece una enfermedad el modo en que se utiliza.

Si a eso se suma que, aunque busco historias y he escrito desde decenas de países, no me gusta denominarme eso que llaman periodista -no quiero que mi comida depende de esa profesión humillada y plagada de vanidades, en la que no me siento cómodo-, entonces da cuenta de esas contradicciones que me atenazan. No sé cuánto duraré con esa página web. Tampoco sé cuánto duraré con el Twitter, el cual anda mudo porque soy incapaz de tratar de teclear ingeniosas frasecillas (¿para qué?, ¿para qué me digan, como mucho, que qué bien?).

No lo sé. Veo que cualquier que haya hecho cuatro cosas abre una web y se sabe vender. Yo no sé venderme, y de algún modo no quiero. También he visto casos de periodistas que se definen de viajes habiendo realizado cuatro viajes y periodistas que se dicen con experiencia en ONG habiendo hecho una pasantía de un mes. No soy capaz de competir con tal descaro. Quizá legítimo, pero descaro.

Me van más las cosas del alma, las aguas de los arroyos, los paseos por ahí, mis entradas y anécdotas en este blog sin tener que demostrar nada, mi Thoreau y la verdad de mis amigos, la no adulación. No sé por qué me siento así cuando todo eso me da igual y a ciencia cierta sé las debilidades y traiciones del ego y de la mente, tirana de tantas personas. Lo que sí recuerdo siempre, y revolotea en mi cabeza sin marearse, aquel verso de José Agustín Goytisolo que me viene al pelo: “Uno por mucho menos se hace guardia civil”. Pues eso.

Algo se mueve en Nicaragua

Nicaragua se sacude los lomos y ya andamos por la alerta roja. 

Esto de vivir un movimiento telúrico es curioso. Yo andaba esperando en la segunda planta de la Casa del Café una cita con una periodista local cuando, leyendo a Gioconda Belli, se removió todo el edificio. Pocos minutos después, otra sacudida nos saca a la mayoría de personas del lugar. Una camarera llora.

¿Tienes miedo?, le pregunto a un camarero. “Miedo no”, me responde. “La vida es Cristo y la muerte es un mandado”. Mi cita nunca tuvo lugar. “Por razones obvias”, me escribe la periodista. 

En realidad no fui consciente del peligro hasta que llego a casa y vi el color de la alerta y las recomendaciones: dejar la puerta abierta, tener una mochila preparada con lo imprescindible y citar a la familia en un sitio de reunión, por si las moscas. 

A las doce de la noche me quedé dormido. Amanecí ocho horas después. En ese tiempo se sucedieron más de 300 réplicas. A las 12.30 del mediodía, mientras andaba en otro cita, el suelo volvió a agitarse. El temblor, de 6,7 grados en la escala Richter, fue mayor que el de ayer, pero se produjo a mayor profundidad, por lo que su manifestación fue menos dañina. El terremoto que barrió Managua en 1972 fue de 6,2 grados. A esta hora ya se han registrado más de 1.000 temblores.

Los temblores han sido la causa de que se hayan cerrado colegios y universidades. Los cortes de luz han cancelado los trabajos y una cita que tenía esta mañana con el ilustrísimo filósofo Alejandro Serrano Caldera. También han cerrado la cafetería donde tomaba café con sabor a colonia cinco veces más barato que en la cafetería de al lado (comer en esos sitios permite viajar más veces y durante más tiempo). Las camareras sonríen igual, pero te despluman.

“¿Por qué vas tan serio?”, me preguntó una de ellas cuando me levanté de la mesa a empapar el arroz con una salsa. “Es que soy serio”, le dije. 

Y es que el maldito terremoto me ha cancelado una entrevista con uno de los mayores filósofos del continente. 

Entrada escrita originalmente en https://www.dcobo.com

21/3/14

Amistad (a lo largo)

Hay una clase de personas que me pueden comprar y vender por pura afinidad espiritual; por ellos iría a la cárcel si hiciese falta.

Ralph W. Emerson


Hará un par de días que tuve un reencuentro con una amiga después de mucho tiempo. Ella iba a apartarse de la sociedad una semana y acabó por aislarse más de ocho meses en los que su interior hirvió, se enfrió, volvió a eructar y finalizó con un sosiego más tibetano que ibérico. El caso es que llegué a casa con el alma pellizcada por conversaciones donde los códigos se acercan más al terreno espiritual que al terrenal (“pero es que lo espiritual es terrenal”, creo que me corrigió) rumiando esas sensaciones.

Al día siguiente puse sobre mi mesa algún libro donde creía recordar hallaría explicaciones de la amistad, el primero los dos manojos de epístolas morales de Séneca a nuestro ya cercano Lucilio; también acomodé unos cuantos ensayos de Ralph Waldo Eemerson, por aquello del alma; quise transcribir cualquiera de las muestras de amor de Sancho hacia don Quijote y hasta apoyé mi codo izquierdo, que a su vez soportaba mi mano izquierda sobre esa misma sien, casi 400 páginas de poemas de amor de Gloria Fuertes.  Al mismo tiempo recordé algo que escribió Lord Byron;  y el poema amistoso de Gil de Biedma y el compañerismo que se traen por Cuba, por lo que puse delante de mí las obras completas del Che Guevara, encuadernadas en piel de aroma nostálgico. Por si fuera poco, también desempolvé un libro titulado Gandhi. Reflexiones sobre la Verdad.

Inscripción en San Franciso. Agosto del 2010.
Así me sentía ya con fuerzas para comenzar a explicarle a mi amiga lo que yo pensaba sobre la amistad, basado en gentes con más autoridad que lo que pudiera decir yo. Pero no abrí el primero de los libros para entresacar reflexiones cuando caí en la cuenta de que no me gustaba lo que estaba haciendo: demasiado formal para dos personas informales, demasiado rebuscados para dos personas sencillas –ella como el agua cristalina, yo aprendiz de esa simpleza-.

Por eso devolví cada libro a su lugar, a excepción del de Cervantes y la epístola tercera de Séneca, puesto que en la conversación salió justamente la alusión a este fragmento: “Pero si consideras amigo a alguien y no te fías de él como de ti mismo, cometes un grave error y no conoces suficientemente el valor de la amistad. Con un amigo tienes que deliberar de todo, pero delibera primero si es un amigo. Una vez que has establecido una amistad, hay que tener confianza, pero antes hay que juzgar si es verdadera amistad (…) Reflexiona largamente si es conveniente acoger a alguien como amigo, pero, una vez lo hayas decidido, acógelo con todo el corazón y habla con él abiertamente como contigo mismo”.

Eso es precisamente de lo que hablamos. Las horas transcurrieron tranquilas. Sin vanidad, sin cumplidos (yo le dije que el pelo corto le quedaba bien, hasta el punto de no recordar cómo lo tenía anteriormente), alimentando la verdad (nos conocimos hace años, al tiempo que yo descubría a Thoreau), hablando de su hibernación y de las veces que yo me exilio de mí mismo, los nubarrones que pasan y conviene observarlos desde la esencia misma, cómo no caer en las trampas de la mente, las cosas que nos preocupaban y las que no (“yo me veo en un trabajo sencillo, de dependienta en una ropa de tienda”, me dijo ella, licenciada, masterizada y dueña de su destino); le conté mis proyectos periodísticos que, si bien no llenan los bolsillos, sí la mochila y el espíritu.

Lo bueno de los amigos es que no existe más que la desnudez más absoluta: si es invierno se pasará frío sin necesidad de adulterar la soledad. No hay vanidad, el ego se mantiene alineado con la más pura esencia. Apenas existen los consejos porque en la lengua del espíritu pedir respuestas fuera de ti es vulnerar su primer mandamiento. De todo eso hablamos.

La amistad, me huelo, tiene que ver con eso: cierta incondicionalidad a pesar de los traspiés. Porque no existen obligaciones, ni necesidad de hacer cosas que no apetecen, por lo que nunca se podrá defraudar. Comprensión. Una vez le pedí a un compañero muy espiritual un número de teléfono y me respondió pasado mes y medio, cuando ya no me hacía falta. Se excusó diciendo que no sentía pasarme el teléfono. Y yo le comprendí.

Entre todos los aprendizajes que he recibido sobre este arte, desgraciadamente sujeto muchas veces a intereses y a corrompidos lazos de reciprocidad obligada, quizá el más dulce es aquel que enseña Sancho al hablar de su amo: sencillez, la sabiduría, la comprensión, la lealtad, la complicidad y la incondicionalidad. Así se lo explica al escudero del Caballero del Bosque: “… que no tiene nada de bellaco, antes tiene una alma de cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, no tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga”. Don Quijote, más adelante dice de Sancho: “…duda de todo y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale con unas discreciones que le levantan al cielo. Finalmente, yo no le trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad...”. Esto es amistad.

Quien lo probó, lo sabe.