21/7/16

Bardo asomado por la gris mirilla

Yo te libé la flor de la mejilla.

– Miguel Hernández

Bardo asomado por la gris mirilla
que vigila mis días desabridos
de héroes mancos y demás forajidos
en mi próxima vida. ¡Oh maravilla!

si moldeas la existencia: soy arcilla
y en tus manos no hay héroes ni vencidos.
En campo de batalla, solo heridos
con el alma sabia y vieja, o sencilla.

¿No es lo mismo este amor que se derrama
al romper los deseos en mi orilla?
¿Está en ti o en tu cuerpo el precipicio?

Por mis venas te digo que no hay drama
pero te amo del alma a la mejilla:
en este mundo ese es mi único vicio.

3/7/16

Vivir del aire

Aquellos viajes en carretera tenían ese poso donde germinan los años y la furia, casi existencialistas. Eran un refugio, una huida, un temblor. Aquellos viajes en carretera sacaban la lengua y duraban meses, incluso años. Nos bastaba una biblia beat y los tragos amargos de la adolescencia. Nos servía, quiero decir, Jack Kerouac en la imaginación: “Un coche rápido, una costa a la que llegar y una mujer al final de la carretera”. Pero no habíamos nacido para vivir de memoria, la vida de otros. Queríamos protagonizarlo. Y atravesamos Estados Unidos.

Cambian los motivos y las circunstancias, aquellas pompas de jabón que traía una rebeldía mal entendida comenzó a humear poco después: ese humo blanco y espeso que desprende una fogata cuando cae la lluvia. Todo eran confabulaciones contra una realidad ahogada en el pasado. En aquella época lo describí así:

“(…) entre ausente y exiliado/ con algo entre las manos que se desborda/ (…) sin saber por qué./Pero con algo entre las manos”.

Para saber qué tenía entre las manos tuvo que colapsar todo. Por amarla en la cabeza se perdió entre las nubes. Y yo me volví a las montañas: ya nada me servía. 

 * 

Cruzar América fue el principio: mis estanterías están llenas del principio. De aquella época salieron mis lecturas de todo Steinbeck, de Kerouac; en aquel tiempo vino ella, los sonetos (“Cuando enciendo la luz intermitente/ apedrea a la noche, con premura,/ y empotrado en la luz de cualquier duda/ me cura con su alquimia irreverente"), el periodismo. Todo lo que hoy sigue en mis estanterías, todo lo que talló lo que creía ser para después comenzar a vomitarlo. Todo aquello tenía que suceder. Estoy con Thoreau, que escribió que “el poderío del halcón, que surca altivamente los cielos y traza círculos firmes sin apenas esfuerzo, le viene de haber reptado fielmente sobre la tierra, como un reptil, en un estado previo de existencia. Hay que arrastrarse antes de poder correr; y hay que correr antes de poder volar”.

De aquella época salió también el viaje que, en breves, emprendemos. Pero, ay, es todo tan distinto. En aquella época “ya todo iba siendo apenas”, se amaba en el cielo. Ahora se ama en la tierra y se sueña en el cielo. Antes, quiero decir, vivía del cuento; ahora, quiero decir, me alimento del aire.


1/7/16

Se ama en la tierra

Te amo tanto que me olvido del mar.

– Carlos Edmundo de Ory



Se ama
en la tierra.

En el cielo
se sueña.

27/6/16

Enseñanza

Busco pruebas
de que algo es posible.

– Ryszard Kapuscinski


Una caricia, como el vaho de las olas en la playa de Sanyang, llegó a mi mano derecha. El reverso de sus manos era parecido a la superficie de las mías –ahora las observo desde la altura de mis ojos– donde laten venas, a veces nudos, como el tronco de los manzanos. Sus manos estaban mordidas por la pobreza, templadas por el viento tórrido que sopla en la estación seca. Eran negras, entre la pizarra y la tierra. A mí me gustaban, porque eran suaves y, además, era un niño.

Pero él prefería las mías.

Las tocaba una y otra vez, y entonces le pregunté por qué: porque son más bonitas, respondió. Le dije que a mí me gustaban las suyas, finas, apuntando al cielo, al sol. Pero me dio la mano, luego el brazo. Vino otro niño y un chico, que me dijeron que me enseñarían la minúscula población de Tendaba, al filo del Río Gambia. Fuimos los tres, primeros sorteando otros niños que les gustaba mi pelo más que el suyo, áspero, después unos charcos del camino. Fuimos al molino, que chirriaba y que sacaba un continuo cordón de agua del suelo, humilde pero constante: la única provisión de agua para una comunidad de 300 personas.

Después seguimos camino, hasta un campo donde las matas de mango se apiñaban frondosas, juntas, pero las frutas maduras estaban a las alturas, así que los niños dijeron que me sentara. Les hice caso y, minutos después, trajeron un cargamento de ellos que mi voracidad apenas abarcó: comí uno y medio, lamí la otra mitad del segundo.

De regreso –lo estoy viendo– él me abrazaba, atribuyéndome inocentemente algo por tener la piel pálida, venir de Europa, tener el pelo lacio. Hasta en el color de las uñas los niños de Gambia te ven superior, te admiran. Cuando les chocas las cinco se van corriendo a celebrarlo con sus amigos, y te vienen todos, y todos te chocan las cinco.

Cuando mi rumbo –y tiempo– tomó otros derroteros, me pidió 'dulces'. “¿Es que todo este paseo lo has hecho para que te compre un dulce?”, le dije. Él me dijo que sí, pero con una picardía ingenua, así que me llevó a la tienda. El tipo de la tienda, sabiendo que los niños siempre piden dulces a los ocasionales blancos que se dejan ver por allí, sacó tres bolsas grandes de caramelos.

Compré una de ellas y se la di, cumpliendo el que creía era su propósito: una inmensa bolsa de caramelos. Sus manos color café la abrieron, sacaron uno de ellos y me devolvieron la bolsa grande. Me habían abrazado, mis gestos les habían encendido el día, quizá el mes. Al niño que en otro poblado le compré un balón –había que verle como una peonza dando vueltas, votando el balón, compartiendo la alegría con los amigos– quizá le había encendido algún sueño. 

Y el niño que me había regalado mangos y me había paseado entre los arrozales y la hierba quemada, que me habían hecho creer que lo hacía con un interés descarado, desmentido por una sonrisa, me enseñó que la codicia no existía en los mimbres de su existencia. Eso es cosa de nosotros, de quienes ellos envidian sus manos blancas y ambiciosas.



22/6/16

El Ramadán y los esclavos

Antes de hundirse en el inmenso río Gambia, el sol tenía un color exageradamente anaranjado. Eran las siete de la tarde y quedaba media hora para que se abriese la compuerta a lo que llaman “desayuno”: son días de Ramadán. Esperé un poco y, sentado en un rincón donde apenas me amparaba un chorrito de luz eléctrica, comí un pescado. Me lo sirvieron entero y, cuando noté algo extraño, caí en la cuenta de que la oscuridad me había hecho empezar por la cabeza. Di le vuelta al plato, me aclaré la boca y volví a comenzar.

Era mi tercera comida del día, porque el desayuno lo había hecho doce horas antes. En este mes santo, la barrera de la noche marca la felicidad (y la actividad, adormecida a medida que pasan las horas del día). Media hora antes de las siete y media, la hora en que la fe les permite meterse al cuerpo algo desde que amanece, ya están preparados. Y ansiosos. Y hambrientos y sedientos.

Hoy, esa hora me pilló en el patio polvoriento de un pequeño hotel en el pueblo de Georgetown, en las entrañas del río Gambia. Un empleado me ofreció un café, que gustosamente acepté, como pensando que iba a disimular un hambre que, en mi caso, no era tan escandalosa como el suyo. Pero llegaron las siete y media -en punto- y asumieron que desayunaría con ellos. O sea, que cenaría.

Y yo no sé decir que no.

Sacaron una bandeja con un contenido color mostaza en el centro de una mesa donde los cinco empleados iban a comer. Pero arrancaron otra media barra de un pan como melancólico pero que aquí es el que existe, y lo pusieron a la orilla de la bandeja: era mi bienvenida.

Esperé a que comenzaran porque no sabía qué hacer (¿meter la palma de la mano? ¿hacer pinza con los dedos? ¿mojar con la barra de pan?), hasta que, imitándoles, utilicé el pan como excusa para agarrar unos huesos que parecían de pollo pero que finalmente eran de una cabra que había degollado uno de los chicos y había cocinado otra de las chicas.

*

Esta ciudad se me antoja triste, como el pan de Gambia. Quizá porque estamos en pleno ayuno, quizá porque fue un puerto de esclavos y aquí murieron por cientos, quizá porque hace calor, el sol achicharra el suelo y se respira más polvo que oxígeno.

Georgetown, o Jangjang-bureh, o isla de MacCarhy -porque tiene esos tres nombres- fue un mercado de esclavos hasta 1807, fecha del fin del comercio de esclavos. Para hinchar las venas de las colonias de ultramar o del incipiente imperio estadounidense, miles de personas fueron secuestradas, encadenadas, vendidas y embarcadas rumbo al otro lado del mar. Muchas, muchísimas, murieron en trayectos de 100 días donde el hambre, la enfermedad y los motines resultaban mortales.

Aquí se conserva la llamada Casa del Esclavo, en cuyo sótano aún se ven los grilletes. Los gemidos de los esclavos ya no se escuchan: a cambio, sí se oye el aleteo de los murciélagos que viven en los techos roídos.

Georgetown está a 300 kilómetros de la capital, que he serpenteado en interminables viajes de transporte público por una carretera que no siempre existió: si este lugar fue un magnífico enclave en el ombligo de este lugar del África tropical es porque se encentraba en un río caudaloso y navegable, a pocos días de la desembocadura.

En Gambia repiten No pasa nada, pero no me resulta un eslogan auténtico. Lo dicen en español, más como un señuelo para otras cosas que como un modo de sincerarse. Porque si hay un lugar donde sí pasan cosas, es aquí. Otra cosa es que no lo sepamos o no queramos enterarnos, aunque a veces sea lo mismo.


Casa del Esclavo (Georgetown)

16/6/16

Quema

Dicen aquí que este año trae pocos mangos, pero los árboles están preñadísimos. Dicen también, que hace mucho calor, pero cae la tarde, los cangrejos salen de los escondrijos que escarban en la arena, el viento comienza a azuzar y me cubro con manga larga: tengo frío.

No es Gambia un país para gente con prisa, aunque si un chófer puede esperar una hora a que se llene el automóvil con el único hueco que queda, no sé por qué tienen tanta prisa en el camino y apenas dejan tiempo para subirse, acomodarse, salir con parsimonia de las estaciones de vehículos que aquí llaman garages.

Ayer, que me pasé más tiempo dentro de vehículos que afuera, viajé junto gente variopinta, aunque quien más me sorprendió fue un enfermo inconsciente que, al darme cuenta, ya iba rumbo al hospital. Esto lo supe cuando el camión destartalado atravesó la portilla abierta de un recinto, saltó sobre una fosa y descargó al enfermo en la puerta del hospital. Sacaron al muchacho en volandas y el vehículo, con igual ritmo frenético, salió por la puerta de atrás.

Ahora, a las espaldas de esta playa ya envuelta en la noche, solo se escuchan las espuelas de las olas. Se oyen y se intuyen, porque la noche es negra sin matices y la cadencia del roncar del mar parecen los disparos de una metralleta.

No es África un continente para gente con prisa aunque en los transportes públicos se encaramen muchachos en pleno movimiento, cuando la carretera quema. Es verdad: aquí todo quema. El futuro, el pasado, el presente. Las calles queman, y nuestra historia quema, y el camino para llegar aquí -titubeando- por los vericuetos en la promesa de llegar a algún lugar. Ese, como tú, también quema.

11/6/16

Rumbo a Gambia

El tajo de mar que separa ambos lugares también es asesino. De un lado salen ávidos de paz, y se hunden en unas tumbas celestes: las costas de África. Del otro, en un salto que no haré, la promesa de una vida próspera: las Islas Canarias.

Gambia es uno de los países de los que más personas salen rumbo a Europa, como si las inundaciones del río que agrieta el país hacia el este no trajera fertilidad a un pueblo que vive del turismo y, en gran medida, del cultivo de cacahuetes.

Cees Nooteboom nunca pensó que visitaría este país, pero no le llegó el salvocunducto que le iba a permitir adentrarse en el Sáhara y acabó colándose en Gambia de manera improvista en un vuelo desde las Canarias. Del ligero retrato que hace en una crónica en su Hotel Nómada, queda ese aliento ese sofocante y amable de un pueblo aterido por la colonización y una extraña dictadura. Ahora, con unos que siempre se pierden en razones, me lanzo al país en busca de unas historias. No será mucho tiempo, porque el balanceo de fechas tiene los mismos límites que este pequeño país: apenas 350 kilómetros de largo.

Por aquello de ir soplando el mismo diente de león he decidido surcar el océano en un mismo rumbo: la esclavitud. He llamado al proyecto Huellas Negras. Tras el rastro de la esclavitud, (www.huellasnegras.com), un viaje físico e histórico siguiendo el surco del comercio de esclavos. Gambia es uno de los puntos de partida, de donde salieron tres millones de personas vendidos como esclavos.

Este proyecto comenzó en el vientre de la selva de Jamaica, exactamente en la última comunidad libre formada por esclavos huidos del poder colonial. Y seguirá en las plantaciones de algodón del sur de Estados Unidos, a donde viajaré en unas semanas.

1/6/16

El profundo anhelo

En el profundo anhelo apareciste
de buscarme adentro, será el destino:
son de hielo las piedras del camino
y ajena la última vez que me viste.

A los viernes una sombra pusiste
y a mi surco, un paseo cervantino.
Persiguiendo a mi lunes con un trino
recostado en ti esperé, y no viniste.

En la vida, teatro de un solo acto,
seguí los caminos en que te adentras
con fracasos e historias que embarullas.

Otra vida nos colmó con un pacto:
a cambio de mis tres últimas letras
me quedé con las cuatro últimas tuyas.

27/5/16

Noches llenas

Estaba incluso bien educado como para poder estar completamente educado. 

 – Henry D. Thoreau, en Una semana en los ríos Concord y Merrimack


Estaban las noches borgianas llenas de Virgilio y quizá, por esa épica nocturna que envuelve el pensamiento, caigo en esta noche como una gota de agua para confundirme con la lluvia. Se acerca el próximo solsticio de verano y en mi vida, que sigue afilando sus fibras, aunque en esta noche lo único que brilla es la existencia. 

Mis noches no están llenas de Virgilio, ni siquiera de las cosas que he leído –enorgullecer, ¿de qué?–, aunque se encadenan las ideas que van cediendo a lo que algún día intuí y más tarde supe: para lo que la inmensa mayoría son conceptos, para la inmensa minoría es real. Pero es imposible explicar lo mismo que pedía Thoreau: “Una frase que ningún intelecto pueda comprender”.

El latido de la sangre es inexplicable, como las ráfagas de amor que salen del alma tallada. Está todo tan dicho, tan sentido, tan pulido, que resulta obsceno explicarlo a pesar de que alguna vez, no tan lejana en el tiempo, las palabras quisieran demostrar lo que el intelecto no tiene a su alcance. Y, sin embargo, este mundo –con sus extensiones: los periódicos, los libros, las televisiones– está gobernado, en el mejor de los casos, por los llamados intelectuales. 

Ruido, tratados, palabras, humo. No buscar consuelo, razones para ser. No llenar la cabeza de palabras y teorías que no, que no sirven para pisar sin dar bandazos, si no para hablar en boca de otros, rumores que sospechamos, cuando en realidad es un mayor silencio lo que debería de imperar cuando se descubre que todo va siendo mentira hasta que se va paladeando la verdad. 


Buscando tu sombra
en la orilla de ti mismo 
me dijiste, y en tu contra: 
“Entiérrame en mi abismo”. 

Será la luna llena,
que te eclipsa.

Será la luz del día, 
que te asusta.

23/5/16

Por qué en esta noche

Canta, me dices. Y yo canto.

– José Hierro, en Así era.



Por qué en esta noche, luna empachada,
te desangras así, con tanta furia.
Por qué al tocar tierra tu amor se enturbia
y el suave anhelo de tu voz dorada

cambia de bando el filo de la espada.
Por qué me envías, sin perder la euforia,
extraños cabellos de luz diaria
por venas de una sangre disecada.

En tu jardín, el viento se vuelve agua
que a pequeños sorbos, sin que me veas,
bebo por ti, y doy la vida, qué cosa.

Aunque lo que sueño no te lo creas
en una vida este amor no se fragua:
antes que oruga, tú eras mariposa.