6/4/15

El progreso

Yo no me opongo a que la gente progrese. ¡Peor para ella!

- Josep Pla, en Viaje en autobús


En nombre del progreso se hacen carreteras, canales, puentes; se ponen antenas, se asfaltan marismas y se acaba con el pasado. También, en nombre del progreso, se hacen aeropuertos, como en Chinchero: si meten 600 millones de dólares, dicen, será para el progreso.

- En la pampa lo teníamos todo- dice Cirilo Quillahuamán-. Ahora no tenemos nada.

A Cirilo le obligaron a firmar un papel: 24 horas para irse de su casa si quería recibir la indemnización. Al final completó la mudanza en una semana y le indemnizaron en tres meses.

- Pero todo se fue en levantar esta casa-, se lamenta.

Una casa clavada en una loma de la comunidad. Ahora es una explanada empedrada repleta de casas que parecen esqueletos.

- ¿Y los animales? 

- Los vendimos- responde-.Tenía 50 gallinas, seis toros, dos vaquitas. Mis hijos tomaban leche y queso.

- ¿Y ahora?

- Ahora no puedes salir ni al solecito por la tarde.


Cirilo, su hijo y su casa.

31/3/15

Las heridas abiertas de Perú

El primer día de julio de 1983, a las tres de la mañana, siete personas irrumpieron en la casa de Sergia Flores. Se llevaron a su marido.

Eran militares.

“Yo estaba detrás de mi esposo. No había luz, y mi marido me dijo que encendiera velas para poder ver. Se echó las manos a la nuca y lo sacaron al patio. A las siete de la mañana,le llevó el desayuno -fritura con arroz y huevos- al puesto policial. Pero le dijeron que allí no estaba. No volvió a saber nada más.

Al hermano de Juana Carrión también se lo llevaron una noche de verano de 1984: salió a sacar dinero del banco porque al día siguiente Sendero Luminoso había decretado un paro armado en Ayacucho. Ricardo no regresó a casa. Era artesano, tenía dos hijos y 28 años.

“Pusimos la denuncia en la fiscalía, pero no os daban información. Hasta ahora. En 1989, a mi otro hermano le sacaron de casa a las seis y media de la mañana, militares cubiertos con pasamontañas. Entraron a la casa por dos entradas hablando groserías: '¡abre carajo!'. Mi hermano no dijo nada, les acompaño. Le seguimos, pero no nos dejaron ir detrás.

La violencia dejó en Perú 70.000 víctimas entre 1980 y el año 2000. La Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) atribuyó a las diferentes instituciones del Estado el 37% de las víctimas. Muchas se quejan: creen que el Estado mató a más gente. Casi la mitad de las víctimas eran de Ayacucho, el departamento andino donde Sergia, Juana y miles de personas siguen viviendo, recordando los horrores.

Ingenuamente les pregunto a ellas, y a otras, si algo así, pasados tantos años, no se hace llevadero. Claro que no, responden entre lágrimas. Son víctimas del terror propiciado por dos bandos, en el medio del cual se encontraban: en la lucha entre subversivos y el Estado, unos les mataban por no adherirse a su sueño revolucionario y otros porque los acusaban de soñar con lo que realmente detestaban.

Al Estado le sigue reclamando una atención que, dicen, les niega. Mientras los terroristas purgan condena, los responsables que dieron orden de secuestrar, torturar y matar a miles de personas, siguen impunes o en paradero desconocido.

Sergia Flores

25/3/15

La soledad de la selva

La selva: oscuridad y silencio.
Hubo un momento en el que miré al cielo y pensé demasiadas cosas. Pensé en versos cursis, en la novela de Llamazares, en una canción de Aute, en Antonio Vega, en mi propia vida, en los satélites. Lejos de la civilización, con la única conexión que la naturaleza provee, allí estaba yo tumbado en unos maderos en mitad de la selva mientras daba manotazos, aquí y allá, contra los mosquitos que venían a incordiar. El cielo estaba precioso, como esas noches castellanas donde nada se interpone entre los ojos y las estrellas: el cielo estaba demasiado agujereado, colapsado por estrellas y el polvo que las envuelve.

Hay una novela, llamada El enamorado de la Osa Mayor, donde esta constelación le sirve a Vladek, su protagonista, como guía definitiva durante todos sus escarceos por las fronteras de Polonia. No paré de pensar en Vladek, que se mezclaba con lo que yo andaba viviendo en ese momento. Había tardado un par de días, primero en una lancha motora y luego a remos, en llegar hasta esta ramificación del río Samiria, en la reserva Pacaya Samiria. Cansado y con cierta curiosidad, la vida me había puesto allí, después de comer un par de pescados que habíamos desentrañado de las trampas en los ríos, y tumbado boca arriba, como pasando lección al pasado.

La selva es así y la gente de la selva lo dice: la selva, la gente de la selva, la comida de la
selva, la vida de la selva. Parece una colección de frases turísticas, pero cuando te cuelas en las casas de la gente de la selva, en lugares remotos a los que solo se llega, después de muchas -demasiadas- horas por río -aquí no hay carreteras- y los ves comer, y dormir, y hablar tumbados entre las aguas que en esta época de lluvias ensucia las casas, compruebas que eso que agitan en el concepto “la vida de la selva” es cierto.

Creo que la vida en estas poblaciones es demasiado monótona, insoportablemente cíclica. En nuestro mundo puede que también siga el mismo patrón -y vuelta a empezar- pero aquí, en caminos polvorientos donde las adolescentes con sus hijos miran la vida pasar, es un retrato que tiene poco encanto.

Más adentro, ya lejos de la población, entre aquellos maderos donde el cielo se volcaba en tromba, las cosas eran diferentes. Todo era más idílico. Jeffry, Wellington, Miguel, Lena se desternillaban, y yo les preguntaba qué les aportaba vivir rodeados de agua y del zumbido de las cigarras, y no sé qué respondían porque yo estaba ensimismado buscando la Osa Mayor, persiguiendo a los satélites, quizá buscando mi propia vida allá arriba, porque en el cuerpo que habitaba en esos momentos no la encontraba.

Preparando la cena.

19/3/15

La carretera

La aventura es la flor, el perfume del azar y de la diversidad.

Josep Pla, en Viaje en autobús



El aroma a incienso acompaña a los grillos y las cigarras. Es de noche, pero parece que es más de noche aún. A este rincón de Moyobamba, en las entrañas verdes de Perú, no llega el ronquido de los mototaxis, ni el polvo de los caminos, ni el fango de los acantilados. Solo llegas tú.

*

Allá vamos.
Decir que vas a empezar un viaje al montarte en un autobús en Perú es decir nada. Para llegar a Yurimaguas, donde ahora me vuelve a envolver un silencio interrumpido por el graznido de los bichos, me ha llevado cerca de 50 horas por carretera. En ese tiempo, he pasado sed y hambre en un primer trayecto que debía durar 20 horas y se alargó a 36; seis horas más que más o menos fueron tranquilas; y otras tantas horas en que por momentos daba la sensación de que había dos bandos a cada lado de la carretera cuyo campo de batalla era el centro: aquí no dicen “se desprendieron rocas”. Aquí sentencian: “Se cayó el cerro”.

Cuando dicen eso yo me imagino una montaña desparramada, como removida a base de dinamita. Y no me equivoco cuando, aprisionados en una furgoneta donde los niños vomitan y se escucha una música estridente y mareante, miro a los dos lados, o al frente, o abajo, y la carretera está sepultada por una capa de arcilla enorme, cuando no rocas más grandes que la propia furgoneta o ríos cuyo cauce se ha quedado pequeño y asalta la carretera.

Pero a pesar de los inconvenientes y el agua, de las horas de espera y pitidos, felizmente he llegado a Yurimaguas para embarcarme rumbo al río Amazonas, unos días más allá. El segundo de mis trayectos comenzó con la chica de la compañía de combis leyendo los nombres de los ocupantes. El mío lo leyó después del de Oswaldo y Peregrino, una manera original de viajar. Treces o quince nombres después, comenzaba un trayecto en el que fui incapaz de pegar una cabezada en una carretera ebria de curvas, baches y quejas.

Eso sin contar las veces que peregrino y Oswaldo hablaron por teléfono a grito pelado
(“hijito que Dios te Bendiga”, “Estoy por Pedro”, “Cuando reúna los 1.000 soles”, “Estoy de camino”, “No te escucho bien”, “Cuídate”). Me sorprendió que ambos utilizaran la misma técnica, a parte de gritar: emitían su voz a todo volumen sobre la parte del teléfono por la que se escucha. Apartando el teléfono una vez que ellos hablaban, se lo ponían enfrente de la boca y hablaban por el mismo lugar que segundos antes habían escuchado. Como lo repitieron al menos medio docena de veces cada uno, estuve tentado a decirles que no gritaran tanto o que, al menos, hablaran por el agujerito correspondiente. Al final, me seguí enterando de las cuitas de ambos.

El camino que me trajo hasta aquí fue algo más accidentado. No solo porque el conductor de la combi se bajara y le diera un mamporrazo a una chica que iba en una moto y le había llamado imbécil, que también, sino por lo ajetreado del trayecto. A los arroyos que volvían a hacer de la carretera su curso, las montañas que vomitaban hacia abajo y el aguacero que caía en estas latitudes ya tropicales, se le unieron varias paradas donde los operarios primero te decían que esperaras, después que podías darte la vuelta y después, súbitamente, que adelante. Y así varias veces.

No es extraño que la suma de todas estas cosas le desgaste a uno las ganas de viajar por carretera a pesar de la defensa de uno de moverse por tierra. Pero claro: de tierra firme.

13/3/15

Hay pase en el Amazonas

- ¿Hay pase?
- No hay pase-, responde todo el mundo.
- ¿Ya hay pase?- preguntan los mismos que dijeron primero que no había pase.

Después de 24 horas de viaje, uno ya deja de preguntar si "hay pase" o si los desprendimientos siguen sepultando las carreteras del norte de Perú. Uno se acomoda, pulsa la palanquita para reclinar el asiento, y asiente: ya pueden los acantilados seguir bombardeando la carretera que yo me tumbo, salgo a dar un paseo por la carretera con cinco centímetros de barro, regreso, hablo con un lugareño y le doy un par de sorbos de agua a mi cantimplora.

Pero cuando siguen cayendo, inclementes, las horas; cuando a un rato de espera le sucede otro de más larga espera -30 horas, 31, 32, 33...- y el silencio sigue ahí y la noche empieza a  echar el cerrojo, entonces quemas el resto de paciencia y maldices todo y te maldices a ti. En buena hora me vine por tierra, te susurras.

Pero finalmente, esquivando las piedras y las horas llegué a la pequeña y poco amable población de Pedro Ruiz. Llovía y llevaba un día a base de agua y sueño, así que comí algo de arroz y me metí en una furgoneta que, atravesando una carretera igualmente descuajeringada, me trajo hasta Chapapoyas. Aquí encontré sábanas limpias y un lugar donde encajar la cabeza.

Estoy a las puertas de la selva amazónica de Perú, a los pies de esa cadena orgullosa que se desparrama por toda Sudamérica hasta los confines del sur llamada Andes. Mi plan no es otro que navegar el río Marañón hasta alcanzar la en su día próspera -y hoy decadente- Iquitos, una ciudad que creció gracias el comercio del caucho encajada en el Amazonas.

Cuando en Lima me decían que por qué no llegaba en avión hasta alguna ciudad cercana para embarcar rumbo a Iquitos y al río Amazonas, el amigo que me acoge, siempre saltaba: "¡él es periodista y quiere llegar por tierra!". Lo de periodista, creo, es circunstancial: no se me va la vida en ello. Únicamente que aprovecho mi ocupación actual para enterarme de alguna que otra cosa. De lo que sí es cierto es que viajar por tierra es lo más parecido a conocer las tripas del mundo, sufriendo los pinchazos del mundo, las malas comidas -o buenas- de ese mundo. Lo contrario sería algo enlatado y falso.

Diluvia en la región del Amazonas.

- No hay pase-, me vuelven a decir en una tienda de comida. Y me lo prometen convencidas las señoras que airean tal seguridad que me hace creerlo. Pero por no querer quedarme varado, pregunto por allá. Claro que hay pase, me dicen. Y lo compruebo metido en una furgoneta con la mochila sobre el pecho y una linterna -por si acaso- amarrada al hombro. La carretera está deshilachada, las paredes escupen feroces piedras y el río baja enfurecido. Pero hay pase.

11/3/15

Respirando Lima

Entre una novela que mastiqué demasiado y nunca comenté (“No puedes luchar en condiciones a menos que tengas los dos pies en la tierra y aquello por lo que luches esté hecho de tierra”) y un feliz encuentro que quise comentar y se me metió el tiempo encima (“sientes la penuria cuando estás deseando otras cosas”) me planté en Lima después de un día volando los cielos de medio mundo.

Invadido de recuerdos y de recibimientos, llegué a mi familia de acogida ya de madrugada en los últimos bocados del verano. Lima, a primera vista, es otra ciudad latinoamericana a camino entre el vértigo del dinero y la pobreza aullando en las calles. Y entre esa esquizofrenia de ricos con todo y pobres con nada, la admiración a Estados Unidos. 

Hay una lógica que suelo cumplir, inconscientemente, en mis tumbos por el mundo: siempre acudo -no necesariamente en este orden- a un campo de golf y a la universidad y siempre salgo a correr. Esta vez lo primero que hice fue correr alrededor de un campo de golf y ayer acabé en la Universidad Católica entrevistando al presidente de la Comisión de la Verdad del ensangrentado conflicto peruano. Lo primero por salud, lo segundo por pasión y lo tercero por obligación.

El bullicio en esta ciudad trepa por los vidrios del desaforado crecimiento de una ciudad nueva. Dicen, y supongo que dicen bien, que esto ha cambiado mucho, que Lima no es lo que era, que la gente sale de la pobreza pero que la economía empieza a aflojarse -¡fuera ya presidente!-, que esto era una fiesta y que a 4.000 dólares el metro cuadrado de apartamento ya no se vende tanto pero que aún así se siguen construyendo edificios de 27 plantas aquí y 27 allá.

A un europeo escéptico todo le suena a cuento chino, como a historia recalentada y familiar. Pero la clase media, me dicen, está contenta porque los carros son nuevos y el estallido de la fiebre gastronómica tiene a Lima en carne viva y a sus gentes todas las noches gastándose los soles en los templos del comer. Y yo en mi rinconcito comiéndome mis sándwiches (aquí se escribe sanguches) y vacunándome contra la fiebre amarilla para seguir por el Amazonas el rastro de las pirañas, que ni matan ni comen, sino que las matan y las comen. Y allí, al final de una ruta que llegaré después de días de navegación incierta -aún estoy en Lima-, iré a correr y al campo de golf en mitad de Amazonas y quizá a alguna universidad cercada por la asfixia amazónica. 

Los últimos soplos de este verano marchito invitan a desoír los augurios de peligrosidad -siempre con la misma cantinela- y pisar los perfiles de una ciudad, que es como se conocen las ciudades, como se conoce el amor. Haber estado solo es necesario: en 400 noches, en 400 cuerpos, o en una sola ciudad.

El cielo de Lima.

17/2/15

Los finales

Estar cansado tiene plumas.
Luis Cernuda


Los finales –todos los finales– acaban con una canción. Vacié la casa y los recuerdos, me eché a la espalda alguna promesa y bajé las escaleras como quien sube al cielo: viejo y cansado. Pero podría decirse que resucité y, después de la primera palada, volví a echar tierra encima del muerto, que aún estaba fresco.

En todos los finales se oye una música que rara vez uno escucha. Rumias las cosas, te rumias a ti, rumias los años que vienen y los que se fueron. También rumias, ya con la mandíbula desgastada, muchas más cosas que ahora, arrugado, tampoco acierto a decir.

Pero recuerdo que súbitamente comencé a escuchar: “Pasan los días,/ pasan las horas,/ pasan los momentos de las auroras,/ pasa el silencio/ de un buen comienzo …”. Me puse en pie. Y entonces quise quedarme así para siempre.


Pasan.

10/2/15

Un retiro

Teníamos que estudiar y de algún modo teníamos que pensar, así que se me ocurrió que podríamos pasar una semana rodeados de pinos y nogales desnudos, aunque al final nos rodeó la nieve y pasamos un frío del carajo. Y en realidad ni estudiamos tanto ni pensamos tanto, aunque bajamos a la ciudad a dar un garbeo cuando la nieve nos dejó salir. Del retiro salieron planes y risas, bromas y algún lamento mientras los troncos se consumían lentamente y nosotros resurgíamos del invierno.

7/2/15

Los faros de 'Moby Dick'

Me hice con un mapa, señalé más de 25 extremos y fui tras ellos. El resultado es una selección de algunos de los mejores faros de la costa de Massachusetts que publico en Ocholeguas, el portal de viajes de El Mundo.

Los faros de Moby Dick es la consecuencia de un viaje con una vista al pasado.


Nobska Lighthouse, Wood Hole.