22/1/15

El último sarruján de Cantabria

Foto: zonacachonera.wordpress.com
El abuelo de Julián Díaz murió a casi 2.000 metros de altura mientras acompañaba al ganado, así que años después, cuando su padre le dijo en la montaña que se estaba muriendo, Julián y su hermano lo bajaron en el carro hasta su casa de Carmona, en Cantabria.

Julián hoy tiene 90 años. “Largos”, dice él, y yo no sé si se refiere a casi 91 o a alguno más, aunque da igual: sube las escaleras de su casa con pasmosa habilidad; tiene una memoria  deslumbrante y, a pesar de que dice, insiste y repite que no ha ido a la escuela, a mí me pareció uno de esos sabios a los que me gustaría parecerme.

Llegué a su casa cuando mi tía me comentó de la existencia del último sarruján (criado del pastor, según la santa Real Academia) en Cantabria. Él tenía 17 años, una fortaleza juvenil y un porvenir algo oscuro. Pero ahora, viéndole sentado en un sofá mientras hila una historia con otra, me tiene con la boca -y sobre todo, con el corazón- abierta.

Murió su padre y acabó en un pueblo donde alguna posibilidad de trabajo en algún lugar cerrado brindaban las circunstancias. Es curioso: los de la ciudad quieren ir al pueblo y los del pueblo ansían ir a la ciudad; los de la ciudad no tienen que enseñar nada y los del pueblo, todo. Y esto es en lo que él me insistía una y otra vez, con esa inteligencia propia de los que han estudiado poco o nada –mi abuela es igual.

Hasta esa edad que uno tiene que tomar decisiones, la de él coincidiendo con la muerte del padre, acompañó al ganado por los puertos de Sejos, en los techos de Cabuérniga, en Cantabria. Cuando no, acompañaba –también al padre- a talar las hayas de donde sacaban las albarcas. Durante un mes, y a mano, serraban 15 ó 20 árboles. De cada uno sacaban 40 pares de albarcas. Dormían en cuevas -una noche tuvieron que sacar de una de esas cuevas a una osa-, se calentaban con fogatas y descendían a Carmona con los troncos, ya algo secos, menos pesados y con parte de ellos tallados, tirados por bestias.

Hace poco, me dijo Julián, se quiso hacer un homenaje al último escultor, por no decir fabricante, de albarcas de Carmona. Y no encontraron a nadie: las tradiciones se esfuman cuando las personas se esfuman.

Al jubilarse, allá por los ochenta, Julián comenzó a tallar madera. Nunca antes, me dijo, había tallado nada. Quizá una vara de avellano, pero ni siquiera el trabajo fino de las albarcas, que era encomendado a los mayores. Pero llegó la jubilación y se puso a tallar y a tallar: su casa es un museo de obras finísimas. Vacas, bueyes, colodras, dalles. Y cadenas de madera de una sola pieza. Una vez le preguntó una de sus nietas: “¿Cómo sabes que dentro  de uno de esos trozos de madera hay una vaca?”

Julián dice que apenas lee, que apenas escribe, que no fue a la escuela. Pero no hace falta esas acreditaciones para intuir que yo estaba ante un hombre de una inteligencia prodigiosa. A pesar de esas deficiencias, ayudaba a sus hijas en la escuela. Y el profesor, sabiendo que aquel hombre de pelambre blanca no había ido al colegio, se asombraba de cómo acertaba los problemas de sus hijas. Así que comenzó a dar deberes a sus hijas…  para que se los diera al padre. Cómo será que, en cierta ocasión, Julián le mandó de vuelta un problema al maestro. Y el maestro dijo, por Dios, hasta aquí.

Después de media mañana entre conversaciones y anécdotas y visita a su estudio -qué paz se respiraba allá arriba- me regaló un llavero de unos pequeños bolos. Me fui de allí jarreando, como había llegado, mientras él miraba sin cerrar la puerta del todo hasta que me perdió de vista, como si yo fuera el último cordero y el fuera el último sarruján.

15/1/15

La revolución perdida de Nicaragua

Días antes de llegar a Nicaragua leí un reportaje de un tipo, esos que el reportero Diego Enrique Osorno calificaría como “uno de esos periodistas fanfarrones de escritorio”, en el que se asombraba de la propaganda personalista por parte del Gobierno, así que me imaginé una Managua sembrada de mensajes, lemas, fotografías y demás armas habituales. Cuando salí del aeropuerto, camino de la capital, me fijé en las orillas de la carretera y en las rotondas, pero apenas vi nada parecido a eso que aquel tipo decía: tan solo unos arbolitos espantosos con lucecitas en la avenida Bolívar y alguna foto del bueno del presidente en alguna pancarta elevada. Y nada más.

Claro que yo venía de Cuba y mi capacidad de asombro estaba a prueba de bombas en ese sentido, pero aquello no era para tanto. Después de escribir varios reportajes de aquel viaje, ayer me puse a teclear uno cuyo sentido desborda nuestra realidad: un país tan irónico, contradictorio y polarizado que ya nadie reconoce a un gobierno -o al menos a un presidente- que en su día fue uno de los liberadores del país.

Transcribo las entrevistas. La de Wilfredo Navarro, ex ministro de Trabajo y actual diputado de una escisión del Partido Liberal, que opina cosas como que “el Frente Sandinista hace fraude porque son cleptómanos”. Recuerdo cómo llegué a casa de Navarro: andaba yo tomando una cerveza en un bar de Managua cuando conocí a un chaval, colega del amigo nicaragüense con el que yo estaba, que me pregunto qué hacía allí. Se lo comenté y me respondió: “Pues quizá te interese conocer a mi padre”. Una hora después y la vista algo nublada de cervezas, estaba yo en una casa de un barrio bien de Managua, entre sirvientas ofreciéndonos café en un jardín que también albergaba un pequeño zoológico.

También me dijo cosas como ésta: “Cuando triunfó la Revolución, los comandantes eran pobres. Ahora son millonarios; empresarios, terratenientes, dueños de empresas. El flujo de dinero que viene de Venezuela vía presupuestos que no se controla -porque supuestamente es un apoyo no al Gobierno sino al partido- permite unos niveles de corrupción inmensos”.


Menos casual fue la entrevista con Enrique Sáenz, sandinista desencantado y diputado por el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS). Él pidió un té helado y yo un café capuccino -lo sé porque lo escucho ahora en la grabación- y criticó con muchísima dureza al Gobierno. “Estamos frente a un régimen dictatorial oligárquico; dictatorial en el nuevo sentido de la palabra y oligárquico en el viejo sentido de la palabra. Ortega y su grupo no pudieron romper las cadenas de la historia y han resumido en el régimen todas las taras históricas del país”.

Para empezar, pienso, no estaba nada mal aquellas declaraciones tan espontáneas que parecían salir de algún lugar profundo. Tal es así que, al preguntarle por el comienzo de las perversiones de un partido, el Frente Sandinista, que algún día ilusionó al país, me dio cuatro momentos concretos y después me dijo: “Esto que te estoy diciendo lo voy a escribir, porque me está saliendo ahora”.

Quería alguien que abundara en esas perversiones, así que, aunque me recomendaron no ir andando, llegué a mi cita con Gonzalo Carrión a pie, el responsable de denuncias del Centro Nicaragüense de los Derechos Humanos (CENIDH). En toda Nicaragua se vivían momentos de máxima alerta por un terremoto que había removido todo el país y, de hecho, en el transcurso de aquella entrevista el suelo -y el techo- tembló levemente bajo nuestros pies; pero Gonzalo me contó entre risotadas las ironías del Gobierno: “El Gobierno nos acusa de que somos fascistas, que somos del imperialismo y de la CIA. Pero en los períodos liberales ellos incendiaban el país y el CENIDH los protegía. Los respaldábamos en su lucha social. Ahora se les ha olvidado y ni siquiera permiten una pancarta que diga No a la dictadura”.

Al salir de allí -un relato con estas acusaciones tiene que continuar así-, la casa privada del presidente, que también es la sede del Gobierno en una manzana inmensa cerrada al público y blindada por policía y muros, fui mascando todas aquellas declaraciones sobre un país que alguna vez llegó a soñar de la mano de las mismas personas que hoy lo devoran.

Unos días antes, cuando el primer latigazo de 6,2 grados a diez kilómetros de profundidad me sacó de la primera planta de una cafetería, hablé con Octavio Enríquez, premiado periodista que trabaja para el diario El Confidencial. Hablamos en un pequeño patio de la redacción del periódico, donde luego me presentó a un compañero reportero que las tropas gubernamentales habían acuchillado; y me dejó helado con unos argumentos que continuamente respaldaba con  telarañas de conexiones e información.

“Cuando son temas que tocan a la familia del presidente, hay muy poca transparencia. Este Estado lo puedes describir como Estado-familia-negocios. Es el mismo esquema de la familia Somoza; la diferencia es que Luis Somoza listaba todos sus bienes”, me decía Enríquez con una firmeza que él luego me volvía a justificar: “Hago esto por compromiso con mi país”.

La lista de realidades absurdas, elevadas a un nivel sin sentido, seguía engordando. En un momento me dijo en qué empleaba el presidente los 500 millones de dólares que anualmente entran a Nicaragua procedente de Venezuela a través del ALBA: hoteles de lujo y gasolineras de su propiedad, entre otras cosas. También me habló de la lista de medios independientes que se extinguen en Nicaragua, absorbidos por un partido político cuyos responsables son millonarios. “En la política nacional, Ortega ya no es solo el líder político, sino que tiene un rol protagonista en lo económico. La empresa privada ya no lo ve como el rebelde de Reagan: lo ven como alguien con quien pueden hablar de negocios. Ya no son aquellos chavales que llegaron al poder con rifles de palo. Ya no son los mismos, ahora son millonarios”.

Salí de allí apesadumbrado pero asombrado del papel que se juega demasiado en cada palabra. Después llegó el terremoto, desalojaron la cafetería a la que había ido al salir de la redacción de El Confidencial y allí esperé a una persona que nunca llegó. Y la luz se cortó. El reportero acuchillado, que estaba allí haciendo una entrevista, esperó conmigo hasta que mi amigo pasara a recogerme tiempo después. 

Entre medias, el periodista me tiró los trastos amparado en la oscuridad y el silencio del desalojo, se le caló el coche y me pidió que empujara el carro cuesta abajo mientras él trataba de arrancarlo. Después, se despidió diciendo que le avisara si cambiaba de acerca. La alerta roja aumentaba y aquellos días dormí con la puerta abierta y una mochila listo para escaparme en el próximo zurriagazo del subsuelo de Nicaragua.

8/1/15

El oficio de soñar

Me hice un hueco entre cajas de 30 kilos de vieiras. Me agaché, se pringó el abrigo con los restos del mar y comencé a disparar fotos a sus arrugas con un cielo azulísimo de fondo. Estaba en Nantucket, una isla a la que llegué a través de la literatura y a la que visité en una continua especie de realidad paralela: allá donde había barcos de marisco yo veía balleneros, allá donde pescadores, yo veía arponeros; donde había una bombilla yo pensaba que era el esperma de ballena lo que ardía; en lugar de respirar la brisa del siglo XXI, yo paladeaba el aroma decadente del siglo XVIII. 

Sankaty Head Light, Nantucket
Hay profesiones que te obligan a soñar: de un oficio uno puede comerse la casquería o devorarlo todo. El de periodista es de los segundos: porque te pinza los nervios y te mantiene vivo y curioso y te permite conocer a gentes y lugares insospechados, cenar con locos y dormir con un cuchillo debajo de la almohada. 

De mi último viaje que tracé en un mapa -el plan era perfecto- cumplí todo. Iba detrás de los cerca de 50 faros en la costa de Massachusetts, de mi héroe de Concord, del rastro atornillado al pasado de Nantucket. Dormí en casas, en suelos, en sofás, en mitos: cómo será, me digo ahora escribiendo una crónica de este viaje para una revista, que hasta me prestaron un coche en el que me asomé al Cape Ann y me tomé un café en Salem. Luego llené el depósito, me atiborré en un restaurante oriental de un pueblo que no sé dónde estaba y volví a casa de una chica que me había acogido -Couchsurfing, nada raro- y que también me dejó una bicicleta. 

En Newport también me acogió un hombre que me abrió la puerta de su casa y se largó. Y nunca más lo volví a ver. Y en New Bedford aparqué un coche alquilado con el que recorrí 1.000 kilómetros y con el que toqué todos los extremos del Cape Cod con algo de miedo cuando aquel tipo me recibió seria pero amablemente y hasta me dijo que me acompañaba a cenar pero yo subí algo de cena del maletero y lo calenté. El miedo, amigo, a acabar sabedioscómo. 

Todo esto sirve: sirve no solo para tu vida y tus fantasías, tus batallitas y las risas. Sirve para rellenar páginas porque los editores te piden anécdotas para las crónicas. “En primera persona y anécdotas del viaje”, me escribe hoy una editora. Me viene a la cabeza un viaje por el oriente de Cuba y yo sacando fotos a una mujer que compraba carne en una carnicería de esas en las que, menos frigoríficos, hay de todo. Y yo diciéndome: “Qué oficio este, qué incierto esto, qué raro un trabajo en el que nadie te pide nada pero peleas y de repente a alguien le interesa y te lo compra y puedes viajar y hacer lo que te de la gana. E interesa a otras personas”. De aquella anécdota salió esta crónica, como de mis sueños salió este viaje por Massachusetts. 

El oficio de soñar es difícil porque uno no sabe si estará a la altura. El pasado mes de diciembre, refugiado en una casa con chimenea a los pies de los Alpes, andaba yo apurando una crónica de mi viaje por Alaska cuando maldije mi inocencia, mi edad, las lecturas de menos, el tiempo perdido de más: si dicen que el problema de los jóvenes era la sobrecualificación, ahí andaba yo peleándome entre crujidos de troncos de pino con mi crónica, puliendo por aquí, puliendo por allá, queriendo escribir en un tono que no alcanzaba y al que aspiro: el oficio de soñar es exigente. 

Cuando a veces me canso de soñar, me despierta la realidad: la fabrico a mi antojo. Que quiero montar a lomos de una leyenda, cabalgo; que quiero ser realista: me voy a ese lugar a vivirlo. Al fin y al cabo creo que lo que hay que cumplir es aquello que describía Coetzee en su novela Juventud: “Está listo para el romance, listo incluso para la tragedia, de hecho, está listo para lo que sea siempre y cuando le consuma y remueve”. No creo que tenga más misterio este oficio periodístico.

Brant Point Lighthouse, Nantucket


Vídeo: Con buscadores de oro en Alaska.


19/12/14

Charla sobre Alaska

En la librería Desnivel, en Madrid, alguien me preguntó por los lugares en los que dormía en Alaska: entonces le le enseñé una foto de mi tienda de campaña cubierta por un toldo y amarrada a tierra con un par de troncos. Este es el espíritu de Alaska, me dije.

Ayer hablamos de eso y de la tundra de la última frontera; de la fiebre del oro y de los esquimales; de los misioneros y exploradores; de aviones y glaciares.

Un viaje por la última frontera tiene estas cosas.

También de periodismo:

De momento he publicado varias cosas y en las próximas semanas se publicarán otros dos reportajes. 

Pasemos, pues, a trabajar mi último viaje por Nueva Inglaterra.


12/12/14

La hora de la siembra

A veces es mejor hablar por boca de otro:

“Mi diario debiera ser el archivo de mi amor. En él, solo debiera escribir sobre las cosas que amo, sobre el afecto que siento hacia algún aspecto del mundo, o sobre aquello sobre lo que me encanta pensar. En mis anhelos, no hay más intención discernible que la que posee un brote en gestación, que apunta, claro está, hacia la flor y la fruta, hacia el verano y el otoño, pero percibe solo la influencia de la primavera y el sol cálido. Me siento maduro para algo, pero no hago nada, y no soy capaz de descubrir qué es ese algo. Me siento fértil, eso es todo. Es la hora de la siembra para mí. He estado ya suficientemente en barbecho”.


HD Thoreau, 16 de noviembre de 1850.



Walden Pond. Noviembre 2014.

2/12/14

Concord

Me puedo acostumbrar a los atardeceres, a Nueva York, a El Quijote, a la playa del Inglés y al Vodka barato que comprábamos en las noches -gélidas- universitarias. Me puedo acostumbrar a muchas cosas: a lo bueno, a lo feo, a lo malo, a lo excepcional. Pero nunca me acabé de acostumbrar, cada vez que entraba en Concord y miraba a mano izquierda, a la erguida y orgullosa casa de Emerson.

Sé que en Madrid camino a la sombra de la casa de Lope de Vega y de las palabras de Larra por la calle Segovia. También recuerdo bien la casa de Cervantes en Valladolid, la de Mandela en Soweto, la de Borges en Buenos aires o, qué se yo, la casa natal de Fidel Castro en Birán. Y aun así, cada vez que pasaba en coche, en bici, a pie, por la carretera que entraba a Concord me sorprendía pasar por al lado de la casa de Ralph Waldo Emerson, conocido simplemente como Waldo.

Pero Concord -17.500 almas, primera batalla de la revolución, cuna del trascendentalismo, una estética asombrosa, una lluvia de hojas del color del fuego- tiene algo que embriaga, emborracha, imanta, atrapa.

Nunca he caminado tanto, de un extremo a otro, como en Concord. De la laguna de Walden
The Old Manse
a la de Batemans hay siete kilómetros, que caminé feliz. De Walden a Lexington otros tantos, que pedaleé como buscando algo que al final resulto ser nada. Y otra vez a Walden, y otra vez al cementerio Sleepy Hollow con una bicicleta prestada apoyada en alguna tumba mientras caminaba entre el silencio de una lápida llamada “Henry”.

De Concord me gustan sus arces rojos, sus robles y sus pinos. Sus casas: las anónimas, la de Hawthorne, la de Old Manse; la cena en un colegio internado en el que me colé, las hamburguesas del bar de Helen. Y sobre todo los recuerdos asociados -esos que no se guardan en la cabeza, sino en algún otro lugar- a la casa de Emerson cada vez que entraba por Lexington Road.


30/11/14

Esperando nada

Y creció, a mi lado como un árbol, toda una ilusión.

Antonio Vega

Porque siempre esperando algo
como quien sale de casa
esperando a la lluvia
o al hijo
caído del cielo.

Siempre contando algo:
las manos que me faltan
para llegar a ti
o quizás a mí.

Porque siempre buscando algo
(que al final es nada)
y hacerlo poema,
o quizá zancada
para llegar a ti, o quizá a mí.

O quién sabe
-yo lo sé-
quizá a los dos.


23/11/14

Ganar tiempo

Nos pasamos la mitad de la vida perdiendo el tiempo y la otra mitad queriendo recuperarlo.

Julio Llamazares, en Las Lágrimas de San Lorenzo



De viajar por Massachusetts me gusta perderme: primero en el mapa y luego en la tierra. Lo primero quizá porque lo emborrono; lo segundo, seguramente, para perder el tiempo, que al viajar es ganar vida.



22/11/14

Mi anfitrión en Nantucket

Erick.
Amanecía en Nantucket. Creo que en todos los lugares, pero especialmente en sitios como éste, el mayor encanto se extrae de esos momentos. Erick me había tratado muy bien: algo que no sospeché cuando me recogió en su camioneta y eché mi mochila a la caja trasera de madera.

Pero quienes hacen las cosas siempre así, al no dar importancia a sus actos, tampoco los rodean de liturgia. Te dicen: ahí tienes tu cama, ahí el salón, aquí la casa. No se preocupan de que todo esté en su sitio ni de que las sábanas estén limpias ni de que todo cuadre perfecto. Incluso, al despedirnos apenas me dio un apretón de manos, o chocamos los puños, y le dije que ojalá nos volviéramos a ver (porque él me dijo que a Nantucket mejor llegar en verano y yo le dije que a mí me gustaba noviembre). Eran casi las seis y media de la mañana, hacía un frío de narices y él esperó a que yo trepara por la rampa del barco mientras, con el coche en marcha y a poquísima velocidad, agitaba la mano. Algo que resumía todo. De pocos lugares me he ido con tanta nostalgia.

- ¿Por qué acoges a gente en tu casa?-, le pregunté un día.

No sé que me respondió. No le dio importancia y me debió de decir que por qué no. Insistí un poco y me dijo que le gustaba conocer gente, ayudar a los demás. Sin importancia se ofreció a meterme cinco millás arena arriba hasta Brant Point, un faro alejado, aunque finalmente los deberes de su hija, que llegó a media tarde, nos fastidiaron el plan. Además, por la noche había invitado a cenar a unos amigos, así que no había tiempo para todo.

Él hizo una sopa, yo compré vino, la pareja hizo una especie de empanada y David, que llegó
David.
algo tarde, trajo otra botella de vino -argentina, que bebía a sonoros sorbitos-, algo de café molido y dos rollos de papel de cocina. Cuando sacó estas cosas nos moríamos de la risa. Estábamos en Nantucket y David llegaba de invitado y traía dos rollos de papel de cocina.

Hablamos de todo, de lo divino y humano, de unas experiencias en este genial sistema llamado couchsurfing que me han puesto en más de un apuro en la multitud de casas donde me he alojado, con gente rarísima, gente que trató de propasarse y gente que me abrió su puerta y no la volví a ver nunca más.

Erick se moría de la risa cuando conté mi aventura neoyorquina y un tipo, amable, discreto y yo diría que hasta en paz consigo mismo, me dijo que durmiera con él porque en el sofá hacía frío. Claro que no me hubiera importado dormir con él si minutos antes no le hubiera frenado con un huracán de intenciones -las mías- que eran contrarias -e incompatibles- con las suyas. Por ejemplo.

La cena transcurría hasta que se apagó el vino y la luz y el café que trajo David, un tipo que parecía duro y tosco, pero que resultó ser amabilísimo y tener interés por la vida de los demás. Eso lo decía todo. Luego saqué la cámara, nos hicimos una fotografía de grupo y luego le saqué a él una. A Erick, el anfitrión despreocupado, el que choca el puño y sin decirlo te ofrece todo, con cuya bici recorrí la isla haciendo un apaño -casi pedaleando con el cable del cambio agarrado entre los dientes para que tensara- y el que me esperó que subiera al barco, agachando la cabeza tras el cristal, y removiendo la mano en el aire. El que me dijo, ahora lo recuerdo, que él creía en los cambios individuales, no en los culturales.


19/11/14

Nantucket: Sacad el mapa y miradla

Cuando yo leí Moby Dick, hará ahora un año, me dije: “Yo quiero vivir en Nantucket”. Es de ese puerto de donde zarpó el Pequod, aquel barco bajo el rudo mando del capitán Ahab. Cómo será que incluso, después de aquello, hice mío el término “hijo de la oscuridad”, como lo hizo Ahab  para maldecir  a los marineros cuando avistaba una ballena en aquella histórica y monumental novela que tanto le debe a Nantucket.

Herman Melville no conocía Nantucket cuando escribió Moby Dick. Él estaba en New Bedford, la capital ballenera de mediados del siglo XIX, pero todos los relatos, el pasado glorioso y, de algún modo, las leyendas, provenían de Nantucket, el lugar que en otro tiempo fue la capital mundial de la caza de la ballena. Lo que leyó, escuchó y soñó venía del pasado.

Ya estaba resuelto a no darme al mar si no era en un barco de Nantucket, porque había algo hermoso y turbulento en todo lo relacionado con esa isla antigua y hermosa, algo que me atraía de manera extraordinaria”, escribió Melville en la novela. También dijo de la isla: Sacad el mapa y miradla. Ved el punto exacto que ocupa en el mundo, cómo se halla lejos del litoral, más solitaria que Eddystone. Miradla: un simple collado y un brazo de arena; todo playa, sin fondo alguno”.

Con esa presentación llegué a bordo de un barco que me acercó desde Cape Cod, 50 kilómetros al norte. Era ya de noche, de lejos se veía una isla sin apenas luz y los disparos de algún faro comenzaban a darle un aspecto como el que armé en mi imaginación. Una vez en tierra, las sospechas se confirmaron: Nantucket no defrauda.

New Bedford es un insulto a la memoria; pero Nantucket es una especie de homenaje. Las fotografías del siglo pasado podrían pasar por el presente, la legisación es estricta en cuestiones estéticas y las casas son de madera de pino. Con el tiempo oscurecen, algunas languidecen, pero hoy me dijeron que había 800 casas anteriores a la Guerra Civil.

Nantucket hoy vive del turismo. Y del pasado. Apenas existen pescadores y su pasado se mantiene en los museos, pero también en las fachadas de las casas, en las calles empedradas, en las caras curtidas de sus gentes, en el silencio que inspira Nantucket, en el cielo estrellado que la contaminación no empaña...

No ha pasado mucho tiempo desde que pensé en vivir en Nantucket hasta que he llegado. Por eso, lo primero que hice cuando amanecí hoy fue irme al puerto a conocer a pescadores, así que acabé subiendo la bicicleta que me habían prestado a la camioneta de uno de ellos que iba directo del barco a la lonja.