16/4/16

Huida con estrambote

Para Yeamon Kemp, 
que se oculta tras múltiples disfraces.


Se fue por la autovía secundaria
sin pagar peajes, campo traviesa:
depósito lleno, la mueca aviesa,
y un lápiz pintando la imaginaria

ensoñación de vivir en la euforia.
Por calzarse un disfraz, una camisa
de fuerza, un verso que empieza con prisa…
¿Por qué se embarcó en tan sesuda empresa?

Cruzó el monte siguiendo a un emperador
sin ver al del ‘bigote’ en su memoria
zampando anchoas y fumando a tientas.

En garitas de frontera no hay rencor
ni media vuelta: y en Cantabria, la gloria
oculta detrás de todas las puertas.

Los misterios aumentan
pues la nieve no produce habichuelas
y en Europa no hay fogones (ni abuelas).

15/4/16

Nantucket: en busca de Moby Dick

Primeros párrafos del reportaje publicado en la revista 7Haizetara.

***

El trayecto dura dos horas y cuarto, aunque la distancia entre el puerto de Hyannis y Nantucket parece mucho mayor: como su leyenda. “Este es un lugar remoto”, repiten en esta isla clavada a 50 kilómetros del Cape Cod y que Herman Melville inmortalizó en Moby Dick, una de las novelas clásicas del siglo XIX. Por eso, cuando el barco se acercaba a la costa y los disparos de luz del faro de Brad Point se hacían hueco entre una costa sin rastro de claridad, me vinieron a la cabeza las palabras con las que Melville empieza el capítulo 14 de su relato: “Nada más ocurrió en la travesía digno de mencionarse, así que después de un hermoso viaje, llegamos sanos y salvos a Nantucket”. Esta aventura también empezaba así.

Nantucket es pequeño, apenas un gajo de tierra de 23 kilómetros de largo y 3,5 de ancho en el océano Atlántico, a una hora en avioneta de Boston. Pero para revivir la historia de esta vieja isla quizá ayude el descender las escalinatas del barco en esta “mera colina y un codo de arena; todo playa, sin respaldo”, como la describió el autor.

Envuelta en el silencio y oscuridad, las calles de la ciudad tenían el mismo aspecto que el que uno imagina, aunque en lugar de alumbrado con el espermaceti de la ballena, hoy es la electricidad la que alimenta las casas y los faroles. Si en Estados Unidos se cazaron más de 220.000 ballenas entre 1800 y 1875, se debe a esa sustancia almacenada en la cabeza y que hacía de combustible natural hasta que ya entrado elsiglo XIX se descubrieorn yacimientos de petróleo en Pensylvania.

Herman Melville llegó a Nantucket en 1852, un año después de haber publicado su obra más universal, junto a su suegro. Para entonces la industria de la ballena ya estaba en declive y la población disminuyendo: desde 1700 a 1840, los barcos de Nantucket surcaban los mares del mundo en aventuras de dos, tres y hasta cuatro años. En ese período, la isla fue la capital de la caza de la ballena del mundo: ya que el aceite extraído de la cabeza de estos inmensos mamíferos del mar servía para iluminar las casas de América.

El casco histórico está catalogado como National Historic Landmark District y la construcción en toda la isla está sometida a estrictas reglas estéticas. Por eso los edificios guardan unas semejanzas infalibles y caminar entre unas calles adoquinadas es un ejercicio de vuelta al pasado. A a eso se le añade que quedan en pie en torno a 800 construcciones anteriores a la Guerra Civil (porque otras 300 fueron destruidas por el gran incendio de 1846) y el resultado es un museo al aire libre en el que aún resuenan los apellidos de los primeros colonizadores. Los Starbucks, Barneys, Coffins,Macys, Colemans o los Worths son la huella de los primeros pobladores cuáqueros que llegaron en 1659.

Esta colección de joyas arquitectónicas se encuentra en torno al centro ciudad. Las construcciones blancas y macizas se suceden en un recorrido a pie donde la Nantucket Historical Association gestiona 18 propiedades. La más antigua es la Oldest House, construida a finales del siglo XVII y que aún resiste los duros inviernos. El llamado Old Mill, un molino construido en 1746 o la Old Gaol, la cárcel que funcionó hasta bien entrado el siglo XX, constituyen el corazón de una historia reciente que elevó al archipiélago a un lugar privilegiado  en la memoria.

***


13/4/16

Volar sobre la tierra. El milagro de la velocidad jamaiquina


Primeros párrafos del reportaje publicado en el número de marzo de la revista El Malpensante.

***


A las siete y media de la mañana, la mujer más rápida sobre la Tierra tiene prisa. Shelly-Ann Fraser-Pryce se ha rapado la cabeza y la cubre con un gorro de lana. En unos meses, cuando luzca las flores amarillas con las que suele tocarse el cabello, quizá se encuentre consiguiendo algo nunca visto: una corredora que gana en tres Olimpíadas consecutivas la medalla de oro en los 100 metros planos.

Después de dos semanas de descanso, Shelly ha vuelto a los entrenamientos en la cancha de atletismo de la Universidad de Tecnología de Jamaica (Utech), donde entrena el mvp Track & Field Club, equipo al que también pertenecen estrellas como Nesta Carter –9,78 segundos, el décimo mejor registro de la historia en 100 metros–, Elaine Thompson –medalla de plata en los 200 metros en el Mundial de 2015– y la prometedora Stephanie McPherson –espigada especialista en 400 metros planos–.

El césped sigue erguido y verde, pero en unas semanas las lluvias y las veloces pisadas dejarán al descubierto la tierra marrón de esta isla caribeña. “Este año no conseguí todos mis objetivos”, explica Fraser-Pryce, “pero casi todos”. Y ese “casi todos” incluye la medalla de oro en Beijing. 

Shelly es una mujer pequeña –mide 1,52– y solitaria: entrena rodeada de compañeros, pero apenas interactúa con alguien. Incluso, a la hora de hacer los últimos estiramientos, se aleja hacia un extremo, donde la mirada de su entrenador apenas la alcanza. Solo al final de su faena hace amagos de saludar a uno que otro corredor del club. A los 28 años, asume la disciplina y el sacrificio como parte esencial del atletismo. “Todos los años surgen nuevos desafíos y hay que correr más rápido. Más que un trabajo, esta es una pasión, algo que realmente amo”, cuenta tras el final del entrenamiento. 

Jamaica es una fábrica peculiar de velocistas. Desde su infancia, la mujer más rápida del mundo entró en un estructurado sistema de preparación cuyo recorrido garantiza el éxito. Shelly, que se graduó en psicología, llegó al MVP Club tras haber pasado por ese proceso que atraviesa la vida estudiantil de los atletas jamaiquinos desde sus inicios. De hecho, en sus primeros no era la mejor en su categoría.

“En 2006, cuando ella llegó a este club y a la universidad, tenía 19 años y su mejor marca era de 11,77. Dos años más tarde ganó los Olímpicos con una marca de 10,78”, afirma Paul Francis, director deportivo del club. De los 130 atletas con los que cuenta el MVP, quince hicieron parte del equipo nacional en la pasada temporada. 

Hablamos con Paul Francis en un despacho repleto de cajas de material deportivo Nike. “Es la firma que patrocina al equipo”, aclara señalando el logo en su camiseta, mientras indaga en las razones del éxito: “La gente se pregunta cuál es el secreto del atletismo en Jamaica. Pero creo que nadie ha llegado a ninguna conclusión. Yo creo que buena parte del éxito de este club se debe a Stephen Francis, quien creó un sistema de desarrollo de velocistas”.

Stephen es su hermano y quien en 1999 fundó el MVP, un club vinculado a la Utech, cuyo modelo incluye, por partes iguales, entrenamiento y estudios. “Si te fijas en Usain Bolt, él no alcanzó su dominio a los 21 años, cuando ganó sus primeros Olímpicos. Él tiene récords desde las categorías de 15 y 16 años. Ese progreso ha sido natural”, explica el director deportivo.

*

La escuela primaria Waldensa está en una pequeña colina recubierta de césped silvestre en medio del poblado de Sherwood Content, tierra natal de Usain Bolt. A mediodía, los 140 estudiantes salen en desbandada como una colonia de hormigas. La familia Bolt está vinculada a la ampliación y mantenimiento del centro de salud y la escuela del pueblo.

El trayecto que hice para llegar a Sherwood Content desde Falmouth –una vieja ciudad costera que prosperóen el auge de la industria azucarera y esclavista– se prolonga por quince kilómetros. En el camino, las cabras y los chicos descalzos que pasan corriendo definen el paisaje. A la entrada del pueblo, un grupo de jóvenes bebe cerveza. Me acerco y me hablan del hijo más célebre de la región. Dicen que Bolt es un tipo normal y que es habitual verle por allí. “¿Qué pasa, viejo?”, le dicen cuando el hombre más rápido del planeta visita su pueblo. Él, dicen los chicos, alejado de las cámaras de televisión, responde con naturalidad.

No siempre es así. Habitualmente está resguardado tras un escudo de seguridad compuesto por entrenador, agente comercial, mánager ejecutivo, agente de competición, masajista, secretaria y mánager de negocios. Es una marca amparada por varias firmas comerciales cuyas letras más visibles son las de Puma, que cada año inyecta diez millones de dólares en las venas de este organismo que incluye la Usain Bolt Foundation, responsable de la ampliación de la escuela de Waldensa.

Las maestras cuentan orgullosas cómo el propio atleta inauguró las nuevas instalaciones, con unos baños impecables. Y los escolares recuerdan que el plusmarquista les saludaba. En la fachada de la escuela está pintada su figura haciendo su habitual gesto de victoria, con un brazo estirado, otro recogido y ambos índices apuntando al cielo. Los niños suelen imitarlo.

De cerca uno comprueba que es el mismo gigante de 1,95, tallado en ébano, sonriente y bromista que aparece en las pantallas de televisión celebrando triunfos. Un tipo que se distrae con videojuegos y a quien le gustan el rap y el reggae. Bolt ama el color del oro y no es raro verlo por los bares de Kingston con una visera ladeada y una camiseta ajustada tomándose fotos con los fans que se le acercan. Pero cuando se anuda las zapatillas y comienza a entrenar, es necesario contar con una autorización para poder retratarlo. “Cosa de los patrocinadores”, dicen en su club.

Es una tarde de octubre de 2015. Bolt llega al entrenamiento en un deportivo dorado cuyo brillo parece oponerse al gris de las nubes. Lo aparca en medio de otros coches de alta velocidad y camina hacia la pista. “Yohan”, comienza a gritar mientras se acerca. “Yohhhaaaaannnn”, continúa. Y Yohan, que está descansando en una de las gradas de madera junto a la pista de la Universidad de las Indias Occidentales (UWI), le choca los nudillos.

Yohan se apellida Blake, y fue campeón mundial de 100 metros lisos en 2011. Dos años después, corrió esa misma distancia en 9,69 segundos: el tercer mejor registro de la historia. Los dos mejores son de Bolt, su rival y amigo. Ambos forman parte del Racers Track Club.

Bolt hace algunos sprints y luego de veinte minutos se esfuma hacia el gimnasio. Blake, que lleva unas modernas gafas de sol, hace resistencia con unas gomas atadas a la cintura de un compañero. La nueva temporada comenzó y quedan apenas unos meses para los Olímpicos de Río de Janeiro. En las últimas Olimpiadas, Bolt se llevó el oro en los 100 metros; Blake, la plata.

Más que un ser humano que parece jugar con sus rivales en cada competición, aflojando el ritmo en los últimos metros, Bolt es un mito nacional. Es el aliento de un país que no se exhibe en el escaparate mundial más que como la tierra de Bob Marley y la marihuana, una vieja colonia inglesa que no llega a los tres millones de habitantes y que está en el puesto 96 del índice de desarrollo humano. Hacia fuera, él representa una voz y una bandera; hacia dentro, una inspiración.

No es extraño que el ex primer ministro P. J. Patterson le contara a Richard Moore, autor del libro The Bolt Supremacy, que Bolt se había convertido en una nueva palabra en el diccionario: “En un nombre, un verbo y un adjetivo”.

***

(el reportaje sigue en el número de marzo de El Malpensante.





10/4/16

Sílbame

Mientras haya primavera
los inviernos no importan.

José Poveda, De nuevo la primavera



Sílbame cuando te sangre el alma,
que yo no recuerdo ya el ayer.


Batey Ulloa, San Pedro de Macorís. Marzo 2016

5/4/16

Qué de repente y así, como sin nada


A unos ojos tostados.


Qué de repente y así, como sin nada,
se revuelven los cielos, de improvisto.
Qué despacio pasa el tiempo –y no insisto–
cuando el vuelo se alza en tierra abrasada.

Qué extraño color el de mi almohada
esta noche en que tus sienes desvisto:
llegó el día del temor desprovisto
de mi casa, aún desasosegada.

Qué en silencio y así, entre ruido de palo,
una luz confabula en desnudarnos
y una sombra nos mezcla en el abismo.

Entre ruinas del pasado me instalo
y un jardín empeñado en recordarnos
que yo estoy en la otra mitad de mí mismo.

24/3/16

Vidas de cuneta

Pastor Toussaint
Se atraganta la vida en las cunetas. Los vientos soplan bajos y levantan nubarrones que uno no sabe si son de polvo, de mosquitos o el aliento del demonio. Porque dice el pastor entre los desplazados circula la leyenda de que Satanás está presente: por la noche los chicos hacen prácticas de vudú y el demonio les posee. Y, entonces, les toma el espíritu y delinquen, roban, matan. El pastor Toussaint es un hombre amable que aún conserva muchos de sus dientes originales.

Yo no me voy de aquí: mi misión no ha acabado.

Hoy la iglesia está repleta de gente que no viene a escuchar sus prédicas, si no a inscribirse en un registro que les ha prometido algo de dinero. Pero le pregunto a una mujer si se lo cree, y a pesar de que ese registro es cosa de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), suelta una carcajada.

Los campamentos son la inmundicia: en Haití, muy cerca de la frontera con la República Dominicana, más de 3.000 personas se mueren de hambre. No tienen derechos, no les asisten las organizaciones nada de estatus de refugiados, ni buena disposición de tiendas de campaña, ni ración básica de arroz con habichuelas—: solo polvo, que cubre un suelo que uno se pregunta si está en el ombligo de una isla tropical o en los arrabales de la luna.

En Parc Cadeau II hay 1.000 personas que viven entre casitas armadas con palos, plásticos, hojas de periódicos que airean en el aire empañado de frontera. Apenas hay información de lo que aquí, a apenas unos cientos de kilómetros de donde los europeos se tuestan la piel, sucede.

Enlazo uno de los pocos trabajos que se han hecho de lo que está pasando: violaciones, deportaciones, enfermedad. Nosotros, trabajando el tema, pronto empezaremos a publicar lo que está sucediendo.

>>> In exile, publicado en Magazine del NYT.

Dos niños en el campamento Parc Cadeau I
©Diego Cobo


19/3/16

Santo Domingo alborotada

La mujer me dijo que el taxi era blanco, pero eso lo recordé después de subirme a uno del que no recuerdo el color, ni el número de autorización. Ahora que lo pienso, me subí a un coche que no sabría decir que era un taxi si no fuera porque me cobró 180 pesos cuando otro taxi —amarillo— me había cobrado 200 algo antes.

Uno llega a un sitio y le hace cosquillas al primero que tiene oportunidad de preguntarle alguna curiosidad a la que luego se lanza: pero hoy, con un calor primaveral que rozó el verano en algún momento del día, no me hizo falta pinchar a nadie. El taxista me lo sirvió:

—Los haitianos no se integran. Son salvajes. Lo fueron en el siglo XX y lo son ahora. No tienen instituciones y muchos no están integrados. Otros sí —dice a medida que avanza y señala a vendedores de comida, de helados, a los porteros.

En República Dominicana no se sabe el número de migrantes haitianos que hay. Dicen que el recuento empieza por 200.000, pero subiendo y subiendo atraviesa el medio millón y más arriba puede llegar al millón.

—Y te digo todo esto yo, que soy un profesional y puedo dar una visión completa—, dice el taxista que, finalmente, descubro que sí es taxista porque me da una tarjeta para llevarme a algún lugar. “De excursión, a la playa, al aeropuerto”, enumera.

—¿Y a Haití?—, le pregunto para (ahora sí) pincharle.

—Ah, manito—, responde—. Eso ta mu´ lejo.

***

Santo Domingo es una ciudad alborotada. Tiene su malecón, que es lo mismo que un paseo marítimo pero con un nombre más honrado, más verdad, más popular. Podría decir que enfilando la carretera, hasta que las piernas huelen a humo, este malecón me recuerda a otros. Y de hecho lo hace, pero no para traer a la memoria que aquí revienta el mar Caribe, sino para hacerme recordar qué diferentes son todos los malecones que mi cuerpo ha recorrido.

En éste zumban los coches, las parejas se enredan entre sí mientras los neones de los casinos parpadean y una mujer trata de llamar mi atención con el mismo ruido con el que yo trato de atraer a los gatos; mientras, un chico camina conmigo medio kilómetro para al final decirme que, amigo, te limpio las botas. Y allí, en el parque, las chicas hacen zumba: con esa canción nunca imaginé que se pudiera hacer ejercicio. Aquí sí.

Y sigo el malecón que serpentea como una cola de Disneyland: un niño vuela una cometa, pero está tan arriba que la foto no sale y solo me queda seguir camino para ocupar, con letras, el espacio que tenía planeado con alguna foto. De repente, un verso:

Es que siempre en la noche del amor pasa un río.

¿De quién era?

¿Será el río Ozama, en cuya desembocadura los españoles encajaron esta ciudad amurallada de la que apenas quedan ruinas deshechas?

Continúo mientras los chicos me adelantan corriendo, hay palmeras en el suelo que parecen comidas por las termitas —y le pego una patada únicamente para decir aquí que sí eran termitas— mientras letras enormes, pintadas en el muro, dicen: “Ciudad limpia”. Pero esta parte huele mal.
Y me doy media vuelta.

Desando lo andando, las palmeras en pie se despeinan, el mar se riza, un tipo musculado se enfrenta a las ráfagas de agua que vuelan y pegan en su cuerpo hasta que, refrescado y satisfecho, se pone en la cara una sonrisa: y se larga.

La rutina sigue, y yo con ella, y los vendedores de plátanos, y los pitidos y los humos que ascienden perezosos, y las parejas que se dan arrumacos al atardecer mientras yo, embobado, me quedo mirándolas como alguna vez también nos debieron de mirar embobados a nosotros.

22/2/16

Las viudas olvidadas del terror

Reportaje publicado en El País sobre las viudas que dejó el terrorismo en Perú:

*** 

 — Yo quisiera sus huesitos, nomás.

Candelaria Pino —mirada profunda, sombrero andino, ojos quemados de llorar— perdió a su esposo en Huamanguilla el 27 de junio de 1983. “Vamos a tomar declaración”, dijo uno de los ocho militares encapuchados que entraron a la casa a las tres de la mañana. Lo agarraron de la espalda; las manos en la nunca. Candelaria le alcanzó los zapatos y la chompa [la chaqueta]. “Hasta este momento no sé nada de su paradero”. 

Filiberto Condori trabajaba en el campo, tenía 32 años y una hija. A Filiberto los militares le dieron tiempo a calzarse los zapatos; la chompa, no.

“Ocho días después, fue encontrada una persona con la chompa de mi esposo. Estaba en un rincón y, como hacía mucho frío, la agarró —recuerda Candelaria en la vivienda de su hija, una construcción encaramada a los barrios altos de Ayacucho—. Le pregunté dónde estaba él: 'No estaba ahí', me dijo, 'pero como hacía frío me la puse'. Yo le dije que era de mi esposo. Y la recogí”. 

Candelaria remueve la historia de su marido y de la madrugada de aquel 27 de junio. También su búsqueda. “Hemos encontrado cadáveres comidos por los perros, pero jamás han encontrado a mi esposo”, explica con aparente calma. 

Hoy es un día de ventarrones y un ejército de nubes oscurece el mediodía en la ciudad de Ayacucho. Candelaria se sostiene el sombrero y su hija le sugiere resguardarse de la amenaza de tormenta. Las nubes pasan y ella, con un brillo de dolor que parece instalado en sus ojos, cuenta que, con 61 años, su tormenta continúa.

“Siguen abiertas las heridas. Hemos quedado todos muy afectados, muy traumados. Uno no puede estar tranquilo: siempre me falta mi esposo —continúa una mujer cuyas palabras, a juzgar por la manera de arrastrarlas en el silencio, siguen en carne viva—. Ahora no tenemos adónde ir. Hasta mis nietos dicen: mi papito, ¿dónde está? Mi nietita, que tiene cinco años, me dice que hay que llevarle, mami, a la tumba un corazoncito. Yo me quedo callada, ¿qué voy a decir?”

Filiberto Condori cometió varios pecados en su vida: tener sangre indígena, hablar quechua, ser agricultor, padre de familia y vivir en el Departamento de Ayacucho, donde se concentran el 40% de las 69.280 víctimas que dejó el terrorismo del país andino entre 1980 y el 2000. Tras la entrega del informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) en el año 2003, además, se comprendieron muchas cosas: su apellido estaba entre los ocho que se repetían con más frecuencia. 

Para llegar a la ciudad de Ayacucho desde Lima hay que atravesar una carretera de 600 kilómetros llamada Los Libertadores, que serpentea por las lomas de los Andes hasta subir hasta los casi 3.000 metros de altura. Para llegar a la verdad, hay que bajar a los infiernos.

*** 

Para leer el reportaje completo, pincha este enlace.

Este y otros reportajes puedes leerlos en mi página web, www.dcobo.com

10/2/16

En las noches en que muero

Perdóname el dolor, alguna vez.

Pedro Salinas.


En las noches en que muero, como ésta,  
las agujas caen del cielo, y me apuntan;
y a esta alma desarmada le preguntan
cómo es el aguacero que la afrenta.

Será el amor esquivo y su tormenta
los rayos de mi luna, que barruntan:
ni ayunos –que hay semanas que alimentan–
ni la historia son parte de la gesta.

Amanezco entre siglos y arañazos
de otra sangre, o la mía dividida:
mi cuerpo ofrece besos, no zarpazos.

Que te amo con mis venas, ¿quién lo olvida?
No hay utopía que, solo en sus comienzos,
traiga el amor de su siguiente vida.

8/2/16

Volver (otra vez) a Nantucket

Cuando la novela Moby Dick salió a la luz (1851), el periódico Nantucket Inquirer and Mirror ya estaba allí, manchando con su tinta negra en los muelles de madera. Muchos cazadores de ballena, una raza de hombres con heridas en las manos y alma, no sabían leer. Pero sí luchar. Y el periódico que hoy está en un edificio de una planta y madera de pino envejecido es uno de los testigos –al menos simbólicos– de esa tradición.

Fui a Nantucket ataviado con alguna lectura y, sobre todo, con el calambre que a uno le recorre el cuerpo cuando se embarca en una aventura que ya ha vivido anteriormente en la imaginación. A la redacción del periódico fui tres o cuatro veces a hablar con Marianne, la editora, a la que nunca conseguí ver: de noche, por la mañana, de día, en ayunas, con la digestión incipiente, por correo. A cambio, sí pude entrevistar a la presidenta de la cámara de comercio, a la propietaria de una galería de arte, a pescadores, a un distribuidor de marisco, a tenderas, habitantes, a la investigadora de la asociación histórica. Y yo qué sé, pateé los cuatro puntos cardinales, me pelé de frío, me bajé una botella de vino argentino y subí las escalinatas del barco que me había traído hasta allí con la sensación de subirme a un ballenero rumo a la isla de Nuku Hiva.

Entre el par de reportajes que he escrito de la isla –“esto es un lugar muy remoto”, me decía la gente de allí– siempre me ha quedado un vacío difícil de llenar. Ahora me piden un texto de Nantucket, y me preguntan si pueden utilizar uno ya publicado. Pero les digo que prefiero armar uno nuevo: ¿acaso tomé un avión a Nueva York, dormí una semana en el suelo; me fui en autobús a Boston, donde me hicieron hueco en un sofá; alquilé un coche y salí indemne del nudo de carreteras de Boston –mapa en mano, a la vieja usanza–, paré en Providence (Rhode Island) para mear enfrente de un supermercado hasta llegar a Newport, donde dormí en el lugar más extraño de mi vida; subí por la costa, recé en la capilla de New Bedford como antes lo hicieron los balleneros; rodeé todo el Cape Cod y, ya así, fui a Hyannis, donde dejé el coche y me subí a un barco que me escupiría unas horas más allá en Nantucket; acaso hice todo eso para, al llegar aquí, quedarme de brazos cruzados?

Nantucket significa “tierra lejana” en la lengua de los indios wampanoag, ya extinguidos. Y la isla, desde la que partió el Pequod para dar caza al gran cachalote Moby Dick, tiene 23 kilómetros de largo y apenas 4 de ancho. Como ya no tenía coche pero sí me hice con una bicicleta y tenía dos piernas, me permití recorrerla hasta el extremo oeste. Los demás días, los dediqué a merodear por la ciudad de Nantucket, lugar de culto, lugar de mitos, de literatura, de aristócratas del siglo XX, de leyendas del mar, de pescadores.

En los muelles me regalaron un corazón tallado en piedra, el mismo día que acompañé a unos pescadores a la lonja –eché la bicicleta encima del cargamento de ostras– y que me comí una ensalada en la calle, pelado de frío. Una noche, recuerdo, me senté junto al faro Brad Point, respirando un atardecer que se consumía como una vela. De regreso a la casa donde dormía, con una oscuridad mordiendo sin piedad, me enganché la linterna en la cabeza y surqué las calles como si fuera Jonás y Nantucket el vientre de una inmensa ballena de la que no quería salir.