17/2/15

Los finales

Estar cansado tiene plumas.
Luis Cernuda


Los finales –todos los finales– acaban con una canción. Vacié la casa y los recuerdos, me eché a la espalda alguna promesa y bajé las escaleras como quien sube al cielo: viejo y cansado. Pero podría decirse que resucité y, después de la primera palada, volví a echar tierra encima del muerto, que aún estaba fresco.

En todos los finales se oye una música que rara vez uno escucha. Rumias las cosas, te rumias a ti, rumias los años que vienen y los que se fueron. También rumias, ya con la mandíbula desgastada, muchas más cosas que ahora, arrugado, tampoco acierto a decir.

Pero recuerdo que súbitamente comencé a escuchar: “Pasan los días,/ pasan las horas,/ pasan los momentos de las auroras,/ pasa el silencio/ de un buen comienzo …”. Me puse en pie. Y entonces quise quedarme así para siempre.


Pasan.

10/2/15

Un retiro

Teníamos que estudiar y de algún modo teníamos que pensar, así que se me ocurrió que podríamos pasar una semana rodeados de pinos y nogales desnudos, aunque al final nos rodeó la nieve y pasamos un frío del carajo. Y en realidad ni estudiamos tanto ni pensamos tanto, aunque bajamos a la ciudad a dar un garbeo cuando la nieve nos dejó salir. Del retiro salieron planes y risas, bromas y algún lamento mientras los troncos se consumían lentamente y nosotros resurgíamos del invierno.

7/2/15

Los faros de 'Moby Dick'

Me hice con un mapa, señalé más de 25 extremos y fui tras ellos. El resultado es una selección de algunos de los mejores faros de la costa de Massachusetts que publico en Ocholeguas, el portal de viajes de El Mundo.

Los faros de Moby Dick es la consecuencia de un viaje con una vista al pasado.


Nobska Lighthouse, Wood Hole.

2/2/15

Mojarse

El otro día me llamó mi padre: “Diego, vamos a cortar leña”. Llovía bastante –como a mí me gusta, como llueve en el norte, como sucede en este mismo instante– y yo ya me había cambiado de ropa un par de veces en el día. Pero aun así, porque llovía y hacía frío y me gusta mojarme, le dije a mi padre que sí. 

Eso debió de ser el sábado, o el domingo, y esa misma semana me había llegado a casa después de una búsqueda de más de tres años, La mente salvaje, una recopilación de poemas y ensayos de Gary Snyder, el resumen definitivo de mis aspiraciones: ese modo de estar en la vida que combina lo físico y lo mental. Snyder –ya viejo– ha trabajado como leñador o guarda forestal, pero ha firmado algunos de los poemas silvestres más bellos jamás escritos, además de unos ensayos salidos directamente de un alma revolucionaria como la suya.

Creo que el trabajo con las manos ennoblece: además de huir de la ya manida alienación, supone recuperar tareas básicas que estos tiempos posmodernos nos han arrebatado. Ya ni siquiera está a nuestro alcance lo más rudimentario: respirar sano, procrear –¡vivan las clínicas de fecundación!– o comer saludablemente se ha convertido en productos de lujo. El neoliberalismo lo llama progreso; los sociólogos lo tildan de desastre y dicen que el colapso es inminente. 

El caso es que Gary Snyder vive en las montañas de Sierra Nevada, en California, traduciendo los chasquidos de la naturaleza en haikus y los paseos en arte. ¡Qué tiempos aquellos en los que pasear no era un producto de lujo! Y desde aquel fortín ve los días encadenarse mientras descifra los colores del arcoíris.

Me gusta mojarme. Al escritor Manuel Rivas le decía su madre: “Cuando seas mayor, busca un trabajo donde no te mojes”. Pero él, que se hizo escritor, se mojó y con el tiempo admitió que el destino de su linaje era mojarse. El mío también: por eso busco la fórmula para mojarme por dentro y por fuera. Ahora, veamos cómo me voy mojando.

1/2/15

La lotería del deshielo


En el suplemento Crónica, de El Mundo, publico hoy un reportaje disparatado desde Alaska: La lotería del deshielo, una porra que premia a quien acierte el momento exacto (mes, día, hora y minuto) en que se produce el deshielo:

Nancy Schaw encendió la radio y escuchó una voz: "¡Las 10.28, las 10.28, las 10.28!". El río Tanana, que en el temprano otoño pasa a convertirse en una inmensa lengua de cristal, comenzaba de nuevo a fluir. Y Nancy, una mujer oronda y risueña, acababa de ganar 13.000 dólares: había adivinado el día, la hora y el minuto exacto en el que empezaba el deshielo de este afluente del legendario Yukón, en Alaska. "¡Es una locura!", exclama ahora la ganadora del Nenana Ice Classic de 1997,una lotería donde los premiados tienen buen ojo. O mucha suerte. 

"Yo soy un poco científica: si hace frío apuesto por la primera semana de mayo; si no, por los últimos días de abril", explica Nancy en el negocio de combustibles que tiene en Nenana, un plácido poblado en el corazón del estado número 49. El instante en que la masa helada se escurrió se lo encomendó al azar y al ánimo de aquella mañana en la que introdujo la papeleta en una de las 11 latas repartidas por la localidad. "Nadie puede hacer nada... salvo la madre naturaleza", opina

Continúa pinchando aquí.


Nancy Schaw

22/1/15

El último sarruján de Cantabria

Foto: zonacachonera.wordpress.com
El abuelo de Julián Díaz murió a casi 2.000 metros de altura mientras acompañaba al ganado, así que años después, cuando su padre le dijo en la montaña que se estaba muriendo, Julián y su hermano lo bajaron en el carro hasta su casa de Carmona, en Cantabria.

Julián hoy tiene 90 años. “Largos”, dice él, y yo no sé si se refiere a casi 91 o a alguno más, aunque da igual: sube las escaleras de su casa con pasmosa habilidad; tiene una memoria  deslumbrante y, a pesar de que dice, insiste y repite que no ha ido a la escuela, a mí me pareció uno de esos sabios a los que me gustaría parecerme.

Llegué a su casa cuando mi tía me comentó de la existencia del último sarruján (criado del pastor, según la santa Real Academia) en Cantabria. Él tenía 17 años, una fortaleza juvenil y un porvenir algo oscuro. Pero ahora, viéndole sentado en un sofá mientras hila una historia con otra, me tiene con la boca -y sobre todo, con el corazón- abierta.

Murió su padre y acabó en un pueblo donde alguna posibilidad de trabajo en algún lugar cerrado brindaban las circunstancias. Es curioso: los de la ciudad quieren ir al pueblo y los del pueblo ansían ir a la ciudad; los de la ciudad no tienen que enseñar nada y los del pueblo, todo. Y esto es en lo que él me insistía una y otra vez, con esa inteligencia propia de los que han estudiado poco o nada –mi abuela es igual.

Hasta esa edad que uno tiene que tomar decisiones, la de él coincidiendo con la muerte del padre, acompañó al ganado por los puertos de Sejos, en los techos de Cabuérniga, en Cantabria. Cuando no, acompañaba –también al padre- a talar las hayas de donde sacaban las albarcas. Durante un mes, y a mano, serraban 15 ó 20 árboles. De cada uno sacaban 40 pares de albarcas. Dormían en cuevas -una noche tuvieron que sacar de una de esas cuevas a una osa-, se calentaban con fogatas y descendían a Carmona con los troncos, ya algo secos, menos pesados y con parte de ellos tallados, tirados por bestias.

Hace poco, me dijo Julián, se quiso hacer un homenaje al último escultor, por no decir fabricante, de albarcas de Carmona. Y no encontraron a nadie: las tradiciones se esfuman cuando las personas se esfuman.

Al jubilarse, allá por los ochenta, Julián comenzó a tallar madera. Nunca antes, me dijo, había tallado nada. Quizá una vara de avellano, pero ni siquiera el trabajo fino de las albarcas, que era encomendado a los mayores. Pero llegó la jubilación y se puso a tallar y a tallar: su casa es un museo de obras finísimas. Vacas, bueyes, colodras, dalles. Y cadenas de madera de una sola pieza. Una vez le preguntó una de sus nietas: “¿Cómo sabes que dentro  de uno de esos trozos de madera hay una vaca?”

Julián dice que apenas lee, que apenas escribe, que no fue a la escuela. Pero no hace falta esas acreditaciones para intuir que yo estaba ante un hombre de una inteligencia prodigiosa. A pesar de esas deficiencias, ayudaba a sus hijas en la escuela. Y el profesor, sabiendo que aquel hombre de pelambre blanca no había ido al colegio, se asombraba de cómo acertaba los problemas de sus hijas. Así que comenzó a dar deberes a sus hijas…  para que se los diera al padre. Cómo será que, en cierta ocasión, Julián le mandó de vuelta un problema al maestro. Y el maestro dijo, por Dios, hasta aquí.

Después de media mañana entre conversaciones y anécdotas y visita a su estudio -qué paz se respiraba allá arriba- me regaló un llavero de unos pequeños bolos. Me fui de allí jarreando, como había llegado, mientras él miraba sin cerrar la puerta del todo hasta que me perdió de vista, como si yo fuera el último cordero y el fuera el último sarruján.

15/1/15

La revolución perdida de Nicaragua

Días antes de llegar a Nicaragua leí un reportaje de un tipo, esos que el reportero Diego Enrique Osorno calificaría como “uno de esos periodistas fanfarrones de escritorio”, en el que se asombraba de la propaganda personalista por parte del Gobierno, así que me imaginé una Managua sembrada de mensajes, lemas, fotografías y demás armas habituales. Cuando salí del aeropuerto, camino de la capital, me fijé en las orillas de la carretera y en las rotondas, pero apenas vi nada parecido a eso que aquel tipo decía: tan solo unos arbolitos espantosos con lucecitas en la avenida Bolívar y alguna foto del bueno del presidente en alguna pancarta elevada. Y nada más.

Claro que yo venía de Cuba y mi capacidad de asombro estaba a prueba de bombas en ese sentido, pero aquello no era para tanto. Después de escribir varios reportajes de aquel viaje, ayer me puse a teclear uno cuyo sentido desborda nuestra realidad: un país tan irónico, contradictorio y polarizado que ya nadie reconoce a un gobierno -o al menos a un presidente- que en su día fue uno de los liberadores del país.

Transcribo las entrevistas. La de Wilfredo Navarro, ex ministro de Trabajo y actual diputado de una escisión del Partido Liberal, que opina cosas como que “el Frente Sandinista hace fraude porque son cleptómanos”. Recuerdo cómo llegué a casa de Navarro: andaba yo tomando una cerveza en un bar de Managua cuando conocí a un chaval, colega del amigo nicaragüense con el que yo estaba, que me pregunto qué hacía allí. Se lo comenté y me respondió: “Pues quizá te interese conocer a mi padre”. Una hora después y la vista algo nublada de cervezas, estaba yo en una casa de un barrio bien de Managua, entre sirvientas ofreciéndonos café en un jardín que también albergaba un pequeño zoológico.

También me dijo cosas como ésta: “Cuando triunfó la Revolución, los comandantes eran pobres. Ahora son millonarios; empresarios, terratenientes, dueños de empresas. El flujo de dinero que viene de Venezuela vía presupuestos que no se controla -porque supuestamente es un apoyo no al Gobierno sino al partido- permite unos niveles de corrupción inmensos”.


Menos casual fue la entrevista con Enrique Sáenz, sandinista desencantado y diputado por el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS). Él pidió un té helado y yo un café capuccino -lo sé porque lo escucho ahora en la grabación- y criticó con muchísima dureza al Gobierno. “Estamos frente a un régimen dictatorial oligárquico; dictatorial en el nuevo sentido de la palabra y oligárquico en el viejo sentido de la palabra. Ortega y su grupo no pudieron romper las cadenas de la historia y han resumido en el régimen todas las taras históricas del país”.

Para empezar, pienso, no estaba nada mal aquellas declaraciones tan espontáneas que parecían salir de algún lugar profundo. Tal es así que, al preguntarle por el comienzo de las perversiones de un partido, el Frente Sandinista, que algún día ilusionó al país, me dio cuatro momentos concretos y después me dijo: “Esto que te estoy diciendo lo voy a escribir, porque me está saliendo ahora”.

Quería alguien que abundara en esas perversiones, así que, aunque me recomendaron no ir andando, llegué a mi cita con Gonzalo Carrión a pie, el responsable de denuncias del Centro Nicaragüense de los Derechos Humanos (CENIDH). En toda Nicaragua se vivían momentos de máxima alerta por un terremoto que había removido todo el país y, de hecho, en el transcurso de aquella entrevista el suelo -y el techo- tembló levemente bajo nuestros pies; pero Gonzalo me contó entre risotadas las ironías del Gobierno: “El Gobierno nos acusa de que somos fascistas, que somos del imperialismo y de la CIA. Pero en los períodos liberales ellos incendiaban el país y el CENIDH los protegía. Los respaldábamos en su lucha social. Ahora se les ha olvidado y ni siquiera permiten una pancarta que diga No a la dictadura”.

Al salir de allí -un relato con estas acusaciones tiene que continuar así-, la casa privada del presidente, que también es la sede del Gobierno en una manzana inmensa cerrada al público y blindada por policía y muros, fui mascando todas aquellas declaraciones sobre un país que alguna vez llegó a soñar de la mano de las mismas personas que hoy lo devoran.

Unos días antes, cuando el primer latigazo de 6,2 grados a diez kilómetros de profundidad me sacó de la primera planta de una cafetería, hablé con Octavio Enríquez, premiado periodista que trabaja para el diario El Confidencial. Hablamos en un pequeño patio de la redacción del periódico, donde luego me presentó a un compañero reportero que las tropas gubernamentales habían acuchillado; y me dejó helado con unos argumentos que continuamente respaldaba con  telarañas de conexiones e información.

“Cuando son temas que tocan a la familia del presidente, hay muy poca transparencia. Este Estado lo puedes describir como Estado-familia-negocios. Es el mismo esquema de la familia Somoza; la diferencia es que Luis Somoza listaba todos sus bienes”, me decía Enríquez con una firmeza que él luego me volvía a justificar: “Hago esto por compromiso con mi país”.

La lista de realidades absurdas, elevadas a un nivel sin sentido, seguía engordando. En un momento me dijo en qué empleaba el presidente los 500 millones de dólares que anualmente entran a Nicaragua procedente de Venezuela a través del ALBA: hoteles de lujo y gasolineras de su propiedad, entre otras cosas. También me habló de la lista de medios independientes que se extinguen en Nicaragua, absorbidos por un partido político cuyos responsables son millonarios. “En la política nacional, Ortega ya no es solo el líder político, sino que tiene un rol protagonista en lo económico. La empresa privada ya no lo ve como el rebelde de Reagan: lo ven como alguien con quien pueden hablar de negocios. Ya no son aquellos chavales que llegaron al poder con rifles de palo. Ya no son los mismos, ahora son millonarios”.

Salí de allí apesadumbrado pero asombrado del papel que se juega demasiado en cada palabra. Después llegó el terremoto, desalojaron la cafetería a la que había ido al salir de la redacción de El Confidencial y allí esperé a una persona que nunca llegó. Y la luz se cortó. El reportero acuchillado, que estaba allí haciendo una entrevista, esperó conmigo hasta que mi amigo pasara a recogerme tiempo después. 

Entre medias, el periodista me tiró los trastos amparado en la oscuridad y el silencio del desalojo, se le caló el coche y me pidió que empujara el carro cuesta abajo mientras él trataba de arrancarlo. Después, se despidió diciendo que le avisara si cambiaba de acerca. La alerta roja aumentaba y aquellos días dormí con la puerta abierta y una mochila listo para escaparme en el próximo zurriagazo del subsuelo de Nicaragua.

8/1/15

El oficio de soñar

Me hice un hueco entre cajas de 30 kilos de vieiras. Me agaché, se pringó el abrigo con los restos del mar y comencé a disparar fotos a sus arrugas con un cielo azulísimo de fondo. Estaba en Nantucket, una isla a la que llegué a través de la literatura y a la que visité en una continua especie de realidad paralela: allá donde había barcos de marisco yo veía balleneros, allá donde pescadores, yo veía arponeros; donde había una bombilla yo pensaba que era el esperma de ballena lo que ardía; en lugar de respirar la brisa del siglo XXI, yo paladeaba el aroma decadente del siglo XVIII. 

Sankaty Head Light, Nantucket
Hay profesiones que te obligan a soñar: de un oficio uno puede comerse la casquería o devorarlo todo. El de periodista es de los segundos: porque te pinza los nervios y te mantiene vivo y curioso y te permite conocer a gentes y lugares insospechados, cenar con locos y dormir con un cuchillo debajo de la almohada. 

De mi último viaje que tracé en un mapa -el plan era perfecto- cumplí todo. Iba detrás de los cerca de 50 faros en la costa de Massachusetts, de mi héroe de Concord, del rastro atornillado al pasado de Nantucket. Dormí en casas, en suelos, en sofás, en mitos: cómo será, me digo ahora escribiendo una crónica de este viaje para una revista, que hasta me prestaron un coche en el que me asomé al Cape Ann y me tomé un café en Salem. Luego llené el depósito, me atiborré en un restaurante oriental de un pueblo que no sé dónde estaba y volví a casa de una chica que me había acogido -Couchsurfing, nada raro- y que también me dejó una bicicleta. 

En Newport también me acogió un hombre que me abrió la puerta de su casa y se largó. Y nunca más lo volví a ver. Y en New Bedford aparqué un coche alquilado con el que recorrí 1.000 kilómetros y con el que toqué todos los extremos del Cape Cod con algo de miedo cuando aquel tipo me recibió seria pero amablemente y hasta me dijo que me acompañaba a cenar pero yo subí algo de cena del maletero y lo calenté. El miedo, amigo, a acabar sabedioscómo. 

Todo esto sirve: sirve no solo para tu vida y tus fantasías, tus batallitas y las risas. Sirve para rellenar páginas porque los editores te piden anécdotas para las crónicas. “En primera persona y anécdotas del viaje”, me escribe hoy una editora. Me viene a la cabeza un viaje por el oriente de Cuba y yo sacando fotos a una mujer que compraba carne en una carnicería de esas en las que, menos frigoríficos, hay de todo. Y yo diciéndome: “Qué oficio este, qué incierto esto, qué raro un trabajo en el que nadie te pide nada pero peleas y de repente a alguien le interesa y te lo compra y puedes viajar y hacer lo que te de la gana. E interesa a otras personas”. De aquella anécdota salió esta crónica, como de mis sueños salió este viaje por Massachusetts. 

El oficio de soñar es difícil porque uno no sabe si estará a la altura. El pasado mes de diciembre, refugiado en una casa con chimenea a los pies de los Alpes, andaba yo apurando una crónica de mi viaje por Alaska cuando maldije mi inocencia, mi edad, las lecturas de menos, el tiempo perdido de más: si dicen que el problema de los jóvenes era la sobrecualificación, ahí andaba yo peleándome entre crujidos de troncos de pino con mi crónica, puliendo por aquí, puliendo por allá, queriendo escribir en un tono que no alcanzaba y al que aspiro: el oficio de soñar es exigente. 

Cuando a veces me canso de soñar, me despierta la realidad: la fabrico a mi antojo. Que quiero montar a lomos de una leyenda, cabalgo; que quiero ser realista: me voy a ese lugar a vivirlo. Al fin y al cabo creo que lo que hay que cumplir es aquello que describía Coetzee en su novela Juventud: “Está listo para el romance, listo incluso para la tragedia, de hecho, está listo para lo que sea siempre y cuando le consuma y remueve”. No creo que tenga más misterio este oficio periodístico.

Brant Point Lighthouse, Nantucket


Vídeo: Con buscadores de oro en Alaska.


19/12/14

Charla sobre Alaska

En la librería Desnivel, en Madrid, alguien me preguntó por los lugares en los que dormía en Alaska: entonces le le enseñé una foto de mi tienda de campaña cubierta por un toldo y amarrada a tierra con un par de troncos. Este es el espíritu de Alaska, me dije.

Ayer hablamos de eso y de la tundra de la última frontera; de la fiebre del oro y de los esquimales; de los misioneros y exploradores; de aviones y glaciares.

Un viaje por la última frontera tiene estas cosas.

También de periodismo:

De momento he publicado varias cosas y en las próximas semanas se publicarán otros dos reportajes. 

Pasemos, pues, a trabajar mi último viaje por Nueva Inglaterra.