10/2/16

En las noches en que muero

Perdóname el dolor, alguna vez.

Pedro Salinas.


En las noches en que muero, como ésta,  
las agujas caen del cielo, y me apuntan;
y a esta alma desarmada le preguntan
cómo es el aguacero que la afrenta.

Será el amor esquivo y su tormenta
los rayos de mi luna, que barruntan:
ni ayunos –que hay semanas que alimentan–
ni la historia son parte de la gesta.

Amanezco entre siglos y arañazos
de otra sangre, o la mía dividida:
mi cuerpo ofrece besos, no zarpazos.

Que te amo con mis venas, ¿quién lo olvida?
No hay utopía que, solo en sus comienzos,
traiga el amor de su siguiente vida.

8/2/16

Volver (otra vez) a Nantucket

Cuando la novela Moby Dick salió a la luz (1851), el periódico Nantucket Inquirer and Mirror ya estaba allí, manchando con su tinta negra en los muelles de madera. Muchos cazadores de ballena, una raza de hombres con heridas en las manos y alma, no sabían leer. Pero sí luchar. Y el periódico que hoy está en un edificio de una planta y madera de pino envejecido es uno de los testigos –al menos simbólicos– de esa tradición.

Fui a Nantucket ataviado con alguna lectura y, sobre todo, con el calambre que a uno le recorre el cuerpo cuando se embarca en una aventura que ya ha vivido anteriormente en la imaginación. A la redacción del periódico fui tres o cuatro veces a hablar con Marianne, la editora, a la que nunca conseguí ver: de noche, por la mañana, de día, en ayunas, con la digestión incipiente, por correo. A cambio, sí pude entrevistar a la presidenta de la cámara de comercio, a la propietaria de una galería de arte, a pescadores, a un distribuidor de marisco, a tenderas, habitantes, a la investigadora de la asociación histórica. Y yo qué sé, pateé los cuatro puntos cardinales, me pelé de frío, me bajé una botella de vino argentino y subí las escalinatas del barco que me había traído hasta allí con la sensación de subirme a un ballenero rumo a la isla de Nuku Hiva.

Entre el par de reportajes que he escrito de la isla –“esto es un lugar muy remoto”, me decía la gente de allí– siempre me ha quedado un vacío difícil de llenar. Ahora me piden un texto de Nantucket, y me preguntan si pueden utilizar uno ya publicado. Pero les digo que prefiero armar uno nuevo: ¿acaso tomé un avión a Nueva York, dormí una semana en el suelo; me fui en autobús a Boston, donde me hicieron hueco en un sofá; alquilé un coche y salí indemne del nudo de carreteras de Boston –mapa en mano, a la vieja usanza–, paré en Providence (Rhode Island) para mear enfrente de un supermercado hasta llegar a Newport, donde dormí en el lugar más extraño de mi vida; subí por la costa, recé en la capilla de New Bedford como antes lo hicieron los balleneros; rodeé todo el Cape Cod y, ya así, fui a Hyannis, donde dejé el coche y me subí a un barco que me escupiría unas horas más allá en Nantucket; acaso hice todo eso para, al llegar aquí, quedarme de brazos cruzados?

Nantucket significa “tierra lejana” en la lengua de los indios wampanoag, ya extinguidos. Y la isla, desde la que partió el Pequod para dar caza al gran cachalote Moby Dick, tiene 23 kilómetros de largo y apenas 4 de ancho. Como ya no tenía coche pero sí me hice con una bicicleta y tenía dos piernas, me permití recorrerla hasta el extremo oeste. Los demás días, los dediqué a merodear por la ciudad de Nantucket, lugar de culto, lugar de mitos, de literatura, de aristócratas del siglo XX, de leyendas del mar, de pescadores.

En los muelles me regalaron un corazón tallado en piedra, el mismo día que acompañé a unos pescadores a la lonja –eché la bicicleta encima del cargamento de ostras– y que me comí una ensalada en la calle, pelado de frío. Una noche, recuerdo, me senté junto al faro Brad Point, respirando un atardecer que se consumía como una vela. De regreso a la casa donde dormía, con una oscuridad mordiendo sin piedad, me enganché la linterna en la cabeza y surqué las calles como si fuera Jonás y Nantucket el vientre de una inmensa ballena de la que no quería salir.

2/2/16

La difícil decisión de ahuyentar a las palomas


Aguas inconscientes –aquellas aguas del Génesis– fuerzas infinitas, rechazadas por la superstición de la ciencia, por la irracionalidad de la razón racionalista, por la fantasía sin imaginación del progreso indefinido, por el tormento de la moral impuesta tanto por las derechas como por las izquierdas, se abren paso a codazos. Quieren manifestarse, estallar, tanto si nos gusta como si no.

 Antoni Pascual, en el prólogo de Cartas a un joven poeta, de RM Rilke


Hacia las ocho de la mañana, me echan de la cama. Lo  intento unos minutos, dando golpecitos al techo con la palma de la mano, los nudillos, los pensamientos. Pero mis deseos solo me sirven para perder la esperanza medio minuto después de mis acciones: vuelta a empezar. Rendido, trato de dar la última cabezada en el sofá, aunque finalmente se alarga más de lo previsto.

Aparentemente, la decisión de dormir tranquilamente depende de mí: de que me asome por la ventana y pegue un escobazo a las palomas que emiten sus guturales sonidos. Puedo admitir, incluso estar de acuerdo, en que esos graznidos no son agradables a los oídos, menos a las ocho de la mañana, mucho menos cuando revientan los últimos coletazos de la fase REM.

Dando media vuelta en la cama, los brazos me alcanzan al techo, que va cayendo –como mi ánimo cuando las okupas me roban las primeras horas del día– hasta juntarse con el cabecero donde ahora reposa una biografía de Nube Roja –pero esto es otro tema. Hasta ahora me han servido mis métodos, al menos para pasar unos meses sin fulminar a unos pájaros que ya vivían allí cuando yo aún no había llegado. ¿El okupa soy yo?

Cuando el hombre perdió la noción de quién era, pasó creerse en el centro. Y en nombre del progreso sometió al mundo, la naturaleza, a sus semejantes, sus hijos. Desde que se convenció de que no era vulnerable, de que la ciencia era la herramienta que necesitaba para estar en condiciones de superioridad, todo se vino abajo: desde que el progreso y el materialismo se convirtió en dogma, y la ciencia da las explicaciones que da –los animales huelen las catástrofes naturales y huyen, la ciencia y loa inmensa mayoría de seres humanos, no– el hombre finalizaría mi disputa echando veneno, metiéndolas un perdigón en la tripa, arrojando una red y deshaciendose de ellas.

Puesto que la convivencia entre las palomas y yo se está haciendo difícil, reconozco que debo de tomar una decisión. Podría cambiar mis ciclos y adaptar mi horario al suyo, incluso servirme de sus graznidos en lugar de dejar encendido el teléfono para que suene el despertador. Podría, incluso, ponerme unos tapones, encajar esa rutina de ruidos que me parece desagradables, encaramarme al tejado del quinto piso donde habito para tapar el nido o arrancarlo de las tejas y mis pesadillas.

Se me ocurre lanzar petardos al primer canto del día, pero no estoy seguro de si en ese inocente acto, en ese lanzar un gramo de dinamita sin aparentes consecuencias, reproduzco un sometimiento de mi voluntad al mundo, a los animales, a la naturaleza. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay entre perturbar la vida de una paloma que me molesta y la de las panteras del Amazonas? Se trata solo de posibilidades: si me molesta una paloma encima de mi cabeza, los lobos también lo harán si tengo un rebaño de ovejas en el monte o un posada rural en Brasil. La semilla, me digo, es la misma.

Mi duda aumenta e incluso me llego a sentir culpable, así que pido una opinión sensible y más autorizada. Más consciente. “El ser humano ha perturbado la naturaleza y, una vez haberla jodido, ya solo le queda controlar lo que ha destrozado”, me dicen. Cierto: ¿es que habría especies invasoras en el río Ebro si la presión humana no hubiera alterado el ecosistema?

Decidido a echar un petardo en la primera mañana de mi decisión, se me olvida el petardo, quizá como un modo inconsciente de no llevar a cabo mi imposición. Bueno, en estos días también se me han olvidado muchas cosas: comprar las pilas para el mando de la televisión, cambiar las sábanas, las mallas para correr, cambiar de música en mi pen drive. Pero va llegando el día y lanzaré un petardo, imponiendo mi autoridad.

Y parece una tontería: quizá lo sea, quizá no. Pero lo que me preocupa es que mis razones son las que tiene cualquier ser humano para acabar con los osos que hurgan en la basura, los tigres que atacan a vecinos en las ciudades de la India o los zorros para hacerse abrigos carísimos. Si se trata de perturbar nuestra existencia, todas las razones son subjetivas. Pero seguramente el problema seamos nosotros: hemos reventado el equilibrio de este planeta, que agoniza, sin que nadie levante el dedo cuando preguntan quién es el culpable.

1/1/16

Aullar

Quería escribir que los vientos tórridos subían aullando por los valles, pero me tuve que conformar escribiendo que el viento era fuerte y que había alerta roja. Uno no sabe si la frontera se la pone uno mismo o si, acorralado por las circunstancias, deja de escribir que el viento sur le crispa los nervios y un insoportable aire le hace más difícil el día, la semana, quizá la existencia.

Eso me sucedió días atrás cuando, escribiendo información para un periódico diario, me sentía así: en lugar de pajarear, como acostumbró este cuerpo en los dos últimos años, me arrastré, como los dos anteriores. Todo se relajó con la lluvia: apagó los incendios del bosque y de mí.

Hay balanzas envenenadas y ­–comprobado– este año que desaguó, dando vueltas al revés, por el coladero de la historia, fue curioso. Quizá sea esa la meta de la existencia: curiosa. Yo aprendí –eterno, eternamente aprendiz, eternamente– que lo que pensé que era malo no lo era tanto y lo que, allá por enero, era espantoso, fue lo mejor que pudo pasar.

El otro día ella me preguntó qué regalos  deseaba estas navidades. De mi pecho salió un temblor y, aquel niño tallado por los anhelos materiales de este mundo, sintió un escalofrío. Como le contó a Yogananda su maestro,  “el deseo de cosas materiales no tiene límite; el hombre jamás está completamente satisfecho, y persigue una meta tras otra” en eso que Sri Yukteswar llamó los “falsos placeres que únicamente remedian la felicidad del alma”.

Por eso, decir que los pasados 330 días fueron malos sería insultar a una lluvia que me empezó a mojar hace un lustro –creo que la última vez que escribí “un lustro” era para hablar de un pinzamiento–, cuando estaba solo en una isla paradisíaca de un mar paradisíaco y supe que, aquellas promesas que habían sostenido para entonces todas mis promesas, eran mentira.  

De alguna manera ella ya estaba allí y en este caminar culebreado, sigue dándome razones. Las pasadas semanas el viento no aulló, ni la lluvia ahogó mi alma, ni de mi  boca expendía promesas sino que simplemente hablaba. Pero a cambio aprendí a entregarme: a las personas con las que trabajo, con las que hablo, a ella, a mí. Sí, por fin me entregué a mí, por lo que –ahora lo sé– dejar de aullar un par de meses es solo una manera de aullar con más fuerza el tercero.

7/12/15

Estampas

Me recordaron la estampa del documental The Practice of the Wild, pero ni eran dos viejos poetas ni hablaban en las faldas de Sierra Nevada. Tenían ese acento cantarín que arrecia cuanto más te acercas al estereotipo santanderino, y daban vueltas a un asunto que para mí no tenía demasiada importancia. Pero ellos se detenían -y hasta se rebozaban- en cada coma.

Luego, fuera del papel y la cámara, él me pareció interesante. Aparentaba 75 años pero tenía 90, unas zapatillas deportivas y un paso firme que me llevó -una vez más- a caer en las virtudes de una vida mínimamente asilvestrada. Y aunque apenas me habló de nada que me incumbiera -hablaba de propiedades, posesiones y cosas así- su nueve décadas y una piel enfrentada al viento de la costa, ya me decían bastante.

10/11/15

Las horas en silencio

Eres lumbre de mi lumbre,
eres mi sabiduría.

San Juan de la Cruz, en De la comunicación de las tres personas



El sol chirriaba desde el oeste y yo puse rumbo hacia el oriente, así que la molestia no duró más que lo que tardé en cambiar de dirección. Al poco tiempo, se asomó el pelaje de la luna. Decía el filósofo que, hacia el oriente, no le llevaba “ningún asunto”. Pero yo sentí que por allí se me iba la vida. 

Después viniste tú. 

Caí en la cuenta esta madrugada, cuando el camino era inverso y quien se escondía era la luna y de quien se escuchaba el eco era del sol. El viento, que se levantó allá por las cinco de la mañana, ahondó mis pensamientos: algo extraño. Como si las palabras ya no alcanzaran, como si ya no tuvieran mares en los que hallar sus peces porque éstos, como el salmón, comienzan a subir por el río hacia su final –de los dos.

Cuando eres una hoja en blanco y te garabatean, quedan restos de tinta que salpican. Y esa lluvia que salta es la que más tarde desborda. A mí no me extraña que Rilke dijera a su joven poeta que “cuanto más se lee, más parece que todo está en él, desde el más leve aroma de la vida hasta el rotundo y recio sabor de sus frutos más graves”. Pero no sé qué tipo de lectura: creo que, al final, los ojos solo ven la caligrafía. ¿Con cuáles de los sentidos se leen las palabras derretidas, que son las que se asumen? 

Lo que yo siento, por ejemplo, es que leo con los poros: los de mis ojos, los de mi piel, los de mi alma. Y a pesar de que mi biblioteca es aquella que definía Quevedo (“pocos pero doctos libros juntos”) quizá porque sé –y voy comprobando– que lo que hay en los libros es solo un reflejo de lo que existe tras la frontera de las carnes, mezclo la literatura con el taladro y el quinqué. 

Yo sé que me fundiré a finales de otoño: porque es el límite entre la última hoja que, guerrera y rebelde, se agarra a la rama antes de adentrarse en la desnudez absoluta del invierno. Pero también que prefiero amar y escribir y pajarear mientras contemplo los ojos de esta estación, de frente, porque va siendo apenas entre el todo y la nada, entre tú y yo, entre la ausencia de mi tiempo y las horas del silencio. Como si el interior se fuera amoldando a  lo que siempre punzó los nervios de mi existencia.

28/10/15

Las razones del viajero

Jorge planeó su huida. Los dos años anteriores a su partida fue guardando, mes tras mes, una parte de sueldo. Después compró un billete a Alaska y se lo contó a su familia. Su objetivo: escurrirse de una existencia que consideraba aburrida y, de algún modo, demasiado cíclica para un alma sin fronteras. Su método: atravesar América en bicicleta de norte a sur, desde el cogote hasta el último dedo del pie, allá por la Tierra del Fuego.

A Jorge lo conocí a través de sus palabras: “En el parque conocí a una chica que me invitó a pasar unos días en su casa, amplia, blanca, en mitad del bosque. Cuando llegué allí, camino de Fairbanks, parecía la casa de la matanza de Texas 4, me olió a encerrona y seguí camino. La verdad, no tenía yo el chichi pa´farolillos”. Luego coincidí con él y admitió su huida: de su trabajo, de su pasado, de sí mismo. Cuando meses después andaba yo pedaleando por esas mismas latitudes no podía parar de reírme, a pesar de que sí tenía el “chichi pa´farolillos”. O quizá por eso mismo.

                                                                             *

Los viajes han sido siempre la excusa perfecta para no mirarnos a nosotros mismos, para volver la cara al espejo. Y lo digo con la conciencia de haber recorrido un puñado de países de cada rincón del planeta, desde Alaska hasta Ushuaia, desde Sudáfrica a Iverness, desde Australia hasta el Himalaya. Lo digo, quiero decir, a sabiendas de que alguna vez me subí a un avión con una mochila y, como Thoreau en una de sus excursiones a Cape Cod, también dije en la diligencia que me llevaran “lo más lejos que llegase ese día”.

Nombro a Thoreau porque es mi –único– héroe y porque de él he roído hasta los huesos. Su imán me llevó a sentir el latido de sus palabras allá donde fueron escritas: porque él fue quien, sin saberlo –ni él, claro, ni yo– me devolvió a mí mismo. En una carta enviada a Harrison G.O. Blake, colega epistolar, afirmó que “vivir una vida auténtica es como viajar a un país lejano y encontrarnos progresivamente rodeados por nuevos escenarios y hombres”.

Mi primer viaje lejano, aún imberbe, fue a Canadá. El segundo, a Australia.

Necesitaba aire.

Ahora llevo encima el peso y la ligereza de casi 30 primaveras y, en lugar de cambiar de ciudad, he mudado de vida. “¿Piensas que solo a ti te ha sucedido y te sorprende, como un hecho insólito, que con tan largo viaje, a través de países tan diversos, no disipaste la tristeza y la ansiedad del espíritu? Debes cambiar de alma, no de clima”, le aconsejaba Séneca a Lucilio en una de sus Epístolas Morales.

La sencillez está en la cadencia de los días, en la puerta de al lado, en nosotros mismos. Y eso también es –o quizá sea la más auténtica– la manera de viajar a un país lejano. Recuerdo que subiendo al pico Matterhorn, en el macizo de Sierra Nevada, Gary Snyder le dijo a Kerouac que cuando llegara a la cima de la montaña, “siguiera subiendo”. Esa búsqueda constante es la que nos vomita, de repente, al otro lado del mundo. Cuando ni siquiera hemos traspasado la frontera de nosotros mismos.
*

Viajamos a través de las historias, de lo cuentos, de los relatos. Y de ese continuo movimiento, una vez dada la vuelta a las cartas de los motivos, decidimos: y ese impulso que nos pinza, a veces nos lleva lejos. “Cuando el virus del desasosiego empieza a tomar posesión de un hombre rebelde, la víctima debe hallar en primer lugar en sí misma una razón buena y suficiente para irse”, se justificaba John Steinbeck, uno de esos inmortales que, siguiendo la huella del dolor, halló la gloria.

A mí, viajero que busca el purismo en las causas, probablemente imbuido por el carácter uno de los escritores que más amé y de quien seguí su rastro –y el de Las uvas de la ira– desde Oklahoma a California, escribí en cierta ocasión para mis adentros:

“Los vientos del invierno me llevan lejos: se empeñan en sacar a la luz las contradicciones, pero yo también simplemente quiero ser. A un clic he estado de comprar mil billetes en el último mes y las mil veces me he contenido, por una especie de purismo en las causas: ¿por qué quiero irme? Es probable que cuando lo resuelva ya esté volando a algún lugar, aunque de momento indago en las razones mirándome en un espejo de oro”.

Uno de los viajes que más me apasionaron duró el tiempo que me llevó leer El Quijote. Nunca estuve tan cerca de un mundo conocido que cuando la sabiduría andante me llegaba desde el subsuelo de esas palabras: de Turquía a Barcelona, del pasado hasta mí, de lo común a lo extraordinario. Y quizá porque, de alguna manera, “he andado muchos caminos y he atracado en cien riberas”, a medidas que pasa el tiempo, y me voy “alzando hasta lo humano”, hurgo en las razones del viajero.

Es difícil negar el placer del movimiento. Pero en ese purismo en las causas uno debe dinamitar las paredes del pensamiento. Como en Juventud, la novela de Coetzee, “quizá las profundidades en las que quería zambullirse han estado dentro de él todo el tiempo, encerradas en su pecho”. Y ahora no hacen otra cosa que salir del cajón.

*

Recientemente leí un artículo donde el autor –no recuerdo quién– ensalzaba la literatura que no pasaba como tal. Sucede que tengo una predilección por la discreción, algo que parece reñido en unos tiempos donde las balas de fogueo han secuestrado la autenticidad. Pero en realidad, fuera del rigor académico –y del ruido mundanal– no hace tanto frío.

Pocas veces he extraído más savia que en las memorias de Woody Guthrie. Cuando las leí y aún latía en mí el reciente viaje a las raíces de la depresión de los años 30 de Estados Unidos, me pregunté por qué algo tan puro no había llegado antes a mis manos. Mis aspiraciones escoraban hacia ahí:

“Pero Ruth, creo que ahora me doy cuenta. Me vuelvo a la carretera. Ahora, en este instante. No sé lo lejos que tendré que ir hasta que encuentre un lugar donde cantar lo que quiero cantar, y en mi cabeza bullen tantas ideas para nuevas canciones como colores tiene un árbol en una colina en flor. Cantaré en cualquier sitio donde la gente se pare a escucharme. Y ellos mirarán para que no me muera de hambre. Ellos buscarán el modo que tú y yo podamos acabar juntos”.

Guthrie, eterno rebelde, además de su ejército de canciones que aliviaron a los miles de refugiados del polvo y la miseria, escribió una novela cuyo título, Una casa de tierra, ya tiene el poder de su espíritu. “Lo sabíamos”, dice en un momento Ella May a Tike, su esposo, “sabíamos que nos estaban robando. Les enseñamos a robarnos. Les dejamos hacerlo. Les dejamos pensar que nos podían engañar porque somos gente sencilla y normal y corriente. Y cogieron la costumbre”.

Al tiempo que tecleo estas palabra –subrayadas en la novela con la conciencia– vuelvo a caer en esa sencillez que, como una fuerte corriente subterránea, recorrió la vida de Woody Guthrie y de las razones del viajero.

A un viajero contemporáneo como Martín Caparrós –nos cuenta en El Interior– su padre le decía que buscara lo que nunca había perdido. Pero él, que fatigó las provincias norteñas hasta el último aliento de la Argentina, le hubiera gustado tener una misión. “Pero no aspiro a tanto. Me contentaría con saber qué estoy buscando”, escribe.

Porque siempre buscando algo
(que al final es nada)
y hacerlo poema,
o quizá zancada
para llegar a ti, o quizá a mí.

O quién sabe
-yo lo sé-
quizá a los dos.

*

Si en los viajes conviven dosis de emoción con una desconexión de la bruma diaria, me digo, mejor sería mudarse de alma. La sencillez que albergaba Thoreau en uno de sus más célebres obsesiones (¡Simplify, simplify, simplify!) llegó a otro Walden, pues la casa de Ramiro Pinilla se llamaba así. Por eso, sentencias como las que traza en Las ciegas hormigas, me llevan de cabeza al fondo de uno –de mí– mismo: 

“El movimiento que suele constituir para la generalidad la única señal de que se está vivo, el olvidarnos hasta de nosotros mismos, la fuga, la evasión, el ruido inevitable que la acción produce y que furiosamente buscamos, necesitamos, exigimos, estremeciéndonos ante la idea de una soledad estática, no porque sepamos que en ella nos encontramos solos, sino porque nos enfrentamos al único amasijo de células que nos causa verdadero pavor: nosotros mismos”.

Me gusta viajar sabiendo esto, conociendo los tuétanos del mundo en el que vivo y de mí mismo, teniendo la certeza de que si alguna vez un viaje curó mi desconsuelo, el punto de partida después de saber que no había que mudarse de clima fue cuando me atreví a comenzar una travesía por la noche oscura del alma.

22/10/15

Los esclavos rebeldes de Jamaica

Trabajan y morían en el campo a pesar de que eran jóvenes y robustos. Pero eran mercancía. Si a toda la región del Caribe llegaron unos diez millones de esclavos hasta que el Imperio Británico dio por terminada la esclavitud en 1834, a Jamaica lo hicieron un millón y medio. El programa de justicia y reparación del CARICOM habla así “El comercio de esclavos trasatlántico es la migración forzosa más grande en la historia de la humanidad y no tiene comparación en términos de inhumanidad entre hombres”.

Los maroons fueron los más rebeldes.

Eran esclavos que huyeron de las plantaciones. Se instalaron en zonas remotas y crearon comunidades libres: desde allí lucharon, resistieron y alimentaron su propia cultura, que era la africana.

Hace un par de días, el 19 de octubre, se celebró la fiesta nacional de Jamaica. Una de los siete héroes del país tiene nombre de mujer: se llama Nanny y fue, en el siglo XVIII, líder guerrillera contra el invasor.

Por eso, en la minúscula población de Moore Town, encajada en el Valle del Río Grande, la fiesta retumba. El humo de las brasas trepa por el cielo y la música suena desde el colegio, desde una casa, desde los coches que aún tienen los motores encendidos.

Coronel Steerling, en el discurso de la fiesta nacional

Le pregunto al coronel Steering, líder de esta comunidad descendiente de esclavos fugados del poder colonial, cuánto mantienen de la esencia africana. Me mira y me responde: “Ya lo verás”. A las doce del mediodía proyectan un vídeo en el que unas decenas de curiosos, con el ánimo enardecido y un ambiente jovial, no quitan ojo; en la película de los maroons: las costumbres.

Se ha calculado la cantidad económica que Inglaterra les debe. Después de un cálculo minucioso, incluyendo los años por término medio que trabajó cada esclavo, costes laborales de la época, “beneficio a la economía o enriquecimiento ilícito”, coste humano del dolor y el sufrimiento, el reclamo alcanza los 7,5 trillones de libras, de la que una tercera parte sería para Jamaica. Por su parte, los rastafaris -cuyo primer objetivo es la repatriación- exigen 72 billones de libras para regresar a África.

Hace unas semanas, el primer ministro británico vino a Jamaica. Y le recordaron, señor ministro, que su país nos debe dinero por los daños causados. La respuesta de Cameron fue que otorgaba ayuda financiera para construir una inmensa prisión en Jamaica y ¡repatriar a los paisanos que están en Reino Unido! Y claro, imaginad a la comunidad rastafari que visité el otro día. Echaban humo.


"Escuchar es la clave para aprender"

20/10/15

Persiguiendo peces y atardeceres

En el invierno de este eterno verano que respira el Caribe anochece pronto. A las seis menos cuarto, las nubes comienzan a absorber los rayos que el sol dispara desde el oeste; a las seis y cinco, el cielo tiene una luz casi divina. Diez minutos después ya no se puede ver más que lo que la memoria retiene.
 
En Port Antonio los atardecer los paso con los tobillos a remojo. Después cae el telón, me recojo como los gallos, y me dedico a otros menesteres. Hoy, por ejemplo, a caminar hasta este pequeño pueblo a unos tres kilómetros desde donde me pillan los últimos disparos del día.
 
Jamaica es un país amable, y sus gentes también lo son -generalmente. Ayer, mientras buscaba un lugar donde meterme algo para el cuerpo después de bastantes horas sin comer, di con un sitio donde un tipo, en dos minutos, me había ofrecido marihuana, cocaína y un tour turístico. Pero yo me pedí arroz con pollo asado, una cerveza, y aquel hombre que decía tener 50 pero aparentaba 70, en un último intento, me acabó ofreciendo un cuarto servicio -de transporte- y su número de teléfono. Si me hubiera quedado más tiempo no sé qué más se podría haber inventado aquel hombre.
 
En este pequeño tugurio al que volví hoy para templar el hambre, el hombre andaba por el barrio y me dijo que si yo era policía secreta y yo bromeé si no lo sería él: a pesar de esas sospechas -hace tres o cuatro días otro tipo me lo sugirió- uno es bienvenido en los bares. En Montego Bay, en la costa noroeste de esta pequeña isla, entré a un bar después de hacer compra en un supermercado.
 
- ¡Esto es una broma!-, gritaba un chaval tirándose de los pocos pelos que tenía.
 
Era un local enano, oscuro, con una música espantosa y cuatro máquinas de videojuegos escacharradas en un costado. Allí no cabían más de cinco o seis personas y, al ver que el gesto de aquel chico era simplemente de sorpresa al ver a un blanco en un sitio así, pregunté con aires de western:
 
- ¿No soy aquí bienvenido?
 
Ahora, cuando ya la ciudad se ha sacudido la noche y me ha manteado y la he atravesado y me han ofrecido ganja mil veces, regreso al lugar en el que remojo los pies. Hoy también la cabeza: esta tarde, entre la digestión y la merienda, dediqué la tarde a perseguir peces. Un juego tonto, pero no sé si me cansaba más el continuo aletear revolucionado o las carcajadas que echaba al viento cuando tomaba aire para continuar con mi sesusa empresa.
 

 

18/10/15

El niño y los blancos

Los españoles preferían enfrentarse al diablo en cualquiera de sus formas que a este bucanero.
 
John Steinbeck, en La taza de oro
 
 
- ¿Tú conoces nuestra historia?
 
El niño no tiene más de diez años y me parece espabilado y curioso. Cuando llego a esta pequeña escuela de primaria en el poblado de Sherwood -pueblo natal de Usain Bolt-, las nubes ya han rasgado el cielo, así que solo queda esperar que su fertilidad caiga sobre el campo y nuestras cabezas. Pero en ese breve tiempo, el pequeño se pega a mí. Y yo a él.
 
- ¿Y la historia de tu país?
 
Mientras el resto de compañeros corretea por las lomas y juega con una pelota, él se queda y me lanza preguntas cortas pero contundentes. Le respondo que algo, y él me dice que los españoles estuvieron en esta isla, que la conquistaron, pero que luego vinieron los ingleses, estuvieron hasta hace medio siglo.
 
En Jamaica hay un un fuerte hábito, consagrado y reforzado en una historia de cinco siglos: una población mayoritaria y abrumadoramente negra (no exagero si digo que no he visto ni siquiera un habitante blanco) que nunca tuvo el poder. Incluso hoy, medio siglo después de su independencia -me dicen-, las entretelas del poder están dirigidad “por sirios, judíos e ingleses”.
 
El otro día, en mitad del Día de la Hispanidad, quiso el azar que estuviera entrevistando a Verene Shepherd, presidenta de la Comisión Nacional de Reparaciones, un grupo encargado por el gobierno y que analiza los destrozos en la sociedad y el subdesarrollo causado por una larga colonización. Sin recordarlo, ella me dijo que era el día de España, y le dije que sí, y entonces le pregunté lo que significaba para ella. “¿Qué va a pensar cualquier persona que viva a este lado del océano?”, respondió. Y siguió: “España comenzó lo que nos trajo a los negros aquí como esclavos”. Jamaica recibió un millón y medio de africanos a trabajar el azúcar. Fueron arrancados por los ingleses de sus tierras.
 
El niño de la escuela de Sherwood, como un incómodo recuerdo que le habrán inyectado, vio a uno de los pocos blancos que se asomarán por los valles interiores de Jamaica. Y tenia la necesidad de preguntar, con total ingenuidad, si un blanco -aquí vas por la calle y se refieren a ti como white man-sabía lo que los blancos habían hecho en este país.