22/2/17

Morir en ese instante

Entregar la vida al descubrimiento de lo divino que hay en la naturaleza, o dedicarla a comer ostras, ¿no dará con un resultado bien diferente?

HD Thoreau


Freud trabajaba de espaldas a sus pacientes, quizás para no implicarnos en el dolor de los demás, como si éste nos fuera ajeno, como si nunca tuviera que ver con nosotros mismos.

Pero Orfa hoy camina despacio, acariciando la tierra que viste a su hijo, y le miro a los ojos. Estamos en el extremo de una lengua de tierra quemada y en cuyas estrías solo hay agujeros: tumbas, tumbas, tumbas. Es un cementerio donde Chele “entre los hijos hay uno que es especial”, dice sentada sobre él está en un pedazo de tierra que les han prestado. Cuando lo trajeron aquí un 7 de diciembre, el día del diablo, solo pagaron el cemento y los ladrillos. La pintura con la que embadurnaron de verde el exterior de la tumba se la regalaron.

Un rato después, volvemos hacia su casa, de ese rosa que mancha el cielo en los atardeceres calurosos, y se queda allí, sola: su marido en el hospital, su hijo, muerto, al filo del barranco, cinco hijos más dispersos y ella, exhausta: “No tengo dinero, pero ya pagué el agua y la luz, para que no me la corten”.

*

Los médicos nos recetan aquellos remedios que requerimos para nuestros males. No importa que ellos mismos los burlen o los ignoren en carne propia: ya pueden sacudir nuestras ramas que las suyas pueden quedar intactas.

Mercedes es preciosa, sin lágrimas y con ellas. “Para servirle”, dice al conocernos. Poco después, cuenta erguidacómo mataron a su marido : “Un tiro aquí [se pincha el cuello con el dedo], otro aquí [se acaricia la sien]”. Entonces se desmorona. Y dice, como vencida:

A mí Dios no me ha abandonado nunca.

Mercedes, recogiéndose una lágrima.                                       [Santiago Billy]

No sé muy bien el modo de colarse en la vida de quien tiene enfrente. No entiendo tampoco la manera de trabajar, de entrevistar, de vivir cuando recuerda alguien cómo se encontró a su marido, con diez disparos en la cabeza y el pulso leve en los párpados, musitando en el porche de casa: “Mi nena, mi nena, mi nena”.

Hay quien dice que es sufrimiento ajeno; fotógrafos que hablan de que una lágrima tras la cámara nubla la visión, como si uno decidiera congelarse por un minuto, por toda la vida, cuando ve a alguien transido de dolor. Dicen, también, que uno “se protege”.

¿De qué? ¿De sí mismo?

Quizá sea ese el problema de este mundo de contradicciones, de instintos primarios, de incoherencias, de contradicciones y dobles juegos, de nuestra divinidad dormida, al punto de sospechar de la rectitud de algunos seres. Algo esconden, pensamos, quizá aplicando nuestra receta al resto de la humanidad.

Al escuchar una historia de dolor, y ver que el anillo de su marido asesinado solo le encajó en el dedo corazón de su mano derecha, y un calambre recorre su cuerpo, y un llanto asfixiado en una década de ausencia se derrite en un instante. Quien escucha, para poder comprender, solo puede también morir en ese instante, escalofriarse con los escalofríos, atardecer en cada puesta de sol.

No creo que se pueda aspirar a otra cosa aunque todo confabule en lo contrario: en hacernos de piedra, en apelmazar nuestra basura en lugar de desintegrarla, en rivalizar entre nosotros mismos, en reafirmar lo que no somos.

Escuchando unas historias en carne viva en un país con una soga en el pasado, no hace falta darle la espalda a la verdad. Quizá esa sea la clave: morir en cada muerte, llover en cada cielo, quemarse en cada fuego.


Y amanecí del letargo y eché el dado
allá donde me vuelvo inacabado
como gritos fugados al reverso
del oficio de habitar, disperso,
lo que encierra la vida en este lado.


15/2/17

El taxista amable

Tenía buenas maneras, como la mar en calma. Unos modales de quien se dice esculpido por una cultura media, o alta. La aparente paz del volcán apagado -esto es Guatemala-; pero tras un rato con él, un taxista blanco, comprobé que el vientre de esa montaña hervía.

Sin perder la compostura.

Primero empezó a dar sus opiniones, sin que se las hubiera pedido, en el viaje de ida, al tiempo que atendía amablemente por teléfono a una clienta cuyo marido esperaba al taxi. Pero nos habíamos perdido en esta ciudad alborotada en hora punta y a todas horas, así que sus nobles maneras le llevaron a disculparse con esos modos exageradamente lustrosos. Los mantuvo también a la vuelta, aunque comenzaron a delatarle los humos.

Primero empezó a criticar a la izquierda, “porque nunca deja hacer nada”; después, sin que yo abriera la boca, afirmó que en este país no había existido genocidio, quizá tratando de romper alguna opinión que yo trajera de casa. Como ya había arrancado, había tráfico y tiempo de espera, empezó a encadenar opiniones. “El indio es muy necio”, comenzó diciendo, “y el indio educado es aún más peligroso que el ignorante”.

Me habla de progreso, de vivir mejor, de lo fácil que es inundar una zona para montar una presa y armar las casitas en otro sitio, así, como si se arranca un roble milenario de la tierra y se transplantara en otro sitio. Y mantuviera la salud. Seguí sin hablar, quizá sí asintiendo, mirando por la ventana sorprendido por la dulzura con la que decía que democracia sí pero que se pasan con lo de los derechos humanos. “Es que ya no hay pena de muerte”, se lamenta. “Ya sabes... los derechos humanos...”.

Él no pierde la sonrisa y la amabilidad, incluso la honradez en nuestro trato -se pierde y me cobra menos, y me espera, y en la vuelta me cobra menos-; él echa de menos los tiempos de las dictaduras -“había paz, me lo decían mis abuelos, al ladrón que huía lo disparaban”- aunque no niega la democracia. Pero sí se encabrita con la corrupción.

Por la tarde consulto qué perfil de habitante es este, y me dicen que es muy común. Pero entre la montaña de opiniones, lo que más me sigue llamando la atención son sus modos. Su amabilidad, su disponibilidad -“para servirle”, repite-, su dulzura quizá contenida, toda una estructura coherente que esconde un discurso inhumano, xenófobo, fascista.

Sucede muchas veces, como la botella de champán cuyo corcho encierra durante meses toda la furia que las burbujas le hacen volar en un segundo. Así con las personas, ahogadas en condicionamientos y creencias que, a lo largo de los años, han ido acumulando -por experiencias, por educación, por heridas-.

Es fácil identificarse con las bondades que promete la sociedad. En una línea que divide lo “bueno” de lo “malo”, rara vez escucharemos que alguien levante la mano cuando se le acusa de aquellos atributos cuya etiqueta ética o social es negativa: siempre son los demás quienes cargan esos fardos. Y sin embargo nunca podremos vaciarnos de ello hasta que asumamos que por las venas nos corre todo aquello que odiamos (por eso mismo).

Digo esto porque estoy por primera vez en un país herido, tristón y apasionante, colorido en sus ropas y en su vida, al cual vengo sin demasiada información. Estas semanas trataré de escuchar los latidos que esconde esta piel con arrugas, que es la violencia: la evidente y la disimulada, como la de nuestro amabilísimo taxista.

20/1/17

Este cielo de noche castellana

En este cielo de noche castellana
            con tus ojos
de rodaja de manzana
las estrellas son lunares,
piernas largas
que acribillan la mirada.

El carro circula entre galaxias,
los destellos atornillan la nada:
son el lomo
                     de animal
                                      con colmillos en las patas.

Esta noche de cielo castellano
con polvo
             de la pluma de Quevedo
siento el frío
de un aliento de verano.

No es el cuerpo quien se hunde
en el vientre de alquitrán
que no nos separa.
Son tus labios medias lunas,
un brasero en llamas.

Qué color
el de esta noche castellana
con las luces palpitando bajo tierra:
las raíces
de este fuego
tienen manchas en las ramas.

Es el alma
el que se hunde en la almohada
  dejando sin figura
       a tu cruz  
                 y mi cara.

Un escudo, dos espadas,
alambradas
    en el cielo
 de esta noche 
con arrugas en la cara.

Un amor con espinas sabe a nada;
las hoguera, sin tus besos,
           no se apagan.

Dime cuáles, dime cuántos.

     Dime dónde
           hallar
esa pócima sagrada.

Que la vida, con el humo, es coartada. 

17/1/17

No son los míos sueños personales

El único remedio para el amor es amar más. 

Henry D. Thoreau, 25 de julio de 1839 en su diario.




No son los míos sueños personales
que encumbran la montaña equivocada;
no hay dioses ni banderas en la entrada:
solo azar y el naufragio en siete males.

No hay nostalgia o antifaz de carnavales.
Si el espacio invisible de la nada
aguarda entre la pared y tu espada
yo fondeo en tus sueños: dime cuáles.

Abusé de una vida a fuego lento
e incursiones al tiempo remendado;
la memoria  y el pasado no es tormento

si vuelve con tu amor huracanado.
Y si este cuerpo no toma en ti asiento,
no importa, porque el amor ya ha triunfado.

6/1/17

Nuevas lecturas

Llevaba tiempo deshaciendo los nudos, leyendo la vida, bailando al compás de las olas, dejándome llevar. Leía poco: migas suficientes como para no desfallecer, para alimentar esta profesión que es una consecuencia, no una causa. El gusano fue abriendo el túnel  cuando la luz aún era turbia, pero palpando que a la levedad se llega con barrena y el quinqué, no con fuegos de artificio. De sumergirme en literatura, lo hice en aquellos que prefirieron leer la eternidad antes que a los clásicos, que también.

Pero viene enero, el frío, los versos, el amor. Viene la melodía que nunca se fue, y trae unos libros que me arrastran a viajar de nuevo, no como un impulso ciego de escapar, ni de encontrarme, ni de nada de esas respuestas que se dan cuando preguntan por qué viaja uno, sino de seguir: un punto y seguido en el reposo y la calma, en la tranquilidad de estar en mí, en el surco de quien se empeña en leer los labios de la vida –quizá porque es la vida.

Hay un problema cuando uno prefiere habitar las tripas de un verso. Si, además, ese verso es la vida, a la manera de Gloria Fuertes –“se puede ser poeta sin haber escrito un verso, y escribir poemas y no ser nunca un poeta”– o a la manera de Thoreau –“mi vida es el poema que querría haber escrito, pero no podía escribirlo y vivirlo al mismo tiempo”–, quedan pocos voltios para tratar de preocuparse en otras cosas. Y entre esas hubo unos meses que la brújula solo apuntaba el cielo, no a las injusticias, quizá porque las abarca.

Brota un nuevo año y quizá nunca sea tarde para empezar de cero, porque “si antes escribía para poder vivir,/ahora/ quiero vivir/para contarlo”. Ahora que a uno le llega el aroma de la Vida, cuando las pieles de la v minúscula van quedándose en otra vida, en otro cuerpo, en otros tiempos, en el cadáver de un cuerpo que alguna vez llegué a creer que era yo.

3/1/17

No importa

No podía esperar
 a escribir un poema en que te diese 
las gracias 
por salvarme 
de mi vida.

 Benjamín Prado, en Segunda juventud



No importa que llueva
si luego vienes tú.

No importa que amaneceres de sangre
de voz y cristales
acribillen la luz:
tu eco basta.

No importa que vueles, que vayas,
no vuelvas, me ames,
no entiendas, reniegues,
comprendas.

No importa que surques las líneas de mis manos,
-o las tuyas-
que naufragues en ti
-o en mí-
en las pieles cansadas o el lunar que dejaste en mi vida
-y en tu hombro-.

Nada de eso me importa
si es tu voz la que habla,
tu vida la que existe,
tu aire el que embriaga
(el que te lleva al cielo).

En la tierra hay muchos rayos,
en el cielo un único Sol.

9/12/16

Detrás de todo esto

Sabes tanto de mí, que yo mismo quisiera
 repetir con tus labios mi propia poesía

Rafael Alberti 


Que detrás de todo esto
un tumulto de hojas en la puerta,
el aroma de los rizos desandados
un tornado de agua en las espaldas
merodeo.

Que detrás de todo esto
aguaceros con empastes en las muelas
rutilantes destellos en la sombra
los paseos retorcidos al bajar de enero
me conmuevo.

Que detrás de todo esto...

...y delante de cualquier tormenta,
de ningún febrero
con arañas en la puerta.

Detrás de todo esto
yo te espero.

30/11/16

La ruta del blues


Este es el vídeo de un reciente road trip por Estados Unidos, La Ruta del blues: desde Chicago a Nueva Orleans. Al filio del río Mississippi y por la autopista 61, viajamos entre música, kilómetros e historia.

Pero también es –y sobre todo– un viaje a las fuentes de la vida.

                  

11/11/16

Tres guardianes en Santo Toribio

Reportaje escrito para la Revista Excelente, de las aerolíneas Iberia.



A primera hora de la mañana, la carretera hacia el monte la Viorna está desierta. “O llegan todas las personas a la vez o desaparecen en un momento”, bromea, con razón, Juan Manuel Núñez. Poco después, empiezan a subir autobuses al Monasterio de Santo Toribio de Liébana, que se inunda de visitantes con la misma rapidez con la que vuelve a vaciarse.

Juan Manuel es, desde hace seis años, el Padre Guardián de este monasterio en el ombligo de Liébana, una comarca montañosa de Cantabria a la que el azar convirtió en centro de peregrinación. “¿Qué vería el Papa para declararlo lugar santo en 1512? Aquí se conserva la mayor reliquia de la cruz de Jesús”, se responde a sí mismo.

El edificio de piedra está en mitad de un mar de montañas a escasos tres kilómetros de Potes, la capital de la comarca. A este templo habitado por frailes franciscanos desde su restauración en 1961 –quedó abandonado en 1837– llegó el brazo izquierdo de la cruz tras varias peripecias que comienzan en el siglo V, cuando Toribio de Astorga vivía en Jerusalén. A su regreso a España, el Papa le permitió llevar consigo ciertas reliquias, entre las que se encontraba el “Lignum Crucis” (madera de la cruz). 

En el año 711 comenzó la invasión musulmana, así que los cristianos huyeron con los restos de Toribio y con la reliquia, buscando un lugar seguro: salieron de Astorga, cruzaron los montes y dieron con este enclave donde un obispo de Palencia, a los pies de los Picos de Europa, había levantado un monasterio.

Liébana era un lugar remoto, hoy conectado con la costa cantábrica por un estrecho desfiladero, algo que no fue impedimento para que Santo Toribio fuera un importante motor de desarrollo de la economía y la religión de la comarca. Los dominios del monasterio llegaron a incluir un centenar de ermitas, como las de San Miguel y Santa Catalina. Desde estas capillas reconstruidas se contempla el inmenso valle donde el respeto a la naturaleza ha sabido lidiar con un turismo rural enfocado a la montaña y actividades al aire libre. Pero la vida ascética de los antiguos monjes poco tiene que ver con la de los tres frailes actuales. “Es tan normal…”, cuenta Juan Manuel, que dedica su tiempo a los rezos, misas o labores de mantenimiento del jardín de este monasterio que algún día se conoció como “la pequeña Jerusalén”.


*Sigue en el número de noviembre de la revista Excelente (aerolíneas Iberia)

8/11/16

Gambia, el exilio fallido

Reportaje para El País desde Gambia.

Gambia es el quinto país emisor de emigrantes a Europa, pero no todos consiguen el anhelado sueño de quedarse.


“Todos nos vamos para ayudar a nuestras familias, para tener una vida mejor. Incluso la gente que consigue los papeles viene cada seis meses y ayuda a las personas, a las personas pobres”, dice Modou Chorr, cabeza pelada, 31 años y una camiseta naranja que brilla en la oscuridad. Modou trabaja en un hotel de la localidad de Tendaba, al filo del río Gambia, en el país del mismo nombre. Su historia comienza muy atrás, cuando huyó en el año 2007 de este Estado africano, que en 2015 fue el quinto del que más población salió rumbo a Europa, según la Agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR).

El uno de mayo del 2007 recibió una llamada: “Tengo algo para ti”.

Era su tío, que había descolgado el teléfono desde su casa de Bettenty, una minúscula isla difícil de hallar en el mapa, en la vecina Senegal. Aquel regalo era una plaza en un barco preparado para zarpar hacia Canarias. Modou tomó la decisión al momento porque quería pagarle el colegio a su hermano, pero mantuvo en secreto su huida: “No conté nada a la familia. Nadie lo hace porque dirían que no. Lo compartes con tu hermano o con nadie”.

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